— Hola —dijo Helena, acercándose—. ¿Necesita ayuda? — Pues sí —sonrió la mujer—. Se me ha pinchado una rueda. He llamado a mi marido, pero no puedo localizarlo —añadió, señalando su teléfono móvil. — Si tiene un gato y una rueda de repuesto, yo mismo puedo cambiarla. — Es un marine —explicó Helena—. Le encanta aparecer como a la caballería en las películas del Oeste. La mujer sonrió, agradecida. — Los marines somos mejores que la caballería —bromeó Dante—. Nosotros no necesitamos caballos. — La rueda está en el maletero —dijo la mujer, dándole las llaves del coche—. Muchísimas gracias. — De nada. La mujer, que se presentó como Silvia, sacó a los dos niños del coche y los cuatro se apartaron de la carretera mientras Dante se disponía a cambiar la rueda. — No

