Capitulo 25

2992 Words
Volviéndola boca arriba, empezó a darle suaves besos en la cara. —Tengo miedo —susurró ____. Acariciándole el pelo, Tom le besó la punta de la nariz. —Lo sé. Pero pase lo que pase, no dejaré que nadie se interponga entre Harvard y tú. Todo saldrá bien, ya lo verás. —La miró preocupado—. ¿Qué puedo hacer, ____? No sé cómo consolarte. —Bésame. Él la besó con el beso breve e inseguro del chico que besa a su vecinita por primera vez, sin saber cómo va a reaccionar. Pero no tenía de qué preocuparse. ____ respondió enredándole los dedos en el pelo y atrayéndolo hacia su boca, para entrelazar sus lenguas. Él le devolvió el beso con contención, antes de apartarse y apoyar la frente en la de ella. —No puedo. —Por favor —le rogó ____, acariciándole los hombros y la espalda y acercándolo. —No puedo hacerte el amor si estás triste. Tengo miedo de lastimarte. —Pero te necesito. —¿No prefieres que te prepare un baño caliente? —Hacer el amor contigo me hace feliz, porque me recuerda lo mucho que me quieres. Por favor. Necesito sentir que me deseas. Tom juntó las cejas. —Por supuesto que te deseo, _____. Pero no quiero aprovecharme de tus momentos de debilidad. Ella no era una mujer exigente. Y cuando le pedía algo, solía ser siempre por el bien de Tom. Él lo sabía y le dolía negarle nada, sobre todo cuando lo miraba con aquellos ojos enormes y tristes. Pero el rastro de sus lágrimas había apagado su libido. Prefería consolarla abrazándola que intentar un acto que no iba a ser capaz de concluir. La expresión de ____ no dejaba lugar a dudas. Necesitaba la conjunción de cuerpos y almas que sólo el sexo podía proporcionar. Mientras le acariciaba el pelo, Tom se dio cuenta de una cosa: no importaba lo que opinara el terapeuta, no era adicto al sexo. No era un hedonista lascivo, con un apetito insaciable que buscaba satisfacer —en palabras de Scott— follándose a cualquier mujer que se le pusiera por delante. _____ lo había cambiado. La amaba, pero aunque le rogara, no podía excitarse viéndola sufrir. Ella seguía observándolo mientras le acariciaba la espalda y los brazos. Podía darle al menos parte de lo que le pedía, distrayéndola con caricias y sensaciones agradables. Esperaba que fuera suficiente. La besó muy despacio y ella le arañó suavemente la cabeza. Incluso cuando se dejaba llevar por la necesidad, era dulce y amable. Tom le acarició el cuello con los labios y, cuando llegó a su oreja, le susurró lo mucho que lo había cambiado. Lo feliz que lo hacía que fuera suya. _____ suspiró mientras él le besaba el cuello, pasándole la lengua en el hueco de la base de su garganta antes de seguir avanzando hacia los hombros. Le mordisqueó entonces las clavículas, apartándole el tirante de la camiseta para dejarle la pálida curva del hombro al descubierto. Ella empezó a quitarse la camiseta, pero Tom la detuvo. —Paciencia —le susurró. Entrelazando los dedos con los suyos, le besó el dorso de la mano y le extendió el brazo para besarle la parte interna del codo. Sólo cuando _____ empezó a gemir, la soltó y continuó su asalto. Deslizándole las manos a lo largo del cuerpo, besó cada centímetro de su piel, guiándose por cómo se contraía bajo sus caricias y por los gemidos que escapaban de sus labios. Cuando vio que se había olvidado de las lágrimas y que sus gemidos eran de pasión y no de tristeza, acabó de desnudarla y se arrodilló entre sus piernas. Pronto ____ empezó a temblar y a gritar su nombre. Ése era el momento favorito de Tom, más aún que su propio clímax: oír su nombre, mezclado con los gemidos y gritos de placer de su amada. Las primeras veces que habían hecho el amor se había mostrado tan tímida que ahora, cada vez que la oía llamarlo con un susurro ronco y extático, un agradable calor se extendía por sus entrañas. «El amor es esto —pensó Tom—. Estar desnudo frente a tu amante y gritar su nombre sin sentir ninguna vergüenza.» Al alcanzar el orgasmo, poco después, él le dijo que la amaba. En su mente, estaban ya totalmente unidos: el sexo, el amor y ____. La Santísima Trinidad. La abrazó con fuerza mientras recuperaban el aliento, sonriendo