—Faltan seis años para eso, profesora.
La mujer sonrió.
—Teniendo en cuenta las cosas que acabo de contarte, creo que deberías llamarme Katherine.
—Gracias, Katherine. —______ sonrió con timidez, consciente del honor que acababa de recibir.
—Puedes hacer que la gente olvide antes las murmuraciones siendo excelente en tu trabajo. Si les demuestras tu valía, no habrá rumor en el mundo capaz de contrarrestarlo. Probablemente siempre tengas que trabajar más que los demás para obtener el mismo resultado, pero no me parece que seas de las que se arrugan ante el trabajo duro. ¿Me equivoco?
—No.
—Bien. —Katherine se echó hacia atrás en el asiento—. Mi siguiente consejo será un poco más duro de oír.
______ se preparó para lo que viniera.
—Tienes que ser más firme a nivel académico. Comprendo que eres tímida por naturaleza y que prefieres huir de la confrontación. Pero no puedes presentarte ante el ruedo académico con esa actitud. Cuando plantees una teoría y alguien la ponga en duda, tienes que responder inmediatamente. No puedes tolerar las críticas malintencionadas, especialmente en público. ¿Me explico?
—Hasta ahora no he tenido problemas al defender mis teorías en los seminarios. La profesora Marinelli está satisfecha.
—Bien. Mi consejo es que mañana seas tú misma. Sé brillante. Sé excelente. Y no permitas que los lobos salvajes se den un festín contigo como si fueras un alce enfermo.
______ abrió mucho los ojos ante la extraña comparación, pero no dijo nada.
—Y tampoco puedes consentir que tu marido salga en tu defensa. Eso te hace parecer débil. Si quieres triunfar en el mundo académico, tienes que saber defenderte por ti misma y defender tus ideas. »A Tom no le va a gustar, ya lo sé. Pero tienes que hacerle entender que con su actitud protectora te hace parecer indefensa, y eso te perjudica. La caballerosidad no tiene lugar en el ámbito académico.
______ asintió, no muy convencida. Katherine se acabó la cerveza y le guiñó un ojo.
—Venga, vamos a ver si Tom ha logrado que esos viejos cabrones de la Oxford Dante Society se olviden de lo que han oído esta mañana. »Aunque, para la mayoría, los rumores harán que lo miren con otros ojos. De repente, tu esposo les parecerá más interesante de lo que se imaginaban.
Tom no perdió el tiempo que pasó lejos de ______. Fue con viejos amigos y nuevos conocidos a la taberna The King’s Arms y se los ganó a todos con su pico de oro. Una hora más tarde, media docena de especialistas en Dante estaban convencidos de que Christa Peterson era una ex alumna celosa y de que ______ y él eran víctimas de calumnias. Así que, cuando se reunió con ésta y la profesora Picton para cenar, estaba de mucho mejor humor. A medida que el vino iba fluyendo, Katherine se desinhibía y hablaba más y más, y Tom le daba conversación. Pero ______ estaba más callada de lo habitual y se notaba los ojos cansados. Apenas probó la cena y
no pidió postre. Los acontecimientos del día la habían agotado. Cuando se excusó para ir al baño, Katherine se volvió hacia Tom con preocupación.
—Necesita descansar. La pobre está exhausta.
—Sí —contestó él, pensativo, pero no dijo nada más.
Katherine señaló su vaso de agua con la barbilla.
—Veo que has dejado la bebida.
—Así es —admitió Tom con una sonrisa paciente.
—No es mala idea. Yo también me fuerzo a pasar períodos de abstinencia —dijo ella, secándose los labios con la servilleta—. ¿Aceptarías un consejo maternal de una mujer que no es tu madre?
—¿Sobre qué? —preguntó él secamente.
—A veces me preocupa tu manera de enfrentarte a tus detractores. Y ahora que estás casado, aún más.
Tom trató de protestar, pero ella lo interrumpió.
—Yo soy vieja y puedo hacer lo que quiera, pero tú no puedes actuar como el paladín de _______ en los actos académicos. Si sales en su defensa, la haces parecer débil.
Tom dobló la servilleta y la dejó sobre la mesa.
—El incidente de esta mañana con Christa Peterson ha sido un hecho aislado. Esa mujer trató de destrozar la carrera de ambos.
—Lo sé. Pero incluso así, tu actitud ha causado más mal que bien.
Al ver que Tom fruncía el cejo, Katherine cambió de estrategia.
—Hace tiempo que somos buenos amigos. Me gusta pensar que, si hubiera tenido un hijo, habría sido como tú, con tu inteligencia y tu talento.
La expresión de Tom se suavizó.
—Gracias, Katherine. Tu amistad es importante para mí.
—Le he dado unos cuantos consejos a _______. Estoy segura de que te contará nuestra conversación. Pero antes de que vuelva, quiero pedirte que pienses en lo que te he dicho. Es una joven muy brillante. Deja que su brillo resplandezca.
