Coquitlam, Vancouver
3pm
—Doble a la izquierda e incorpórese a Trans-Canada Hwy/BC-1 E—anuncia la voz de mi Gps.
—Si… Ya te escuché, aparatito—digo dándole un buen sorbo a mi smoothie de mango.
—¿Acaso me has dicho aparatito? —pregunta Carlos por el teléfono.
Doblo los ojos y sonrío. A veces mi mejor amigo es un completo despiste.
—No, tonto. Se lo decía al Gps—le respondo por el manos libres—. Según el mapa, ya casi estoy por llegar a mi nuevo hogar. ¡Ay! ¿Acaso no es genial?
—Amorim—dice con ese tonito de cansancio—, nos conocemos de toda la vida y hasta cierto punto comprendo tu encanto por la naturaleza, pero ¿esto? Vamos, que te vas a mudar a una cabaña en el bosque lejos de la civilización. ¿No te da miedo?
—No es una cabaña, Charlie. O bueno si, pero esta es especial—respondo bajando la ventanilla—. Es moderna, con tecnología de punta y lo mejor de todo… Es mía, solo mía.
—Ay, nana…—susurra llamándome por mi apodo.
—Me enorgullece decir que fue hecha con los mejores materiales reciclados—continuo sin quitar la vista del camino—. Contiene hormigón…
—Si, si… Hormigón hecho con cenizas de cáscara de arroz, papel aluminio doméstico y residuos de procesos de la obtención del hierro. Todo eso me lo dijiste como mil veces.
—Obvio—alzo una ceja y sonrío—. Además, lleva sus propios paneles solares y unos ventanales de ensueño que me dejarán disfrutar de las impresionantes vistas del bosque. Mi propio padre la ha diseñado como regalo para mi cumpleaños número veintiséis y no podría sentirme más orgullosa de su amor puesta en esa casa.
—Tu padre es un increíble arquitecto y tiene todo mi respeto. Sin embargo, piensa que estás dejando la ciudad para adentrarte cien por ciento en la naturaleza. Montañas, arboles, arroyos… No sé, Burke Mountain me suena a pueblito de crepúsculo; ya sabes, la de los vampiros y hombres lobos.
—Es increíble que tengas veintisiete años y creas en esas tonterías de Hollywood—digo burlándome—. ¿Vampiros? ¿Hombres lobos? Pfff, por favor.
—Quita lo fantástico… En esa clase de vecindarios se ven muchas cosas—musita con voz de presentador de televisión—. Desapariciones, misterios, leyendas y hasta ovnis.
—Estás armándote tu propia película en la cabeza, Carlitooos—canturreo desviándome de la carretera—. Burke mountain es una pequeña ciudad rodeada de montañas y naturaleza pura. Los únicos que la visitan con frecuencia para el ciclismo y senderismo son los turistas, es todo. No hay nada de qué preocuparse. Aparte, hablas como si me fuera a la China y estoy a menos de una hora del centro de Vancouver. Eres un exagerado.
—Llámame como quieras—responde bufando—. Después cuando se te aparezca el Edward Cullen por el bosque no me estés llamando para rescatarte.
—Ay si, porque seguramente vendrás corriendo hasta aquí, ¿no? —comienzo a reír—. Estás tan ocupado con tu vida como modelo de Guccilandia que ya ni recuerdo cómo solía ser tu rostro.
—Y luego el exagerado soy yo…
—Bueno, ya. Me tengo que ir—digo dando un largo suspiro—. Te llamo más tarde cuando me haya instalado en mi casita. Te quiero, Charlie.
—Y yo a ti, Nana—responde mandándome un beso—. Hasta luego.
Cuelgo la llamada y subo el volumen de la radio. Para estar en Septiembre, el clima se siente demasiado agradable. Tengo entendido que en el área de Coquitlam la temperatura es cálida, pero bastante fría en las noches debido a los gigantescos árboles y las montañas a su alrededor. Ay, pero ¿qué importa? Como buena amante de la naturaleza, me las arreglaré para adaptarme. Aparte, ¿quién no cambiaría el escándalo de la ciudad por la sombra de un árbol, el precioso canto de las aves o el suave y fresco aroma del pasto mojado? Si, adivinaron… Yo.
