Campamento Pendleton, hospital de la base. Ocho meses y tres semanas después. - Vamos, Helena —la animaba el médico—, un empujón más. - No puedo —gemía ella, exhausta, apoyándose en los brazos de su marido—. Estoy muy cansada. - Puedes hacerlo, Helena —murmuró Dante, apartándole el pelo de la cara—. Tienes que hacerlo. - No, no puedo —insistió ella—. Me rindo. - No puedes rendirte, cariño. Nuestro bebe está a punto de nacer. Nadie sabía lo mejor que Helena. La siguiente contracción estaba empezando y ella la esperaba con agonía. Helena perdió aire y alargó la mano para acariciar la mejilla de Dante ... - Llévame a casa - dijo Helena con ojos cristalizados. Él besó la mano y la miró con ternura. - No puedo, mi amor. No hasta que termina. - Cambió de opinión cambió ella, mirando
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