Capitulo 45

3043 Words
Tom se bebió el suyo a grandes tragos, agradeciendo la tregua. —¿Qué pasó luego? —preguntó _____, bebiéndose su limonada a pequeños sorbos. —Jeremy me ordenó apartarme de ti. No tenía elección. Tenía la espada de Damocles sobre mi cabeza. —¿No le contó a nadie lo del mensaje? —No. Volvió a confiar en mi palabra. —Tom hizo una mueca al recordar la dolorosa conversación—. Se apiadó de mí y eso hizo que me sintiera aún más obligado a mantener mi palabra. Decidí que no volvería a ponerme en contacto contigo hasta que tu entrada en Harvard fuera segura. Ella negó con la cabeza con obstinación. —Pero ¿qué pasa con las promesas que me hiciste a mí? ¿Las has olvidado? Me hiciste muchas. —Por supuesto que no. Por eso antes de marcharme de Toronto te dejé el libro en el casillero. Pensé que encontrarías el pasaje de la carta y que leerías la nota de la fotografía. —Ni siquiera sabía que el libro fuera tuyo. No lo abrí hasta la noche que viniste a buscarme. Por eso salía de casa corriendo. En mi apartamento no hay conexión a Internet y quería mandarte un correo. —¿Qué querías decirme? —No lo sé. Tienes que entender que yo creía que te habías cansado de mí; que pensabas que no valía la pena luchar por lo nuestro. —Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero se las secó con impaciencia. —Si ha habido alguien en esta relación por quien no mereciera la pena luchar, ése era yo. Sé que he sido muy torpe y que he acabado haciéndote daño, pero nunca fue mi intención. —Bajando la vista, empezó a darle vueltas al anillo—. Fue culpa de mi orgullo, de mi falta de juicio y de una cadena de errores. »Katherine Picton trató de ayudarme. Me aseguró que se ocuparía de que las autoridades académicas te dejaran en paz durante mi ausencia y que haría todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que te graduaras puntualmente. Me comentó que un amigo suyo acababa de dejar su plaza en Boston para irse a UCLA y me pidió permiso para proponerme como su sucesor. Se lo di. »Hice una entrevista y, mientras esperaba su respuesta, viajé a Italia. Tenía que hacer algo para librarme de la depresión antes de que cometiera alguna tontería. A ______ se le encogió el estómago. —¿Qué clase de tontería? —No hablo de mujeres. La sola idea de estar con alguien que no fueras tú me daba náuseas. Estaba preocupado por... otro tipo de vicios. —Antes de que sigas hablando, tengo algo que contarte —lo interrumpió ella. Su voz sonó más decidida que la voluntad que había detrás. Tom la observó detenidamente, preguntándose qué demonios estaría a punto de revelarle. —Cuando te dije que mi relación con Paul era de amistad, era cierto. Técnicamente. —¿Técnicamente? —La voz de él se volvió tan grave que sonó casi como un gruñido. —Él quería que fuera algo más. Me dijo que me amaba y... y nos besamos. Tom guardó silencio, pero _____ vio que apretaba tanto los nudillos que se le pusieron blancos. —¿Es Paul a quien quieres en tu vida? —Fue un gran amigo cuando más lo necesitaba, pero nunca he tenido sentimientos románticos hacia él. Me temo que, después de ti, los demás hombres no tienen nada que hacer. Ninguno de ellos resiste la comparación —admitió, con la voz temblorosa. —Pero le besaste. —Sí, lo hice. —Inclinándose hacia adelante, ______ le apartó el rebelde mechón de la frente—. Pero eso fue todo. Pensaba que no volvería a verte, pero igualmente lo rechacé. No porque no hubiera podido tener una buena vida a su lado, sino porque no eras tú. —Estoy seguro de que eso no debió de hacerle ninguna gracia. —Le rompí el corazón —reconoció ella, hundiendo los hombros— y no disfruté haciéndolo. Tom se conmovió al ver su compasión, pero al mismo tiempo sintió un gran alivio al pensar que no tenía que enfrentarse a ningún rival para lograr su afecto. Le apretó el hombro cariñosamente antes de decir: —Reconozco que tenía miedo de que, si teníamos algún contacto y se lo contabas a Paul, él le fuera con el cuento a Jeremy. —Paul no habría hecho una cosa así. Siempre se ha portado muy bien conmigo, incluso después de que le rompiera el corazón. —_____ se alisó unas imaginarias arrugas del vestido—. Sé que dijiste que me habías sido fiel, pero... ¿alguien te besó? —No. —Tom sonrió pesaroso—. Sería un buen dominico o un buen jesuita si me lo propusiera, ¿no crees? El celibato no me ha supuesto un problema, aunque durante estos meses he descubierto que no tengo vocación de franciscano. ______ lo miró con curiosidad. —Es una larga historia. Otro día te la contaré. Ella le apretó la mano con cariño, animándolo a seguir hablando. —Decidí que si no me daban la plaza en Boston, dimitiría igualmente. No pensaba volver a Toronto. Sólo tenía que aguantar unos meses, hasta que te graduaras. »Quería sentirme cerca de ti; recordar el tiempo feliz que pasamos en Italia. Sinceramente, ______, los días que pasamos en Florencia y Umbría fueron los más felices de mi vida. —Apartó la vista—. Incluso fui a Asís. —¿A ver cómo se te daba ser franciscano? —bromeó ella. —Más bien no. Visité la basílica y creí verte allí. La miró, dudando si continuar. Tenía miedo de que pensara que estaba desequilibrado. —Tu doble me guió por la iglesia hasta llegar a la cripta, frente a la tumba de san Francisco. Al principio me quedé mirando a aquella mujer, deseando que fueras tú, deseando no haber cometido tantos errores. En la paz de aquel lugar me enfrenté a mis fracasos y a mis pecados. Me di cuenta de que te había idolatrado, de que te había convertido en un ídolo pagano. Cuando te perdí, sentí que lo había perdido todo. Me decía que necesitaba que vinieras a rescatarme, que yo sin ti no era nada. »Me di cuenta de las numerosas oportunidades que había desperdiciado. Sin hacer nada para merecerlo, había recibido amor y gracia durante toda mi vida y no había sabido valorarlos. No me merecía la familia que me había adoptado. No me merecía a Maia, que fue la mejor parte de mi relación con Paulina. No me merecía haber sobrevivido a las drogas ni haberme graduado en Harvard. No te merecía a ti. Hizo una breve pausa y se secó la humedad que sentía en los ojos, pero no sirvió de nada. —La gracia no es algo que nos merezcamos, Tom —dijo _____ suavemente—. Es algo que nace del amor. Dios llena el mundo de segundas oportunidades, hojitas y misericordia, aunque no todos las ven ni las quieren. Él le besó la mano. —Exactamente. En la cripta de la basílica, pasó algo. Me di cuenta de que tú no podías salvarme. Y encontré la paz. —A veces perseguimos la gracia hasta que ésta nos encuentra. —¿De verdad no eres un ángel? —murmuró Tom, admirado—. El caso es que, tras esa experiencia, quise ser mejor persona. Me centré en Dios, pero sin olvidarme de ti. Quería amarte mejor. Siempre me ha atraído tu bondad, ______, pero creo que ahora te quiero más que antes. Ella asintió, con la mirada borrosa por las lágrimas. —Debí decirte que te amaba mucho antes. Debí pedirte que te casaras conmigo. Pensaba que sabía lo que te convenía. Pensaba que teníamos todo el tiempo del mundo. ______ trató de hablar, pero tenía un nudo en la garganta. —Por favor, dime que no es demasiado tarde, _____. Dime que no te he perdido para siempre. Ella se lo quedó mirando unos instantes antes de abrazarlo. —Te quiero, Tom. Nunca he dejado de quererte. Los dos hemos cometido errores, con nuestras relaciones, en la universidad, el uno con el otro... Pero nunca he dejado de esperar que volvieras a mí. Que aún me quisieras. Cuando lo besó en los labios, Tom sintió un enorme alivio, mezclado con una gran culpabilidad. ______ notó que estaba avergonzado. No por sus lágrimas, sino por los sentimientos que se las provocaban: el agotamiento, la frustración y el dolor que causa una prolongada depresión. —¿Te quedarás conmigo? —preguntó él, en voz baja. Ella titubeó el tiempo suficiente para que Tom volviera a preocuparse. —Quiero más de lo que teníamos. —¿Más de lo que puedo darte? —No necesariamente eso, pero durante estos últimos meses he cambiado. Es indudable que tú también. La pregunta es, ¿y ahora qué? —Dime lo que quieres y te lo daré. _____ negó con la cabeza. —Quiero que lo descubramos juntos. Y eso llevará su tiempo. Pronto empezó a hacer demasiado