—En cien metros, gire a la izquierda con dirección a Strawline Hill St—habla de nuevo el Gps.
Sonrío mientras canto Sunday morning de los Maroon 5 y bajo la velocidad para entrar al pequeño centro de la ciudad. Burke Mountain es una comunidad bastante pequeña. Fue creada por allá del 2008 así que no tiene mucha historia que digamos. Es muy buscada por sus vistas y las aventuras que se pueden vivir en las montañas, pero fuera de eso, es una miniciudad bastante tranquila y amistosa.
—Veamos… Strawline Hill 1468—digo forzando a mi chocolatino a subir la calle empinada.
Oh, lo olvidaba. Mi pequeño chocolatino es la cosita que manejo ahora mismo. Es un Smart fortwo modelo 2018 de color menta/azul. Lo compré con todos los ahorros que pude juntar cuando trabajé como mesera en Forest Hill, la ciudad donde me críe. Buscaba un auto amplio, ¿saben? Y a pesar de eso, cuando lo vi estacionado en la agencia automotriz, supe que éramos el uno para el otro. Lo tengo desde hace un año y jamás me ha fallado; es un guerrero.
—1460…63…—susurro fijando mi vista en los números dorados de los buzones. Recuerdo que mi casa se encuentra rodeada de mas o menos unas cinco residencias. A diferencia de las demás, mi hermosa cabaña moderna colinda con el inicio del espeso bosque. ¿No es una maravilla? Tener una floresta solo para ti como jardín trasero y pasar todas las tardes acostada leyendo.
—Allá estás, hermosa—sonrío al verla al final de la calle cerrada.
Acelero un poquito y me detengo justo en el bonito caminito de piedras.
—Hemos llegado—digo apagando el motor. Salgo del coche con la emoción empujándome la espalda y estiro mis brazos lo más que puedo—. Este lugar me encanta—doy una bocanada de aire llenando mis pulmones del fresco aroma de los pinos. Cierro los ojos prestando atención al dulce canto de los pájaros a lo lejos y al suave sonido de las hojas moverse—. Chocolatino, estoy enamorada.
Camino dando pasitos a lo Michael Jackson y me detengo en la entrada de mi nuevo hogar. No puedo creer que estos setenta y ocho metros cuadrados sean solo para mí. Guuuaaaau… Mi talentoso padre no podía haber hecho una obra mejor. Oigan, no les he hablado de él, ¿verdad? Tssss, lo siento. Ok. Carlos Amorim, meu pai… Es decir, mi padre, es uno de los arquitectos portugueses más respetados de Vancouver. Con sus cincuenta años bien conservados y un aproximado de casi treinta años de experiencia que lo avalan, ha tenido muchas obras a su cargo en provincias como Toronto, Ontario y la Columbia Británica. Así que, poseyendo tantísimo conocimiento de tal índole, le comenté el proyecto que tenía en mente para mi futura casa, y por supuesto, el monto que había ahorrado para los cimientos. Él, por su parte, recuerdo que solo sonrió sentado desde su silla y me contestó:
—Guarda tu dinero y déjalo en mis manos, borboleta (mariposa). Tendrás la casa de tus sueños en menos de ocho meses. Confía en mí.
Confié, confié mucho en la palabra de papá porque sabía que, a pesar de mis gustos y ciertas locuras, entendía muy bien la clase de espíritu libre que tengo. Después de una pequeña espera de veinticinco días para el permiso por parte del gobierno, se inició la obra. ¿Y ahora? Tengo una lujosa cabañita de dos pisos, tres dormitorios con sus respectivos baños, sala amplia con chimenea, cocina integral y obvio, un divino jardín trasero con fogata y asador.
—Obrigado, papai (Gracias, papito) —digo acercándome al enchapado de madera y el muro cubierto de piedra que tanto imaginé en la cabeza.
