Capitulo 8

2190 Words
Luego siguieron abrazados largo rato, hasta que ____ rompió el silencio. —Tu conferencia de anoche me recordó una cosa. —Se sacó el móvil del bolso y buscó entre las fotografías hasta encontrar la que buscaba—. Mira. Tom cogió el teléfono y miró la foto del exquisito cuadro. En él aparecía santa Francisca Romana con un niño pequeño, ayudada por la Virgen María, mientras un ángel los observaba. —Es precioso —afirmó, devolviéndole el teléfono. —Tom —insistió ella—. Míralo bien. Al hacerlo, notó una sensación extraña. —Siempre me ha encantado este cuadro —dijo ____ en voz baja—. Pensaba que era por las similitudes entre Gentileschi y Caravaggio, pero es más que eso. Santa Francisca perdió a varios de sus hijos por culpa de la peste. Se supone que este cuadro retrata una de las visiones que tuvo de esos niños. Lo miró a los ojos para ver si entendía lo que intentaba decirle, pero él le devolvió una mirada de incomprensión. —Cuando miro este cuadro, me acuerdo de tu bebé, de Maia. Grace la sostiene en brazos y los ángeles las rodean. —Señaló los personajes que aparecían en la pintura—. ¿Lo ves? El bebé está a salvo y es feliz. El paraíso es así. No tienes que preocuparte por ella. Al volver a mirarlo a la cara, vio que Tom tenía lágrimas en los ojos. Su precioso rostro estaba contraído de dolor. —Lo siento. Lo siento mucho. Trataba de consolarte —dijo ella y le rodeó el cuello con los brazos, apretando con fuerza. Al cabo de unos momentos, Tom se secó los ojos y ocultó la cabeza en el pelo de ____, agradecido y aliviado. La tarde del día siguiente por fin dejó de llover, así que tomaron un taxi hasta el piazzale Michelangelo, desde donde había una vista espléndida de la ciudad. Podían haber ido en autobús, como todo el mundo, pero Tom no era como todo el mundo. (Pocos especialistas en Dante lo son.) —¿Qué te contaba Rachel en su correo? —le preguntó a ____, admirando la cúpula cubierta de tejas del Duomo. Ella se miró las uñas. —Aaron y ella te mandan saludos. Quería saber si éramos felices. Tom entornó los ojos. —¿Eso es todo? —Eh.... no. —¿Qué pasa? —Nada. —____ se encogió de hombros—. Sólo que, al parecer, Scott tiene novia. Tom se echó a reír. —Bien hecho, Scott. ¿Algo más? —¿Por qué lo preguntas? Él ladeó la cabeza. —Porque es obvio que me estás ocultando algo —respondió, acariciándole la cintura, arriba y abajo, en un lugar donde sabía que tenía cosquillas. —Ah, no. En público no. —Ah, sí. En público sí. —Tom intensificó su ataque. Ella se echó a reír, tratando sin éxito de soltarse de él. —Vamos, ________, cuéntamelo. —Deja de hacerme cosquillas —le suplicó— y te lo contaré. Tom se detuvo y ella respiró hondo. —Quería saber si nos habíamos... bueno... acostado. —¿Ah, sí? —Él sonrió—. ¿Y qué respondiste? —La verdad. Tom la miró fijamente. —¿Algo más? —Decía que esperaba que te estuvieras comportando y que yo fuera feliz. Y le respondí que sí. A ambas cosas. Hizo una pausa, preguntándose si merecía la pena mencionar que había recibido también un correo de cierto joven granjero de Vermont. —Pero hay algo más. Adelante —la animó él con una indulgente sonrisa. —Paul también me escribió. —¿Qué? —La sonrisa desapareció de repente del rostro de Tom—. ¿Cuándo? —El día de la conferencia. —¿Y por qué no has dicho nada hasta ahora? —Porque sabía que te pondrías así. Sabía que te enfadarías y no quería que te alteraras antes de hablar en público. —¿Qué quería? —Me comentaba que habías aprobado la propuesta de trabajo de Christa. —¿Y qué más? —Me deseaba Feliz Navidad y decía que me enviaría un regalito a Selinsgrove. A Tom se le dilataron las aletas de la nariz. —¿Y a santo de qué te tiene que enviar nada? —Porque es mi amigo. Supongo que será un frasco de sirope de arce, que estaré encantada de regalarle a mi padre. Paul sabe que tengo un novio