calor para estar al aire libre. Tom y _____ entraron en la casa y se sentaron en el salón. Él se acomodó en el sofá de piel, mientras ella se acurrucaba en una de las butacas de terciopelo rojo. —En algún momento vamos a tener que abordar el tema. Tom asintió, tenso. —Empezaré yo —se ofreció ______—. Quiero conocerte mejor. Quiero ser tu compañera. —Yo quiero que seas mucho más que eso —susurró Tom. Ella negó con la cabeza con vehemencia. —Es demasiado pronto. Decidiste por mí, Tom. Me dejaste sin opciones. Tienes que dejar de hacer eso o no llegaremos muy lejos. La expresión de él se ensombreció. —¿Qué pasa? —le preguntó ella, alarmada. —No me arrepiento de haber tratado de salvar tu carrera. Ojalá hubiéramos podido llegar a una decisión consensuada, pero cuando te vi en peligro, reaccioné. Creo que tú harías lo mismo si me vieras en peligro a mí. ______ empezaba a perder la paciencia. —¿Me estás diciendo que ni tus disculpas ni esta conversación significan nada? —¡Por supuesto que no! Sé que debí hablar contigo antes de decidir nada. Pero si esperas que sea de ese tipo de hombres que se queda quieto mientras la mujer que ama pierde sus sueños, no puedo hacerlo. Lo siento. Ella se sulfuró. —Entonces, ¿volvemos a estar como al principio? —Yo no te eché en cara que me defendieras de Christa o del comité. Ni que me acusaras de acosarte en aquel correo, aunque ambos sabemos que fue un error. ¿No puedes hacer lo mismo por mí? ¿No puedes darme gracia, _____? ¿Tu gracia? A pesar de su tono de súplica, ella no lo estaba escuchando. Lo único que tenía en la cabeza era que Tom se negaba a admitir sus quejas. Una vez más. Negando con la cabeza, se dirigió hacia la puerta. Habían llegado a una encrucijada. Si se marchaba, sus caminos se separarían y todo habría acabado entre los dos. No habría una tercera oportunidad. Si se quedaba, tendría que aceptar que él no viera su maldito comportamiento heroico ante el tribunal como algo problemático. Dudó. Tom aprovechó esos instantes para levantarse y acercarse a ella por detrás. —Deja que te ame, ______. Deja que te ame como te mereces ser amada —le susurró al oído. _____ sintió que el calor de su cuerpo le atravesaba la ropa y le quemaba la espalda. —«Soy el que te es fiel, Beatriz.» Por supuesto que quiero protegerte. Nada va a cambiar eso. —Si hubiera tenido que elegir entre Harvard y tú, te habría elegido a ti. —Ahora puedes tenernos a los dos. Ella se volvió hacia él. —Pero ¿a qué precio? No me digas que esta situación no ha dañado nuestra relación, tal vez de manera irreparable. Apartándole el pelo por encima del hombro, Tom le besó el cuello. —Perdóname. Te prometo que respetaré tu dignidad y nuestra condición de socios. Pero no puedo prometerte que me mantendré al margen si veo a alguien dispuesto a hacerte daño. No me obligues a convertirme en un cerdo egoísta. Tozuda, _____ siguió avanzando hacia la puerta, pero él la agarró del brazo. —En un mundo ideal —siguió diciendo—, podríamos comunicarnos en todo momento y ponernos de acuerdo antes de tomar cualquier decisión. Pero no vivimos en ese mundo. Hay emergencias y hay gente peligrosa y vengativa. ¿Es mi deseo de protegerte de esa gente un pecado tan grave como para abandonarme? Como ella no respondió, siguió hablando: —Haré todo lo posible para tomar decisiones contigo y no en tu lugar, pero no me disculparé por querer que estés a salvo y seas feliz. Y no pienso someterme a la regla de tener que consultarlo todo contigo, incluso en casos de emergencia. »Tú quieres que te trate como a una igual. Yo quiero el mismo trato. Y eso implica que debes confiar en que tomaré la mejor decisión posible, según la información de que disponga en ese momento. Sin ser omnisciente, ni perfecto. —Prefiero tenerte a mi lado, vivo, llevando tu escudo, que muerto y tumbado sobre él —replicó ella, obstinada. Tom se echó a reír —Creo que ya hemos superado nuestra batalla de las Termópilas, pero estoy de acuerdo contigo. Pienso lo mismo, mi pequeña guerrera. Volvió a besarle el cuello. —Toma mi anillo. —Se lo quitó de la mano izquierda y se lo ofreció por