para sus adentros. Estaba muy orgulloso de ella. Se sentía muy feliz al darse cuenta de que podía expresar lo que deseaba, incluso estando triste. La besó, comprobando encantado que ____ volvía a sonreír. —Gracias —susurró ella. —Gracias a ti, ____, por enseñarme a amar. Al entrar en la oficina del departamento, el miércoles, Paul se quedó muy sorprendido por lo que encontró. ____ estaba ante los casilleros, pálida y ojerosa. Al acercarse a ella, le dedicó una sonrisa tan triste que le encogió el corazón. Antes de poder preguntarle qué le pasaba, Christa Peterson entró tan campante, con su gran bolso Michael Kors colgando del brazo. Se la veía relajada y contenta y le brillaban los ojos. Iba vestida de rojo. No rojo cereza o rojo sangre, sino escarlata. El color del triunfo y del poder. Al verlos a los dos juntos se echó a reír. Paul la miró y luego volvió a mirar a _____, que había ocultado el rostro volviéndose de cara a los casilleros. —¿Qué pasa? —susurró. —Nada —respondió ella—. Creo que me ronda un resfriado. Paul negó con la cabeza. Habría insistido, sin apabullarla, pero el profesor Martin entró en ese momento. Al verlo, ____ agarró la cartera de piel y el abrigo y se dirigió a la puerta. Paul la siguió. —¿Te apetece un café? Iba a acercarme al Starbucks. Ella negó con la cabeza. —Estoy cansada. Lo mejor será que vuelva a casa. Paul bajó la vista hacia su cuello —su cuello sin marcar— y luego volvió a mirarla a los ojos. —¿Puedo hacer algo por ti? —No. Gracias, Paul. Estoy bien, de verdad. Él asintió y la miró alejarse, pero cambió de idea y la siguió. CAP 20 (PARTE 3) —Pensándolo mejor, yo también voy a volver a casa. Te acompaño un rato, si quieres. ____ se mordió el labio inferior, pero asintió y ambos salieron al frío de la calle. Ella se enrolló la bufanda del Magdalen College alrededor del cuello, temblando al sentir el viento helado. —Esa bufanda es de Oxford —comentó Paul. —Sí. —¿La compraste allí? —No... Me la regalaron. «Jorg —pensó él—. Si fue a Oxford, no puede ser tan idiota. Aunque, pensándolo bien, Kaulitz también fue a Oxford...» —Me gusta mucho la gorra de los Phillies que me regalaste. Soy seguidor de los Red Sox, pero la llevaré con orgullo. Excepto en Vermont. Mi padre la quemaría si me presentara con ella en la granja. _____ sonrió y él le devolvió la sonrisa. —¿Cuánto hace que estás enferma? —Unos días. —Se encogió de hombros, incómoda. —¿Has ido al médico? —Sólo es un resfriado. No se puede hacer nada. Paul la miró cuando rodeaban la espantosa pared norte de cristal del Royal Ontario Museum, bajo los copos de nieve. —¿Te ha estado molestando Christa? Cuando ha entrado en la oficina parecías disgustada con ella. ____ tropezó en la nieve, que le llegaba por los tobillos, y Paul alargó una de sus grandes manos para estabilizarla. —Cuidado. Podría haber hielo bajo la nieve. Ella le dio las gracias y siguió caminando con más cuidado. —Si resbalas, agárrate de mi brazo. Nunca me verás de rodillas. ____ lo miró, sorprendida por su elección de palabras, y vio que Paul se ruborizaba. Nunca antes había visto ruborizarse a un jugador de rugby. (Se rumoreaba que era imposible.) —Quería decir que nunca me caigo. Soy demasiado pesado para resbalar. —No eres demasiado pesado. Él sonrió. —¿Christa te ha estado molestando? Ella miró hacia adelante, hacia la acera cubierta de nieve. —No. Es que he dormido poco. He estado acostándome tarde para trabajar en el proyecto. La profesora Picton es muy exigente. La semana pasada rechazó varias páginas de la traducción que había hecho del Purgatorio. La he estado rehaciendo y me ha llevado más tiempo del que pensaba. —Podría ayudarte, si quieres. Podrías enviarme la traducción para que le eche un vistazo antes de entregársela. —Gracias. Como si no tuvieras bastante con tu trabajo... Lo último que necesitas es ocuparte de mis problemas. Paul se detuvo y la agarró suavemente del brazo. —Por supuesto que tengo tiempo para ti. Tu trabajo va sobre el amor y la lujuria; el mío sobre el placer. Algunos de los textos que trabajamos son los mismos. Y me serviría para practicar italiano. —Podemos comparar