—No deseo otra cosa —confesó él, mirándose las manos. La luz se reflejó en su anillo de boda, capturando su atención.
—Bien. —Dando un golpecito en la mesa con un dedo, Katherine dio la conversación por zanjada
—. Espero que me invitéis a cenar en vuestra casa algún día cuando vaya a dar las conferencias a Harvard en enero. Greg Matthews siempre me lleva a alguno de esos abominables restaurantes de gastronomía molecular que te sirven entrantes deconstruidos cocinados con nitrógeno líquido. Nunca sé si estoy cenando o haciendo un examen de química orgánica.
Después de la cena, Tom insistió en acompañar a la profesora a su residencia en el All Souls College, donde se desearon buenas noches y quedaron para desayunar juntos a la mañana siguiente.
—A las ocho y media en punto —dijo Katherine, dando unos golpecitos con el dedo en su reloj de pulsera—. No lleguéis tarde.
—Ni se nos pasaría por la cabeza. —Tom se inclinó para despedirse.
—A ver si es verdad —replicó Katherine, desapareciendo tras la gran puerta de madera, que se cerró a su espalda.
Cuando se quedaron a solas, Tom le dio la mano a ______ y notó que tenía los dedos fríos. Al tratar de calentárselos, tocó el anillo de boda y el de compromiso.
—Sé que estás cansada, pero me gustaría enseñarte una cosa. Sólo será un momento.
Al volver la esquina, llegaron a la Cámara Radcliffe, un gran edificio circular que se había convertido en un icono de la universidad. El cielo estaba oscuro, sin rastro de luna, pero había luces que iluminaban la impresionante estructura. Tom le apretó la mano al acercarse.
—He pasado muchos ratos caminando alrededor de este edificio. Siempre lo he admirado.
—Es fantástico.
______ estudió detenidamente la arquitectura y el juego de equilibrios entre la piedra, la cúpula y las columnas. El cielo era del color de la tinta y la cúpula parecía refulgir en contraste con ese fondo. Tom le tomó la cara entre las manos.
—Quiero que hablemos sobre lo que ha pasado esta mañana. —Sintió que ella se tensaba. Mirándola a los ojos, le acarició las mejillas—. Siento haberte avergonzado.
—Sé lo mucho que te ha costado alejarte de ella. Pero lo has hecho y te lo agradezco. —Con los ojos brillantes, _____ añadió—: Sé que te gusta pelear.
Tomándole las manos, se las llevó al pecho.
—Me gusta pelear, pero no contigo. Christa es una acosadora. La lucha es el único idioma que entienden los matones.
_______ levantó la barbilla.
—A veces hay que dejar que se delaten con su propia bajeza. O, al menos, dejar que la víctima decida cómo quiere enfrentarse al problema.
—Eso puedo hacerlo. O, por lo menos, puedo intentarlo.
—Es todo lo que pido. —_______ lo besó en los labios—. Siento mucho que haya metido en esto a la profesora Dolor. No tenía ni idea de que se conocieran.
Tom cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, ella vio dolor en su mirada.
—Confesé mi pasado y trato de dejarlo atrás. ¿Es que me lo tienen que estar recordando constantemente?
—Lo siento. —_______ lo abrazó.
Permanecieron en silencio unos instantes. Tom le hundió la cara en el cuello, aferrándose a ella con fuerza.
—Caravaggio —dijo _____.
—¿Cómo?
—Me he acordado de lo que dijiste sobre su cuadro de santo Tomás y Jesús. Que las heridas se curan, pero las cicatrices nunca desaparecen del todo. No puedes borrar el pasado, pero no tienes por qué permitir que te domine.
—Lo sé, pero a nadie le gusta que vayan pregonando su vida s****l delante de sus colegas.
—Si alguien te juzga basándose en rumores es que no era tu amigo. —______ se echó hacia atrás para mirarlo a los ojos—. Los que te conocemos no hacemos caso de habladurías.
—Gracias. —Él le dio un beso en la frente antes de mirarla a los ojos—. La gente y las
circunstancias conspirarán para separarnos, ______. No podemos permitir que se salgan con la suya.
—No lo permitiremos.
—No pretendía ignorarte. Para mí eres lo más importante del mundo —susurró él.
—Lo mismo digo.
_______ acercó sus suaves labios a los de Tom y lo besó con delicadeza.
A poca distancia de allí, el profesor Giuseppe Pacciani gruñó al llegar al orgasmo y se desplomó sobre el cuerpo de su amante. El sexo con ella siempre era fantástico y esa vez no fue la excepción. Murmuró varias frases en italiano, como solía hacer. Pero en vez de agradecer sus palabras, ella le dio un empujón y se apartó rodando. Por desgracia, no era la primera vez que lo hacía.
—¿Cara?
Christa Peterson se tapó con la sábana.
—Necesitaré la habitación mañana por la noche. Búscate otro sitio donde dormir.
Giuseppe puso los pies en el suelo, maldiciendo.
—Ésta es mi habitación —le recordó, mientras iba al cuarto de baño a tirar el condón.
