Se encontraba aferrado al cuerpo, estrechándola entre sus brazos y sollozando sobre su cuello, suplicándole al oído que despierte, exigiéndole que no lo abandone. Su corazón estaba totalmente destruido, fuerzas para sostenerse no tenía, sus rodillas se doblaron y se estrellaron en el suelo. Los fuertes sollozos partían el corazón de sus amigos y de todos los que le acompañaban, cada segundo se intensificaba más —¡Ana Paula, mi amor! —, le acariciaba el cabello mientras observaba aquel pálido rostro, sus ojos inundados de lágrimas no le permitían observarla bien. Las gruesas lágrimas caían sobre el rostro de Ana Paula una tras otra. Cada segundo que pasaba y ella no le respondía, la desesperación lo atormentaba, su corazón se apretaba y ardía como si estuviera desollado. —Señor, por l