encima del hombro—. Lo llevaba para indicar que mi corazón y mi vida son tuyos. ______ lo cogió, vacilante, y se lo puso en el pulgar. —Venderé esta maldita casa. Sólo la compré para estar cerca de ti. Me mudaré a un apartamento hasta que encontremos una casa que nos guste a los dos. —Acabas de mudarte aquí. Y sé que te gusta el jardín. —_____ suspiró. —Entonces, dime lo que quieres. Podemos seguir juntos de momento, sin hacernos promesas de futuro, pero, por favor, perdóname. Enséñame. Te prometo que seré tu alumno más diligente. Ella permaneció callada e inmóvil varios minutos. Finalmente, Tom la cogió de la mano y la guió hasta el dormitorio, en la planta de arriba. —¿Qué haces? —preguntó _____, al ver adónde se dirigía. —Necesito abrazarte y creo que tú necesitas que te abrace. Y ese maldito sofá es demasiado estrecho. Por favor. Se tumbó de espaldas en la cama y abrió los brazos, invitándola a acurrucarse a su lado. Ella vaciló. —¿Y Rebecca? —No nos molestará. A _____ no le apetecía ponérselo tan fácil, así que miró a su alrededor, buscando algo para distraerlo. —¿Qué es eso? —preguntó, señalando hacia lo que parecían ser varios marcos apoyados contra la pared y cubiertos por una sábana. —Echa un vistazo. _____ se agachó y retiró la sábana. Eran diez fotografías grandes, divididas en dos hileras de cinco. Todas en blanco y n***o. Todas de ella. En algunas aparecía Tom. Muchas no las había visto, ya que él las había enmarcado después de su separación. Había fotografías de Belice, de Italia y algunos posados de su regalo de Navidad. Todas eran preciosas y desprendían un gran amor. —Me resultaba doloroso verlas cuando pensaba que te había perdido, pero ya ves, las conservé. La contempló mientras ella las observaba una por una, antes de detenerse en su favorita, su foto tumbada boca abajo sobre la cama de Belice. —¿Qué pasó con las fotos que tenías antes? —Las tiré hace tiempo. No las necesitaba ni las quería. Tras cubrirlas de nuevo con la sábana, _____ se dirigió a la cama, insegura. Tom le ofreció la mano. —Relájate. Sólo quiero abrazarte. Le permitió que tirara de ella hasta que quedó tumbada a su lado, abrazada a su pecho. —Mucho mejor —murmuró él, besándole la frente—. Quiero ganarme tu respeto y tu confianza. Quiero ser tu marido. Ella guardó silencio unos instantes, mientras procesaba lo que estaba oyendo. —Quiero que vayamos despacio —dijo finalmente—. No vuelvas a hablarme de matrimonio. —Por suerte, puedo esperar. —Tom la besó una vez más. Esa vez, el beso fue a más. Las manos vagaron buscando apoyo en curvas y músculos; las bocas se unieron con decisión, sólo deteniéndose por algún suspiro o jadeo ocasional; los corazones empezaron a latir acelerados. Era un beso que celebraba un reencuentro, un juramento de amor y fidelidad. Con ese beso, Tom trató de demostrarle que la amaba y que estaba arrepentido. _____ se lo devolvió para que entendiera que nunca podría darle su corazón a otra persona. Que tenía fe en que, una vez superaran sus conflictos, pudieran compartir imperfecciones y llevar una vida en común sana y feliz. Ella fue la primera en retirarse. Al oír la respiración alterada de él, se alegró al comprobar que la chispa entre ellos no había desaparecido. —No espero que nuestra relación sea perfecta, pero hay algunas cuestiones que vamos a tener que trabajar. Con ayuda de terapeutas o solos, pero llevará su tiempo. —Estoy de acuerdo —dijo Tom—. Quiero cortejarte como no pude hacerlo en Toronto. Quiero que paseemos por la calle, de la mano. Quiero llevarte a un concierto, acompañarte a tu casa y besarte en la puerta. Julia se echó a reír. —Hemos sido amantes, Tom. Tienes fotos de los dos en la cama debajo de esa sábana. ¿No podemos retomar la relación de un modo normal? Él entrelazó los dedos con los suyos. —Quiero compensarte. Quiero tratarte como merecías desde el principio. —Siempre fuiste muy generoso en la cama —lo defendió ______. —Pero egoísta en el resto de la relación. Por eso no volveré a hacerte el amor hasta que no haya recuperado tu confianza.
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