Colgué el teléfono y me quedé mirando la pantalla hasta que se oscureció. Mis manos no paraban de temblar. El plan de Luisa, esa locura desesperada de conseguir un donante, se sentía como una sentencia de muerte, pero el rastro de sangre que había dejado en el baño era una realidad mucho más aterradora. Estaba sola en esa suite inmensa, rodeada de lujos que no me pertenecían, esperando a que esos dos hombres regresaran de Panamá para reclamar un hijo que mi cuerpo estaba segura había rechazado. Me miré en el espejo del vestidor. No era la Xiena de Santa Rita la que me devolvía la mirada. Tenía los ojos hundidos por el llanto y la piel pálida, casi traslúcida. Pero debajo de esa fragilidad, algo se estaba rompiendo y reconstruyendo. Si mi destino era ser un envase, al menos me aseguraría d

