Al abrir los ojos, ____ vio la brillante luz de julio entrando por la puerta abierta de la tienda. Estaba tapada con mucho mimo con dos mantas de cachemira, pero estaba sola. De no ser porque sabía que aquélla era la casa de Tom, habría pensado que la noche anterior había sido un sueño. Aunque tal vez seguía soñando.
Al incorporarse, encontró una nota junto a los cojines.
Cariño:
Estabas durmiendo tan a gusto que no me he atrevido a despertarte. Le pediré a Rebecca que prepare gofres, porque sé que te gustan. Dormir en tus brazos me ha recordado que durante estos meses sólo he sido media persona.
Tú me completas.
Todo mi amor,
Tom
Mientras leía la nota, numerosas emociones la asaltaron, como una sinfonía tocada con distintos instrumentos. Aunque una de ellas dominaba sobre las demás: el alivio.
Tom la amaba. Tom había vuelto.
Pero el perdón y la reconciliación eran cosas distintas. Sabía que había habido terceras personas implicadas en el conflicto, pero tanto ella como Tom eran responsables de la situación en la que se encontraban. Por mucho que le apeteciera, _____ no pensaba lanzarse a sus brazos sólo para huir de la angustia de la separación. Sería como tomarse una pastilla para el dolor sin molestarse en averiguar antes qué lo causaba.
Se calzó y salió al jardín, recuperando el bolso antes de entrar en la casa por la puerta de atrás. Rebecca estaba trabajando en la cocina, preparando el desayuno.
—Buenos días —saludó a _____ con una sonrisa al verla entrar.
—Buenos días. —Ella señaló la escalera que llevaba al piso de arriba—. Iba a ir al baño.
La mujer se secó las manos con el delantal.
—Me temo que Tom lo está usando.
—Oh.
—¿Por qué no llama a la puerta? Tal vez ya haya terminado.
_____ se ruborizó al pensar en él, recién salido de la ducha, envuelto en una toalla.
—Esperaré. ¿Puedo? —preguntó, señalando el fregadero.
Cuando ella asintió con la cabeza, se lavó las manos. Aguardó a que se le secaran para sacar una goma del bolso y hacerse una cola de caballo.
Rebecca la invitó a sentarse a la mesita de la cocina.
—Es muy incómodo que sólo haya un baño y que esté en el piso de arriba. Me paso el día subiendo y bajando. Incluso mi casita tiene dos baños.
_____ la miró sorprendida.
—Pensaba que vivía aquí.
La mujer se echó a reír, mientras sacaba una jarra de zumo de naranja recién exprimido de la nevera.
—Vivo en Norwood. Vivía con mi madre, pero murió hace unos meses.
—Lo siento. —_____ le dirigió una mirada compasiva, mientras servía zumo de naranja en dos copas de vino.
—Tenía alzheimer —explicó Rebecca, antes de volver a su trabajo.
Ella la observó mientras enchufaba la gofrera eléctrica, lavaba un cestillo de fresas y batía un poco de nata. Tom había planeado el desayuno con todo detalle.
—Es un cambio muy brusco, cuidar de un profesor después de haber estado cuidando de mi madre. Parece un hombre muy exigente, pero eso me gusta. ¿Sabe? Me deja libros. Acabo de empezar Jane Eyre. No lo había leído todavía. Dice que mientras siga preparándole los platos que le preparo, puedo llevarme los libros que quiera. Por fin tengo la oportunidad de retomar mi educación... y de usar todo lo que he aprendido después de años de mirar el Canal Cocina.
—¿Deja que se lleve libros de su biblioteca personal? —A _____ le costaba creérselo.
—Sí. Qué amable, ¿verdad? No lo conozco mucho todavía, pero ya le he cogido cariño. Me recuerda a mi hijo.
Ella bebió un sorbo de zumo y, como la mujer le dijo que Tom había dicho que no lo esperaran, empezó a desayunar.
—No entiendo por qué ha comprado esta casa tan pequeña y con sólo un baño —comentó _____, mientras se comía un gofre de canela.
Rebecca le dirigió una sonrisa cómplice.
—Quería vivir en este vecindario y le gustó el jardín. Dice que le recuerda al que había en casa de sus padres. Piensa reformar la casa para que sea más cómoda, pero no ha querido empezar a hacer nada hasta tener su aprobación.
