_______ se apartó y se cruzó de brazos.
—No has elegido el mejor momento para ser condescendiente, Tom.
Poniéndose de lado, él le besó la arruga que se le había formado entre las cejas.
—No pretendo ser condescendiente. Eres adorable. —Tras una pausa, la miró intensamente y añadió—: Verte con esos niños, ver lo amable que has sido con ellos y lo cómoda que estabas, me ha hecho darme cuenta de que tienes un gran instinto maternal.
—Ha sido un día muy especial. Tus ponis han tenido mucho éxito.
—Tenías razón, como siempre.
—Entonces, ¿por qué estás tan triste?
—No puedo soportar la idea de dejarlos allí —respondió él, sin poder esconder más su angustia.
______ lo observó sorprendida. Si en el orfanato se había sentido así, lo había disimulado muy bien.
—Los niños están bien tratados. El personal los adora. Están a salvo.
—Pero no deja de ser un orfanato.
—Sí. —_______ le apartó un mechón de pelo de la frente y le acarició la cabeza, tratando de calmarlo.
—Sé lo que se siente —dijo él con un hilo de voz—. Cuando mi madre murió, pasé varios meses sin saber dónde iba a acabar. Podría haber ido a parar a un orfanato o a una familia de acogida. O podrían haberme enviado a vivir con los parientes de ella en Nueva York.
»Estaba en una especie de limbo. No sabía si alguien iba a llamar a la puerta y se me iba a llevar, o si Richard y Grace se cansarían de mí.
—Nunca habrían hecho algo así.
—Pero yo no lo sabía. Para mí eran extraños. Además, yo no era un buen candidato para la adopción. Mi propio padre no quiso saber nada de mí, igual que la familia de mi madre. Habrían dejado que un niño de su propia familia se quedara en el orfanato. ¿Entiendes que no quiera saber nada de ellos?
_____ le apoyó una mano en la mejilla.
—Lo entiendo, pero no estoy de acuerdo en que no fueras fácil de adoptar. Grace y Richard se encariñaron contigo desde el primer momento.
—Si no me hubieran acogido, ¿adónde habría ido a parar?
—Estas preguntas no te llevan a ninguna parte. Tienes una familia que te quiere y me tienes a mí.
—Lo eres todo para mí, _______.
La belleza de sus palabras le llegó al corazón. Se inclinó hacia él para mostrarle con un beso lo que aquello había significado para ella. Cuando intentó apartarse, Tom se lo impidió.
—Podríamos adoptar.
—Pensaba que querías que tuviéramos un hijo antes.
Él apartó la vista.
—¿Qué pasa? ¿Ha cambiado algo? —insistió ella, al notar que volvía a cerrarse.
—Los niños como Maria merecen tener un hogar. ¡Ni siquiera habla! —exclamó muy alterado.
—Podríamos ayudar a Elena a buscarle un hogar. Conoces a mucha gente aquí.
—¿Qué me dices de nosotros?
—¿Qué pasa con nosotros?
—¿Por qué no la adoptamos nosotros?
_______ lo miró a los ojos y descubrió, asombrada, que hablaba en serio.
—Cariño, no somos buenos candidatos para adoptar una niña tan pequeña.
—Nos queremos y la querríamos a ella. Tenemos una casa con jardín. Hablamos italiano.
—Maria es una niña con necesidades especiales y nosotros seríamos padres primerizos. Me preocupa mucho equivocarme.
Tom se sentó bruscamente.
—¿Cómo vas a equivocarte? Eres la bondad y la amabilidad personificadas. Los niños se sienten atraídos por ti.
—No estoy preparada.
—Pero ¿y si tuvieras ayuda? La facultad me debe un año sabático. Fue una de las condiciones que puse cuando dejé Toronto.
______ lo miró incrédula.
—¿Usarías tu año sabático para quedarte en casa conmigo y un crío pequeño?
—¿Por qué no? Los niños no están despiertos todo el rato. Podríamos turnarnos. Reconoce que tener un par de manos más en la casa haría las cosas más fáciles.
—Ninguno de los dos tiene demasiada idea de cuidar niños.
—Tenemos a Rebecca.
Ella se echó a reír.
—Rebecca es maravillosa, pero es la asistenta, no la niñera. Sus hijos ya son mayores. No creo que quisiera ayudarnos con uno tan pequeño.
—Creo que si hablaras con ella te sorprenderías. De hecho, ella misma se ofreció a ayudarnos si algún día teníamos un bebé.
______ se apartó de él.
—¿Ya lo has hablado con Rebecca?
Él levantó las manos en señal de rendición.
—No, pero antes de casarnos, me dijo un día que esperaba quedarse mucho tiempo con nosotros; el tiempo suficiente como para vernos formar una familia.