que me hace muy feliz. Te reenviaré su correo electrónico si quieres. —No será necesario —replicó él, con los dientes apretados. ____ se cruzó de brazos. —Cuando la profesora Dolor estaba cerca, bien que me animaste a acercarme a Paul. —Las circunstancias eran distintas. Y no quiero hablar de ella nunca más. —Es muy fácil para ti decir eso. Tú no te vas encontrando por ahí con personas con las que me he acostado... Tom la fulminó con la mirada. ____ se cubrió la boca con la mano. —Lo siento. Eso ha sido innecesario. —Además, como recordarás, yo sí me he encontrado con al menos una persona con la que has tenido una relación s****l. Volviéndose, Tom se acercó al extremo del mirador. ____ le dio unos instantes para que se calmara y luego se acercó también. Cuando estuvo a su lado, enlazó el meñique con el suyo. —Lo siento. Tom guardó silencio. —Gracias por rescatarme de Simon. Él frunció el cejo y le espetó: —Sabes que tengo un pasado. ¿Piensas sacarlo a relucir a cada momento? Ella se miró los zapatos. —No. —Ese comentario no ha sido digno de ti. —Lo siento. Tom permaneció con la mirada fija en la ciudad a sus pies. Los tejados de tejas rojas brillaban al sol, mientras que la cúpula de Brunelleschi dominaba la escena. ____ optó por cambiar de tema. —Christa se comportó de un modo muy extraño durante tu último seminario. Parecía resentida. ¿Crees que sabe algo? —Estaba enfadada porque había rechazado todos sus descarados intentos de seducción. Pero entregó la propuesta a tiempo. Y era aceptable. —¿No... no te está chantajeando? —No todas las mujeres de planeta son tus rivales, ____ —respondió él, soltándole el dedo bruscamente. —Ese comentario no ha sido digno de ti. Tras unos instantes, Tom se calmó. Ella lo notó por el modo en que se le hundieron los hombros. —Perdóname. —No perdamos el tiempo discutiendo, por favor. —Estoy de acuerdo. Reconozco que no me gusta que Paul te escriba, pero supongo que podrías ser amiga de tipos mucho peores. —Tom sonaba aún más remilgado que de costumbre. ____ sonrió y le dio un beso en la mejilla. —Éste es el profesor Kaulitz que conozco y del que me enamoré. Tom se sacó el móvil del bolsillo para hacerle una foto con la ciudad al fondo. Al ver que ____ reía y se divertía, siguió haciéndole fotos hasta que el sonido del teléfono los interrumpió. Las poco discretas campanadas del Big Ben no eran fáciles de ignorar. ____ lo miró desafiante. Con una mueca, Tom le atrapó la cara entre las manos y le dio un apasionado beso. Tras separarle los labios con decisión, le deslizó la lengua en la boca. ____ le devolvió el beso, abrazándolo por la cintura para acercarlo más a ella, mientras el Big Ben no dejaba de sonar. —¿No vas a responder? —le preguntó, cuando pudo hablar. —No. Ya te lo he dicho antes. No voy a hablar con Paulina. Tom le dio un beso rápido. —Me da pena. —¿Por qué? —Porque tuvo una vida contigo. Porque todavía te quiere, pero te perdió. Si yo te perdiera, estaría destrozada. Él resopló con impaciencia. —No vas a perderme. Deja de decir eso. ____ sonrió débilmente. —Tom, hay algo que debo decir. Él dio un paso atrás para mirarla a los ojos. —Ten en cuenta que te lo digo porque me preocupo por ti —añadió, mirándolo muy seria—. Es verdad que Paulina me da pena, pero es evidente que lleva años tratando de manipularte con lo que pasó, para mantenerte en su vida. Me pregunto si no se mete en tantos líos para que la rescates. Creo que ha llegado el momento de que establezca un vínculo emocional con otra persona. Con alguien de quien pueda enamorarse. —Estoy de acuerdo —dijo él, tenso. —¿Y si no puede ser feliz porque no te ha soltado? Tú rompiste la relación y me encontraste a mí. ¿No crees que si ella hace lo mismo será mucho más fácil que pueda ser feliz con otra persona? Tom asintió y la besó en la frente, pero se negó