Clarice despertó al día siguiente en medio de una habitación en penumbras. Sentía una presión tan grande en la cabeza y en el estómago que creía que de un momento estallaría. Intentó ponerse de pie, confundida, pero el mareo le hacía actuar con torpeza. —No te levantes tan deprisa. Aquella voz la paralizó. —¿Travis? La oscuridad solo le mostraba sombras. Oyó el movimiento de una silla de ruedas que se acercaba. —Solo siéntate, no te levantes. —¿Dónde estoy? —preguntó ella mientras lo obedecía. —En mi casa. En mi habitación —eso último lo dijo como si algo le pesara. —¡¿En tu habitación?! —exclamó alarmada—. ¡No puede…! No pudo culminar la frase porque las náuseas la obligaron a cerrar la boca y tapársela con una mano. Travis intuyó su necesidad. —El baño está allí. Ella corri