las traducciones de los pasajes que tengamos en común, pero nada más. No quiero que pierdas el tiempo con cosas que no tengan que ver con tu proyecto —replicó ella. —Envíame los textos y la fecha de entrega y les echaré un vistazo sin ningún problema. —Gracias —dijo ____, sinceramente aliviada. Cuando él la soltó, siguieron caminando. —¿Sabías que el catedrático de Estudios Italianos envió un correo electrónico anunciando tu admisión en Harvard? Especificaba que habías ganado una beca sustanciosa. _____ abrió mucho los ojos. —No, no tenía ni idea. A mí no me llegó. —No, se lo envió a todos menos a ti. Kaulitz me pidió que lo imprimiera y que lo colgara en el corcho de al lado de su despacho. Además, me hizo resaltar la información importante con un rotulador fluorescente, incluido tu nombre. ¿Te lo puedes creer? Se portó contigo como un cretino durante todo el semestre y ahora quiere colgarse la medalla. Menudo c*****o. ____ frunció el cejo, pero permaneció en silencio. —¿Qué pasa? —Nada —respondió ella, ruborizándose. —Anda, suéltalo. ¿En qué estabas pensando? —Bueno, me preguntaba si habrías visto a Christa merodeando por el departamento. O por el despacho del profesor Kaulitz. —Por suerte, no. Parece que ha encontrado otro hueso que roer. Y sabe que de mí no va a sacar nada, así que ni lo intenta. Es consciente de que la mandaré a tomar viento a la primera oportunidad. —Dándole un golpecito en el hombro, le guiñó un ojo—. Más le vale no meterse contigo. Sé unas cuantas cosas de ella que no le gustaría que salieran a la luz. El jueves, ____ se reunió con su terapeuta para preparar la reunión de la mañana siguiente con el comité. Viendo que necesitaba hablar del tema, Nicole se olvidó de los objetivos que había preparado para esa sesión y la escuchó pacientemente antes de ofrecerle su opinión. —El estrés puede ser muy pernicioso para la salud. Tenemos que tratarlo con el respeto que merece. A algunas personas les va bien hablar de sus problemas; otras, en cambio, prefieren guardárselos. ¿Cómo te has enfrentado al estrés en el pasado? —Me lo he guardado todo —admitió ____ jugueteando con las manos. —¿Y ahora? ¿Puedes hablar de tus problemas con tu novio? —Sí, pero no quiero agobiarlo más. Ya está bastante preocupado por los dos. Nicole asintió. —Cuando quieres a alguien, es normal querer protegerlo del sufrimiento. Algunas veces, ésa es la mejor actitud que se puede tomar, pero otras veces se corre el riesgo de cargar con demasiado peso. El exceso de estrés, o de responsabilidad, puede ser demasiado para uno solo. —La verdad es que no me gusta que Tom me oculte cosas. Me hace sentir como una niña. Preferiría que hablara de sus problemas conmigo, aunque fueran cosas negativas. —¿Y no crees que Tom puede sentir lo mismo? Tal vez crea que no confías en él, que no le cuentas tus problemas. ¿Lo habéis hablado? —Lo he intentado. Le he dicho que quiero que seamos iguales, que no haya secretos entre nosotros. —Bien. ¿Y cuál es su respuesta? —Depende. O insiste en cuidarme o tiene miedo de decepcionarme. —¿Y cómo te hace sentir eso? ____ hizo un gesto de impotencia con las manos, buscando las palabras. —No me gusta que él lo pague todo. Me hace sentir pobre, dependiente... impotente. —¿Por qué? —Me da demasiadas cosas. No puedo corresponderle. —¿Tan importante es para ti que vuestra relación sea recíproca? —Sí. —Ninguna relación es completamente recíproca. A veces, cuando las parejas tratan de compartirlo todo al cincuenta por ciento, se encuentran con que su relación ha dejado de ser una unión de dos y se ha convertido en un ejercicio de matemáticas. Buscar la reciprocidad por encima de todo puede llegar a ser enfermizo. »Pero, por otro lado, es muy razonable aspirar a tener una relación en la que ambos miembros se valoran por igual y comparten las cargas y las responsabilidades. En otras palabras, que él tenga más dinero no supone un problema, siempre que entienda que tú quieres contribuir también. Si no puede ser económicamente, hay otras maneras de hacerlo. Y esas maneras deben recibir la misma consideración que las aportaciones económicas. ¿Te parece