—¿Mi aprobación? —A _____ se le cayó el tenedor al suelo.
La mujer le ofreció otro inmediatamente.
—Me parece recordar que dijo que la vendería si a usted no le gustaba. Aunque, por lo que le he oído esta mañana, juraría que ha decidido empezar con las obras inmediatamente. —Pasándole un plato de beicon crujiente, añadió—: No sé si se ha dado cuenta, pero el profesor puede ser un poco... intenso.
_____ se echó a reír a carcajadas.
—No lo sabe usted bien.
Estaba acabando de disfrutar del segundo gofre, cuando oyó a Tom bajando la escalera.
—Buenos días —la saludó, dándole un beso en la coronilla.
—Buenos días. —_____ le devolvió el saludo, pero no estaba acostumbrada a la presencia de Rebecca, así que en seguida se excusó y subió al cuarto de baño.
Una mirada al espejo le dijo que tendría que ducharse. Al volverse hacia la ducha, vio que alguien había dejado una bolsa llena de todo lo que podía necesitar.
Había varias botellas de su antiguo champú de vainilla, gel de baño de la misma marca y una esponja nueva, color lavanda, como la anterior. Abrió los ojos, sorprendida, al ver un vestido de tirantes color amarillo pálido, con una chaqueta a juego.
Le llevó unos instantes controlar las emociones. Cuando se calmó un poco, se duchó y se puso la ropa nueva.
Aunque estaba agradecida por poder ponerse ropa limpia después de ducharse, la presunción de Tom de que iba a quedarse a dormir le resultaba irritante. Se preguntó si encontraría lencería de su talla en el cajón de su cómoda. Una cosa llevó a la otra y se encontró preguntándose si habría traído la ropa que ella dejó en Toronto.
Se peinó, colocándose el pelo por detrás de las orejas. Los pendientes de Grace los tenía guardados en el fondo del cajón de la ropa interior, con un par de tesoros más.
Sabía que, al quitárselos, le había hecho daño a Tom, pero tras su partida le había parecido absurdo seguir llevándolos.
Los dos se habían hecho daño. Necesitaban perdonarse para que sus heridas pudieran cicatrizar. Lo que no sabía ______ era por dónde empezar. Las alternativas más obvias no siempre eran las mejores.
Cuando por fin bajó a la cocina, Rebecca estaba acabando de poner en orden la cocina después del desayuno y Tom estaba en el jardín. Lo encontró sentado bajo un parasol.
—¿Estás bien? —le preguntó, al ver que tenía los ojos cerrados.
Abriéndolos, él sonrió.
—Ahora sí. ¿Me acompañas? —Le tendió la mano. Aceptándola, _____ se sentó a su lado.
—Ese color te sienta muy bien —comentó, observándola con satisfacción.
—Gracias por haber ido de compras.
—¿Qué te gustaría hacer hoy?
Ella se tiró del dobladillo del vestido, tratando de cubrirse las rodillas.
—Creo que deberíamos acabar de hablar.
Tom asintió, pidiendo ayuda a Dios en silencio. No quería perderla. Y sabía que la segunda parte de la historia podía provocar justo esa reacción.
—¿Te acuerdas de la conversación en el pasillo, después de la vista? Cuando Pablo te faltó al respeto, estuve a punto de romperle el dedo y hacérselo tragar.
—¿Por qué?
—Creo que no acabas de entender el alcance de mis sentimientos por ti. Van más allá de querer estar contigo y de querer protegerte. Quiero que seas feliz y que todo el mundo te trate con respeto.
—No puedes ir rompiéndoles los dedos a todos los que me hablen mal.
Tom fingió reflexionar sobre sus palabras, acariciándose la barbilla.
—Supongo que no. ¿Qué me sugieres? ¿Que los golpee con las obras completas de Shakespeare?
—¿En un solo volumen? Excelente idea.
Ambos se echaron a reír y luego permanecieron en silencio.
—Quería contarte lo que pasó cuando te hicieron salir de la sala, pero me ordenaron que no lo hiciera. Por eso te hablé en clave. El problema fue que elegí citar a Abelardo, olvidándome de que tu visión y la mía sobre su relación con Eloísa son muy distintas. Debí citar a Dante, a Shakespeare, a Milton, a cualquiera menos a Abelardo.