Tom frunció el cejo y calló un momento antes de continuar:
—No soy el enemigo, _______. No estoy constantemente buscando maneras de sabotear tu vida académica. Ni tu vida en general.
Ella agachó la cabeza.
—Lo siento. Es que tengo la sensación de que cualquier cosa me hará perder la concentración y no aprobaré.
—Creo que es lo más honesto que has dicho nunca.
_______ levantó la cabeza y lo miró entornando los ojos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues quiero decir, cariño, que te preocupa fracasar. Aunque haya tanta gente dispuesta a ayudarte para evitarlo. Incluidos Rebecca y yo.
Ella empezó a protestar, pero él la interrumpió:
—Sentir inquietud antes de formar una familia es normal, pero creo que te sentirías insegura igualmente, aunque no hubiéramos hablado de hijos. Y eso tiene más que ver con la imagen que tienes de ti misma que con el programa de estudios.
______ abrió mucho los ojos.
—Yo... No, no es verdad.
—Lo es. Lo sé porque yo me sentía igual cuando estaba en Harvard. Creo que todo el mundo que tiene una acusada conciencia de su propia identidad siente esa preocupación. —Poniéndole la mano en la nuca, la atrajo hacia él—. Puedes hacerlo, _______. Creo en ti.
Ella sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y, casi sin darse cuenta, se encontró entre sus brazos.
Tom le dijo al oído:
—Me gustaría que Maria viniera a casa con nosotros. De hecho, me gustaría que nos los lleváramos a todos. Pero tus estudios son sólo tuyos. Es algo que vas a tener que hacer a tu manera.
—¿Por eso no me cuentas lo que te preocupa?
Tom soltó el aire con fuerza.
—No. Aún sigo dándole vueltas.
—Sin mí.
—Te lo contaré cuando lo tenga más claro. Como te dije en Umbría, no haré nada sin
consultártelo antes. Necesito un poco más de tiempo.
________ negó con la cabeza, pero prefirió no volver a discutir con él.
—¿Seguirás yendo al Hogar Italiano para Huérfanos?
—Sí, claro. Me necesitan. Les he prometido a los mayores que si aprueban el instituto con sobresaliente de media les pagaré el viaje a Italia.
—Ya estás cambiando la vida de esos chicos. Deberías sentirte orgulloso de ti mismo.
Él esbozó una sonrisa ladeada.
—¿Estás segura de que no estás preparada para adoptar? La querríamos mucho —insistió, con la mirada cargada de emoción.
_____ recordó las imágenes de ese día. Vio a Tom con Maria y con los demás niños y deseó de todo corazón darle lo que pedía, pero sabía que no sería correcto.
—Lo sé, pero como la queremos, hemos de buscar lo que sea mejor para ella. Y lo mejor para ella es que se quede con una familia de aquí. No con una pareja de americanos recién casados que aún no tienen las ideas claras. Tendrías que dejar de fumar.
—Eso no supondría ningún problema. — La miró con atención—. Estás preocupada por las drogas, ¿me equivoco?
_______ se removió inquieta mientras él la observaba.
—No parece que confíes mucho en mí.
—Confío totalmente en ti, pero no puedo evitar acordarme de mi madre y de sus numerosas recaídas.
Tom se soltó de su abrazo.
—Bueno, pues yo no tengo ninguna intención de recaer.
—Bien.
—Tal vez deberíamos hablar de tus recaídas. El mes pasado te enfrentaste a una dificultad y le pediste consejo a Paul.
Los ojos de ______ lanzaron chispas.
—No vuelvas a echármelo en cara. Me disculpé, ¿ya lo has olvidado?
—Tienes razón, lo siento —se excusó él secamente.
—¿Estamos manteniendo una conversación sincera o sólo estás tratando de manipularme?
Tom la miró con disgusto.
—Es una conversación sincera. Siento haber metido a Paul en esto.
______ suspiró.
—Entiendo que es difícil ver a los niños en el orfanato y tener que dejarlos ahí. A mí también me cuesta. Pero si nos lleváramos a Maria ahora, no sería lo mejor para ella.
—Ese orfanato está muy bien, pero no es lo mismo que vivir con una familia.
—Precisamente por eso no debemos adoptarla.
—Ésta no es la _____ que conozco. —Tom se levantó.
—Oh, sí. Sí que lo es.
—La _______ que conozco se quitaría el abrigo para dárselo a un pobre.
Ella dio un paso hacia él, con la cara roja de rabia.
—Me quitaría toda la ropa que llevo para dársela a Maria. Pero quiero que esté con una familia estable y con experiencia en tratar con niños. Está traumatizada. Llevarla a un lugar desconocido, donde no entiende el idioma, lejos de sus amigos y de todo lo que le resulta familiar no puede ser bueno para ella. Estaríamos haciéndole más daño. Y no pienso consentirlo.