razonable? —Mucho. Me gusta la idea. Nicole sonrió. —Respecto a lo de protegerse el uno al otro... Puede argumentarse que los hombres tienen la necesidad biológica de proteger a las mujeres y a los niños. No sé cuál es la auténtica razón, pero es así. Ellos suelen realizarse mediante actos y logros. Si te niegas a que haga cosas por ti, se sentirá inútil, superfluo. Necesita saber que puede ocuparse de ti, que puede protegerte. Eso no es necesariamente negativo. Es normal que los miembros de una pareja quieran cuidar el uno del otro. Pero como en cualquier otra cosa, hay extremos y hay un punto medio. »Lo que tu novio y tú debéis buscar es ese punto medio. Permite que cuide de ti en algunos momentos, pero defiende tu independencia en otros aspectos. Y déjale claro que tú también quieres cuidar de él en ocasiones. ____ asintió. La moderación le gustaba. Quería cuidar de Tom y quería que él cuidara de ella, pero sin ser una carga. Y, desde luego, sin tener la sensación de que la cuidaba porque la consideraba frágil o herida. Aunque una cosa era proponérselo y otra llevarlo a la práctica. —Algunos hombres sufren lo que yo llamo el síndrome del caballero andante —prosiguió Nicole—. Quieren proteger a las mujeres de su vida como si fueran doncellas indefensas. Esto puede parecer romántico y excitante durante un tiempo, pero, a la larga, la realidad se impone y la suya se convierte en una actitud opresora y condescendiente. Cuando un m*****o de la pareja se ocupa sólo de proteger y el otro sólo de ser protegido, el resultado no es satisfactorio. »Por supuesto, hay mujeres que sufren un síndrome similar al del caballero andante. Se conoce como el síndrome del cachorro herido. Esas mujeres buscan a hombres dañados o conflictivos y tratan de curarlos. Pero dejemos ese tema para otro día. »En casos extremos, un hombre caballeroso puede cometer todo tipo de imprudencias para proteger a su mujer, como ir a la batalla a lomos de su caballo, o enfrentarse a miles de persas, en vez de salir corriendo en dirección contraria. La prudencia es tan importante como el valor. —Nicole se echó a reír—. ¿Has visto la película Trescientos? ____ negó con la cabeza. —Trata de la batalla de las Termópilas, en la que trescientos espartanos mantuvieron a raya a doscientos cincuenta mil persas antes de la derrota final. Herodoto escribió sobre ello. ____ la miró con curiosidad y admiración. ¿Cuántas psicólogas serían capaces de citar a Herodoto? —El rey Leónidas era uno de estos casos extremos. Podría argumentarse que su decisión estuvo basada en circunstancias políticas, pero lo que quería señalar es que el hombre caballeroso puede acabar haciendo más daño en su empeño protector que aquello de lo que quiere proteger a los suyos. Las mujeres espartanas solían decirles a sus maridos e hijos que regresaran con el escudo en la mano o tumbados sobre él. Pero si tú te encontraras en su situación, no creo que quisieras que Tom muriera defendiéndote de los persas. Supongo que preferirías que regresara a casa, aunque hubiera perdido la batalla. ____ asintió con decisión. —Puedes sacar el tema en la conversación. Puedes hacerle entender que no quieres que te defienda si eso lo va a perjudicar. Que prefieres luchar a su lado, compartiendo los riesgos y las responsabilidades. Que quieres ser su compañera, no una niña ni una damisela indefensa. »Tal vez aceptara acompañarte a sesiones conjuntas, ya que no viene a las individuales. ____ no estaba segura de haber oído correctamente. —¿Cómo? Nicole sonrió. —Decía que cuando hables con Tom puedes comentarle que no quieres que te defienda... —No —la interrumpió ella—. Me refería a la última frase. ¿Has dicho que Tom no viene a terapia? Nicole se quedó helada. —Eso ha sido un fallo por mi parte. No debería haber hablado sobre la relación de otro paciente con su terapeuta. —¿Cuándo dejó de venir a ver a Winston? —No puedo hablar de ello, lo siento. —Se removió incómoda en su silla—. Deberíamos hablar de cuál va a ser la mejor manera de enfrentarte al estrés provocado por la reunión de mañana.
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