Si las miradas mataran, ya me encontraría a tres metros bajo tierra. Desde que salieron de la oficina, Kalevi Kinnunen no me ha quitado sus fríos y calculadores ojos de encima. Es más, intuyo que está a casi nada de lanzarme a sus leones hambrientos de carne extranjera. No voy a mentir; tiene presencia y logra que todos inclinen la cabeza cada que divisa la bóveda, sin embargo, no cambia mi opinión con respecto a unir mi vida con la de Aatu. No señor. Quizás, a muchos les atemorice, pero, si algo aprendí de mamá durante nuestro entrenamiento es que a estos tipos solo se les detiene enfrentándolos, hablando con la verdad y no permitiendo que te dobleguen como si fueras un muñeco sin voluntad. Por otro lado, a pesar de no estar de acuerdo con la unión de esta noche, se ha parado a un costad