Negó con la cabeza, disgustado. Pero al cabo de unos momentos en silencio, continuó:
—Estabas furiosa. Me acusaste de follarte, _______... —La voz se quebró al pronunciar su nombre—. ¿Tan mala opinión tenías de mí que pensaste que ésa había sido mi manera de despedirme?
No pudiendo soportar la intensidad de su mirada, ______ apartó la vista.
—¿Y qué querías que pensara? No me dijiste ni una palabra y, cuando me desperté, te habías ido sin dejarme ni una nota. Y de repente, durante la vista, dices que todo ha terminado.
—No podía contarte nada. Te hice el amor pensando que con mis actos te demostraría lo que quería expresar: que somos uno. Que siempre hemos sido un solo ser.
Incómoda, ella cambió de tema.
—Has hablado de la conversación en el pasillo. No entiendo que te obligaran a marcharte de la ciudad.
—No lo hicieron. Sólo me hicieron prometer que no volvería a verte.
______ se cruzó de brazos.
—Entonces, ¿por qué te fuiste?
—Jeremy descubrió que había roto mi promesa y que había hablado contigo antes de que salieras del edificio. Me hizo jurar por mi honor que rompería la relación de una vez por todas y que me mantendría alejado de ti. Le había prometido que haría lo que él quisiera si nos ayudaba. No tenía elección.
Ella recordó la entrevista con el doctor Aras y el profesor Martin justo antes de la graduación.
—¿Cómo descubrió Jeremy que habías roto tu promesa? Nadie me vio en el pasillo. Y por el correo que me enviaste después, nadie lo habría adivinado.
—Lo sé. Lo siento. Pensé que leerías entre líneas y te darías cuenta de que lo había escrito para ojos ajenos. Antes te había enviado otro correo, desde mi cuenta de sss, avisándote de todo.
—No, no me lo enviaste.
Tom se sacó el iPhone del bolsillo y buscó hasta encontrar el correo al que se refería. Mirándola atormentado, dijo:
—Tras la vista, entré en los servicios y te escribí un correo. —Le alargó el teléfono—. Es éste.
_____ leyó en la pantalla:
Beatriz, te quiero. No lo dudes nunca. Confía en mí, por favor. T.
Ella parpadeó varias veces, tratando de vincular lo que estaba viendo en la pantalla con su experiencia personal de los meses pasados.
—No lo entiendo. No lo recibí.
—Lo sé —replicó él, con expresión torturada.
Al volver a mirar la pantalla, _____ se fijó en que la fecha y la hora confirmaban la versión de Tom. Pero el destinatario del mensaje no era ella. De hecho, el correo le había llegado a otra persona: J. H. Martin.
Abrió los ojos como platos ante la magnitud del error que Tom había cometido. En vez de enviarle el correo a _____ H. Mitchell, se lo había mandado a Jeremy H. Martin, catedrático del Departamento de Estudios Italianos.
—Oh, Dios mío —murmuró.
—Cada vez que pensaba en hacer algo para arreglar la situación, la estropeaba aún más. Cuando intenté defenderte ante los miembros del comité, sospecharon de mí; cuando traté de tranquilizarte en el pasillo, creíste que te había abandonado. Cuando traté de explicártelo, le envié el mensaje a la persona que acababa de prohibirme ponerme en contacto contigo. Sinceramente, de no ser porque confiaba en que pudiésemos tener esta conversación algún día, me habría sentido tentado de salir a la calle Bloor en hora punta y haberme tumbado en mitad de la vía.
—No digas esas cosas. ¡Ni siquiera las pienses!
Ver que _____ se preocupaba por él le alegró el alma, pero en seguida rectificó.
—Perderte fue de lo más duro que me ha sucedido nunca, pero sé que el suicidio no volverá a pasarme por la cabeza —dijo él, solemne—. Jeremy estaba furioso. Había puesto su carrera y al departamento en peligro por ayudarme y yo no había tardado ni dos minutos en faltar a mi palabra. Acababa de darle una prueba, por escrito, de que no pensaba respetar la promesa que le había hecho al comité. Tenía que hacer lo que me pidiera. No tenía otra alternativa. Si Jeremy le hubiera mostrado el correo al comité, las consecuencias habrían sido dramáticas para los dos.
En ese momento, Rebecca los interrumpió. Llevaba una jarra de limonada, con unas cuantas frambuesas heladas flotando en el líquido amarillo. Tras servirle un vaso a cada uno, se retiró con una sonrisa de ánimo.