Dexter necesitó de varios días para convencer a Travis de aceptar a Clarice como su fisioterapeuta. Fueron muchas las discusiones que tuvieron, algunas acabaron cuando él lanzaba vasos o platos hacia las paredes para descargar su furia y detener las insistencias de su amigo.
Sentía miedo. Clarice con solo una mirada había revuelto en su interior sentimientos que creyó superados.
La noche en que se había reencontrado con ella ni siquiera logró dormir por culpa del anhelo, y cuando lo hacía se sumergía en excitantes fantasías sexuales que al despertar lo volvían más irritado y acrecentaban su dolor.
—Tengo que dejar de pensar en Clarice de esa manera —se repetía cuando estaba en soledad—. Soy un maldito inválido, nunca podré darle lo que se merece.
Se autocastigaba mentalmente recordándose a cada segundo sus limitaciones. Se considerable un tipo inservible, incompleto. Jamás se atrevería a condenar a una mujer tan dulce y alegre a soportar su pesada y oscura carga.
—Tengo que olvidarla. Debo aprender a neutralizar mis emociones hacia ella —reflexionó con enfado.
En esos tres años había podido superar la ansiedad por la falta de sus padres, de sus amigos y del deporte que amaba, pero nunca pudo olvidar el recuerdo de Clarice.
El brillo de sus ojos claros, siempre llenos de esperanzas, estaba fijo en su mente, así como la elegante curva de su sonrisa y el calor reconfortante de su contacto.
Por más que se esforzó, no pudo librarse de esos recuerdos a pesar de que su corazón se había convertido en un témpano de hielo. Mucho menos, luego de verla de nuevo y descubrir que seguía tan hermosa y radiante como en el pasado.
—Te miró con asco. Lo hizo —se dijo para empapar de odio las imágenes que danzaban en su cabeza.
Decidió que esa posibilidad sería su herramienta indicada para superarla. Iba a descubrir el asco en la mirada de Clarice, por eso aceptó que Dexter la llamara de nuevo y la invitara a su mansión para hablar sobre la fisioterapia.
***
Clarice pasó aquellos días en medio de una latente ansiedad. Aunque se había prometido no hacerlo, a diario le enviaba mensajes a Dexter para saber si Travis había aceptado su ayuda.
Solo recibía negativas.
Para matar el tiempo recorría la ciudad en busca de otras oportunidades de empleo, pero nada encontraba. Procuraba no desesperarse.
Los ahorros que su padre y ella aún conservaban los mantendrían por unos meses más y el hombre había logrado conseguir una oportunidad como vigilante para una institución privada pero solo los fines de semana. Aunque no era gran cosa, eso la ayudaba a mantener las esperanzas.
Cuando Dexter le envió un mensaje con una respuesta positiva de Travis, gritó por la alegría estando en plena calle. No le importó que la miraran con extrañeza y desaprobación.
La felicidad la había embargado de tal manera que enseguida tomó un taxi y se enrumbó a la mansión de los Wagner. Necesitaba verlo.
Al llegar, la recibió Dexter y la hizo pasar a la sala principal.
—Debe estar arreglándose aún, estuvo trabajando esta mañana en el proyecto de la empresa —dijo para justificar la tardanza de su amigo.
Travis los tenía esperando por casi una hora y ella comenzaba a impacientarse.
—¿Y si vas a su habitación para saber qué sucedió? Tal vez se distrajo de nuevo con el proyecto o se quedó dormido.
—Nooo —expuso el hombre con una sonrisa nerviosa—. Si entro en su habitación sería capaz de lanzarme un zapato o algo similar. Odia que lo molesten. Habrá que esperar.
Clarice apretó el ceño, confundida.
El Travis del que hablaba Dexter no era ni la sombra del que ella había conocido antes. El anterior era arrogante, orgulloso y vanidoso, pero nunca se comportó de forma déspota con nadie, ni siquiera, con sus empleados.
No podía creer que ahora él fuese capaz de actuar de manera despiadada.
Su corazón latió con energías cuando él por fin apareció en la sala. Se puso de pie y miró con ojos radiantes como Travis se acercaba.