—No. Es mi habitación. Siempre me pagas el alojamiento. Y mañana por la noche no estaré sola.
Giuseppe volvió a la cama. Pronto ella volvió a estar bajo su peso, enmarcada por sus antebrazos.
—¿Tan pronto vas a meter a otro en tu cama? Las sábanas aún estarán calientes.
Christa lo fulminó con la mirada.
—No te atrevas a juzgarme. Tú estás casado. A quién me follo no es asunto tuyo.
Él agachó la cabeza y la besó con insistencia, hasta que ella abrió los labios.
—Qué boca tan sucia tienes, Cristina.
—No te quejes. Te gusta que sea así.
Él suspiró y le dedicó una sonrisa irónica.
—Certo.
Giuseppe se tumbó de espaldas en la cama, llevándola con él.
—Quiero levantarme —se resistió ella.
—No.
Christa luchó, pero él no la soltó. Finalmente se rindió y apoyó la frente en el pecho de su amante. Giuseppe le revolvió el pelo. Eso formaba parte de su acuerdo. Después de follar, ella tenía que dejar que la abrazara. Tal vez se lo había exigido para convencerse de que el afecto desempeñaba un papel en su relación. O porque no era un adúltero tan carente de principios como cabría imaginar. Cualquiera que fuera la razón, Christa siempre se resistía unos momentos, aunque en el fondo le gustaba que la abrazaran.
—Me sorprendió tu mensaje, Cristina. Se suponía que teníamos que vernos hace un año, pero no respondiste a mi correo electrónico.
—He estado muy ocupada.
Él se llevó un mechón de pelo n***o a la nariz para inhalar su aroma.
—Me preguntaba para qué me habrías pedido que te invitara. Ahora ya lo sé. Has venido a vengarte.
—Los dos sabemos lo que queremos.
Giuseppe dejó de acariciarle el pelo.
—Ten cuidado, Cristina. No es buena idea ganarse la enemistad de la profesora Picton.
—No me importa.
Él volvió a maldecir.
—¿Acaso no entiendes cómo funciona el sistema universitario? Los departamentos de todo el mundo están llenos de admiradores suyos. ¡La catedrática de tu facultad en Columbia fue alumna suya!
—No, no lo sabía —replicó ella, encogiéndose de hombros—. Demasiado tarde. Ya la he hecho enfadar.
Giuseppe le sujetó la barbilla bruscamente, obligándola a mirarlo.
—Soy responsable de ti mientras estés aquí. Así que olvídate de tus planes, sean los que sean. Estoy tratando de conseguir una cátedra en América. Lo último que necesito es que la profesora Picton me cree problemas.
Christa se lo quedó mirando unos instantes en silencio.
—Vale —aceptó finalmente, haciendo un mohín—, pero necesito la habitación mañana por la noche.
— Va bene. —Le soltó la barbilla y volvió a acariciarle la melena, larga y oscura—. ¿Cómo se llamaba?
—¿Quién?
—El hombre que te volvió así.
Christa se tensó bajo sus manos.
—No sé de qué me hablas.
—Lo sabes perfectamente, mio tesoro. ¿Fue tu padre? ¿Fue él quien...?
—No. —Christa lo miró furiosa—. Él es un buen hombre.
—Certo, cara, certo.
—Desde que te conozco, me hablas de tus amantes, pero nunca de pretendientes. Deberías estar ya casada y con hijos, pero prefieres follarte a viejos a cambio de regalos.
—No follo contigo por los regalos. Follo porque me gusta.
Él se echó a reír.
—Grazie. Pero igualmente, siempre tiene que haber regalos. ¿Por qué? —preguntó, besándola en la frente.
—Me gustan las cosas bonitas. No es ningún crimen. Y yo lo valgo.
—¿Sabes lo que creo, tesoro?
—¡Deja de llamarme así! —exclamó ella, apartándose.
Giuseppe la agarró con fuerza por la nuca, manteniéndola inmóvil.
—No estás segura de que lo merezcas. Por eso exiges regalos. ¿No te parece triste?
—No quiero tu compasión.
—No importa. La tienes igualmente.
—Entonces eres un idiota.
Él apretó la mano.
—Te tiras a curas y a viejos hombres casados porque tienes miedo. Tienes miedo de lo que podría pasar si te liaras con alguien que no estuviera comprometido.
Ella luchó por liberarse.
—¿Desde cuándo eres psiquiatra? No proyectes tu mierda en mí. Al menos yo no le pongo los cuernos a mi esposa.
—Attenzione, Cristina —dijo él en tono de advertencia—. Así pues, ¿a quién vas a tirarte mañana por la noche? ¿A un cura? ¿A otro profesor?
Ella se lo quedó mirando unos instantes antes de responder. Cuando lo hizo, le acarició el labio inferior.
—¿Quién te ha dicho que vaya a ser un hombre?
Giuseppe la miró con voracidad.
—En ese caso, espero que la compartas conmigo.