a seguir hablando del tema. El resto de su estancia en Florencia fue tan feliz que pareció más una luna de miel que unas vacaciones. Durante el día visitaban museos o iglesias y luego regresaban al hotel, donde pasaban horas haciendo el amor, a veces despacio, a veces con locura. Cada noche, Tom elegía un restaurante distinto donde cenar. Después de la cena, volvían al hotel dando un paseo, deteniéndose en alguno de los puentes para besarse como adolescentes, bajo el frío cielo invernal. En su última noche en Florencia, Tom llevó a ____ al Caffé Concerto, uno de sus restaurantes favoritos, situado en una de las orillas del Arno. Pasaron varias horas degustando el menú, que consistía en numerosos platos. Mientras tanto, hablaban de las vacaciones y de su floreciente vida s****l. Ambos reconocieron que aquella semana había supuesto una especie de despertar s****l para ambos. Para ____ había sido una introducción en los misterios de eros. Para Tom, un acceso a la realidad de los cuatro tipos de amor unidos. En un momento de la conversación, él le confesó la sorpresa que había estado guardando: había reservado una casa en la región de Umbría para su segunda semana de vacaciones. Le prometió que irían a Roma y Venecia en otro viaje, probablemente el verano después de visitar Oxford. Tras la cena, Tom la llevó bajo el Duomo una vez más. —Tengo que besarte —susurró, pegándola a su cuerpo. ____ estaba a punto de responderle, pidiéndole que la llevara al hotel y la marcara de un modo más profundo, cuando una voz la interrumpió: —¡Preciosa señora! —dijo una voz en italiano desde los escalones de la catedral—. Una limosna para un anciano. Sin pensar, ____ se apartó para ver quién hablaba. El hombre siguió pidiéndole dinero para comprarse algo de comer. Tom la agarró del brazo cuando vio que ella se acercaba a los escalones. —Vámonos, amor. —Pero hace frío. Y tiene hambre. —La policía no tardará en llevárselo. No les gusta que haya pedigüeños en el centro de la ciudad. —La gente tiene derecho a refugiarse en los escalones de las iglesias. Es su derecho a santuario —murmuró. —El concepto medieval de santuario ya no existe. Los gobiernos occidentales lo abolieron, Inglaterra antes que nadie, en el siglo diecisiete —explicó y refunfuñó al ver que ella abría el bolso y le daba al hombre un billete de veinte euros. —¿Tanto? —Frunció el cejo. —Es todo lo que tengo. Y mira, Tom —añadió, señalando las muletas. —Buen truco. ____ lo miró decepcionada. —Sé lo que es pasar hambre. Dio un paso en dirección al mendigo, pero Tom la detuvo. —Se gastará el dinero en vino o en drogas. No lo ayudarás dándole ese dinero. —Incluso un drogadicto merece un poco de amabilidad. Él se encogió. Mirando hacia el hombre, ___ añadió: —San Francisco de Asís era caritativo con todos por igual. Su caridad no era condicional. Daba a todos los que pedían. Tom puso los ojos en blanco. No tenía ninguna posibilidad de ganar una discusión con ella si invocaba a san Francisco. Nadie podía oponerse a ese tipo de argumentos. —Si le doy algo, sabrá que alguien se ha preocupado por él. Y haga lo que haga con el dinero, eso es bueno. No me prives de esta oportunidad de dar. Trató de rodear a Tom una vez más, pero él se lo impidió de nuevo. Le arrebató el billete de la mano, añadió algo más de su bolsillo y se lo alargó todo al mendigo. Los dos hombres intercambiaron unas cuantas palabras en italiano. El pobre le lanzó besos a ____ y trató de darle la mano a Tom, pero éste no la aceptó. Cogiéndola a ella del brazo, la apartó de allí. —¿Qué te ha dicho? —Le ha dado las gracias al ángel por su misericordia. ____ se detuvo y lo besó entre los ojos hasta que él dejó de fruncir el cejo y sonrió. —Gracias. —Yo no soy el ángel al que se refería —gruñó Tom, besándola.
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