Su rostro endurecido y su mirada implacable podían intimidar a cualquiera, pero en la mujer producían el efecto contrario. Estaba tan feliz por verlo de nuevo que su cara de malas pulgas no le preocupó.
—Hola —decidió saludar ella primero al ver que él no decía nada.
—¿Puedes sentarte, por favor? Así hablamos —pidió con frialdad.
Clarice enseguida lo hizo. Entendió que a Travis no le gustaba quedar en desventaja. Al tener a su oponente sentado lo ponía a su altura.
—Estoy desarrollando productos nuevos e innovadores para la empresa familiar y en unos meses debería presentarlo ante el Consejo directivo, pero antes debo conseguir inversores que aporten para su producción y atletas que quieran patrocinarlos. Para eso necesito reunirme con muchas personas y hacer infinidad visitas. Debo soportar largos viajes e incontables horas de trabajo, por eso busqué a un fisioterapeuta que me ayudara a ponerme a tono para esa rutina exigente.
Las facciones de Clarice se volvieron serias y atentas. Ahora era la fisioterapeuta profesional con años de experiencia y no la chica ilusionada por haberse reencontrado con el hombre que le robaba el sueño.
—Perfecto, necesitaré hacerte una evaluación integral para determinar el tipo de lesión vertebral que posees y el estado en el que se encuentra.
—¿Y cuánto tardará eso?
—Uno o dos días, dependiendo tu resistencia.
—No será agradable, tengo mucho tiempo sin intentar movilizarme y mi cuerpo presenta contracturas, escaras y llagas producto de la falta de movimiento —confesó, esperando que aquello la asqueara.
—Eso es normal en tu estado. He trabajo con casos críticos, estoy acostumbrada.
Él apretó el ceño, molesto.
—Necesito estar listo en semanas.
—Eso no lo decides tú, sino tu cuerpo.
—Mi cuerpo hace lo que yo le ordene —alegó con altanería, irritando a la mujer. Con eso parecía poner en tela de juicio su trabajo.
—Si es así, entonces, ¿por qué no te levantas ahora de esa silla?
La pregunta lo fastidió, pero no dijo nada, solo apretó la mandíbula. Dexter se inquietó al captar su estado, sabía que él de un momento a otro estallaría. Tenía poco aguante.
—Necesito conocer la condición actual de tu cuerpo —siguió Clarice ignorando la furia del hombre—: su nivel de movilidad y control motor, el estado de tu piel y músculos y si existe alguna deformidad que se deba corregir. Sin esa evaluación será difícil establecer objetivos y determinar el tipo de tratamiento que necesitas.
—¿Y quieres empezar ahora? —la retó con sonrisa perversa. Ella estuvo pensativa un instante.
—No traje mis cuadernos para el registro, pero podría evaluar tu grado de movilidad en las piernas con unos simples ejercicios.
—Bien, hazlo —dijo nervioso.
Por algún motivo sintió temor de la evaluación que ella le haría, no quería que Clarice descubriera que era un pedazo de carne inservible.
La mujer se puso de pie y se acercó a él, su cercanía aumentó su inquietud. Se arrodilló frente al hombre haciendo que su corazón latiera con rabia. La noche anterior Travis la había soñado en esa posición, agobiándolo con las caricias de sus manos y de su boca.
Ella comenzó a palpar sus piernas desde los muslos hasta los tobillos, las movía para saber qué tan rígidas podían estar. A pesar de que la imagen lo aceleraba por completo, no fue capaz de sentir nada.
Le resultó imposible captar las caricias de ella, volver a sentir el calor reconfortante de su contacto. Eso lo llenó de tanta frustración que pronto se sintió saturado.
—Detente —pidió casi en un susurro, vencido por la mezcla de excitación y rabia que se producía en su pecho, pero ella no lo escuchó—. ¡DETENTE! —gritó tan fuerte que la mujer se sobresaltó y cayó sentada en el suelo al echarse para atrás.
Dexter corrió para levantarla y apartarla de Travis. Tenía miedo de que a él se le ocurriera lanzarle algo, como solía hacer con él.
Pero el hombre no reaccionó de esa manera, solo compartió una mirada sulfurada con Clarice antes de retroceder con su silla y regresar a su habitación, lo más rápido que pudo.