»No me importa que pienses que soy una zorra despiadada, o cualquier otra cosa que se te pase por la cabeza.
Y con una mirada cargada de reproche, entró en la habitación.
—¡Joder! —gritó Tom, cogiendo el vaso de agua y arrojándolo lejos.
El cristal se hizo añicos contra el suelo de la terraza. Desde lejos, le llegó el ruido de la puerta del baño cerrándose de golpe. Apoyando las manos en la barandilla, se echó hacia adelante y dejó caer la cabeza.
CAP 34.-
Agosto de 2011
Washington, D. C.
Simon, el hijo del senador Talbot, se levantó y se subió rápidamente los vaqueros.
—¿Dónde está mi polo? —preguntó, mirando a su alrededor, sin ver el polo azul cielo que combinaba perfectamente con el color de sus ojos.
—En la silla. —Su novia, Natalie, se sentó, sin molestarse en taparse con la sábana.
Como siempre, los ojos de Simon se fueron directos a sus pechos, que ella se había operado el año anterior. Apoyó una rodilla en la cama.
—Dios, cómo me alegro de haber comprado estos dos. —Bajó la cabeza y se metió un pezón en la boca, succionándolo con fuerza antes de morderlo.
—Ven —lo animó ella, tocándolo por encima de los pantalones, pero Simon se alejó.
—Tengo que irme. Te llamaré. —Encontró el polo y se lo puso antes de sentarse para ponerse los calcetines y los zapatos.
—¿Cuándo volveré a verte?
Natalie se arrodilló tras él y le besó el cuello. Le recorrió la mandíbula con un dedo, deslizándolo sobre las cicatrices que le habían quedado tras su único pero violento encuentro con Tom Kaulitz. Él la apartó sacudiendo los hombros.
—Estate quieta.
—Lo siento. —Se sentó sobre los talones, arrepentida—. Apenas se notan. Nadie las ve. Y a mí me parece que te dan un aire de tipo duro.
Simon se volvió hacia ella y le dirigió una mirada glacial.
—¿Cuándo volveré a verte? —insistió Natalie, ladeando la cabeza.
—De momento, no.
—¿Por qué no?
—Tenemos que dejar enfriar las cosas.
—Pero si todo va muy bien... Trabajo para tu padre, ¡por el amor de Dios!
—Pero mi padre piensa que nuestra relación no es nada serio. Ésa fue la condición que puso para aceptarte. No puedo permitir que alguien me vea entrando o saliendo de tu apartamento. La gente nos observa.
—Pues podemos quedar en un hotel. —Trató de agarrarlo del brazo, pero sólo encontró aire.
Simon se dirigió a la puerta del dormitorio.
—Mi padre me ha pedido que invite a cenar a la hija del senador Hudson.
—¿Qué? —exclamó Natalie, levantándose de un salto y plantándose ante él desnuda, con los ojos verdes brillando furiosos y sus rizos pelirrojos alborotados.
Simon le agarró la nuca con una mano.
—No te pongas histérica.
Natalie se estremeció al notar la frialdad de su voz.
—No, no lo haré. Lo siento.
Él le acarició el cuello con el pulgar.
—Bien, porque no me gusta que te pongas histérica.
Bajó las manos y le agarró el culo.
—Sólo es una cena. Acaba de terminar el primer curso en la Universidad de Duke y ha venido aquí a pasar las vacaciones. Saldremos a cenar y espero convencerla para que hable bien de mi padre. Todas las ayudas son bienvenidas.
—¿Te la tirarás?
Simon resopló.
—¿Me tomas el pelo? Seguro que es virgen. Ya tuve más que de sobra de esa mierda con ______.
Ella arrugó la nariz al oír el nombre de su antigua compañera de habitación.
—¿Qué te hace pensar que la hija de los Hudson sea virgen?
—Su familia es muy religiosa. Son sureños. No lo sé, pero me lo imagino.
—_______ también era religiosa y eso no le impidió comértela —le recordó Natalie, cruzándose de brazos.
—Deja a ______ fuera de esto. No necesito que el gilipollas de su novio me complique más la vida.
—Es el gilipollas de su marido actualmente.
—Me importa una mierda lo que sea. Ya lo sabes. —La atrajo hacia él con violencia—. No vuelvas a mencionar a ninguno de los dos.
—¿Y cómo crees que me siento? El padre de mi novio le ha organizado una cita con una santurrona porque piensa que yo soy una puta.
Él le agarró el trasero con las dos manos.
—Por fin vamos por buen camino. Sólo tenemos que esperar a que pasen las elecciones.
—Oh, soy muy buena esperando. —Natalie se dejó caer de rodillas ante él y le desabrochó los vaqueros—. Pero creo que necesitas que te recuerde a quién estás dejando.