Saco la llave de mi bolsillo y abro la puerta. ¿No les pasa como a mí que pienso que el aroma a nuevo es lo más exquisito que existe? ¿Verdad que sí? Me quito las sandalias y las dejo en el piso de madera. Si bien ya estuve como dos veces aquí, observarla ya ambientada con los muebles y mis pocas pertenencias, me emocionan muchísimo. Camino hasta el living pasando mi mano por el sillón de gamuza lisa en color marrón y sonrío al ver las almohadas peluditas de color beige que Charlie me regaló.
—A veces eres torpe, pero tienes unos gustos encantadores, querido Carlitos—digo caminando hasta los enormes ventanales.
Las paredes en color crema combinan de maravilla con los muros de madera. En sí, conserva la idea de cabaña, pero no deja que lo moderno absorba demasiado el entorno. Que decir de la cocina integral en colores marrones y la enorme mesada de granito en medio… Es todo lo que necesito para cocinarme las deliciosas recetas que el chef Louis Francois Marcotte alias ¨mi adonis de la cocina¨ comparte por el canal TVA todas las mañanas.
Podría describir cada rincón de este lugar, pero confórmense con saber que las tres habitaciones del segundo piso cuentan con su propio balcón, baño completo, camas matrimoniales y ¡oh! también su propio aire acondicionado y calefacción para los tiempos de invierno. Ahora, de lo que no están informados y estoy por revelarles es que, a un costadito de la escalera; entre el medio baño y la divina puerta corrediza del jardín, se encuentra el sitio de entretenimiento. Allí tengo mi karaoke, películas de colección y mi preciada mesa de billar. Es obvio, no puedo dejar la diversión de lado, necesitaba crearle un cuartito para pasarla a lo grande. ¿Con quién? No lo sé, pero ahí está para cuando la necesite.
Mientras camino por el pasillo rumbo al jardín decido llamar a mamá y avisarle que he llegado sana y salva.
—Hola, mamita—digo apenas descuelga su teléfono.
—¡Nanita linda! —expresa con emoción—. ¿Pudiste llegar bien a tu casita? ¿Qué te ha parecido la zona?
—Venga Ana, que por supuesto que sí—respondo imitando su acento español—. La casa me mola tanto… ¡Pero si estoy flipando de la emoción!
—Ay, Alaine Amorim. Te has vuelto una friki, hija mía—dice riéndose al otro lado de la linea—. Me alegra que hayas llegado bien y la casa te guste tanto.
Mi madre, Ana Rodríguez, es la madrileña-canadiense más maja y rubia que puedan imaginar. Al igual que papá, le ha dedicado muchos años a su profesión. Es cardióloga pediatra en el hospital general de Forest Hill y una de las más solicitadas también debido a su manera tan humana de ser y pensar. Son pocas las veces que descansa, pero siempre la verán con una sonrisa y llena de amor por los pequeñitos que la visitan.
—Si, mami. Solo debo admitir que te extraño. ¿Me visitarás cuando te desocupes en el hospital?
—Intentaré hacer todo lo posible para pasar unas pequeñas vacaciones en Burke Mountain apenas me desocupe con los pequeñines. Espera, acá está tu padre—dice tapando la bocina del teléfono—. Dice que te cuides mucho ¿vale?
—Lo haré, dile que lo quiero y estoy enamorada de la cabañita—sonrío saliendo al jardín.
—Vale, yo le informo—dice haciendo una pausa—. Nos tenemos que ir, hija. Hoy juegan los Vancouver Canucks y tu padre ha apartado uno de los palcos principales de la arena. Cuídate mucho, ¿está bien?
—No es posible lo que me hacen sabiendo que me encanta el hockey—digo haciendo un puchero—, pero vayan. Diviértanse por mí. Los amo.
—Y nosotros a ti, mi friki friki. Me da gusto escucharte bien. Venga, nos mensajeamos más tarde, besitos—cuelga y sonrío guardando mi celular.
Friki, ¿yo? ¡Jamás! Las almas libres somos así de alocadas; es simple de entender. Bueno, según mi reloj son las cuatro y cuarto de la tarde. Me queda un tiempito para disfrutar un rato del fresco aire del bosque y después, me iré un rato al centro de la ciudad para curiosear por los alrededores.
—Hogar, bello hogar, querida Elaine—susurro tumbándome en el pasto.