Cuando Clarice asistió el lunes al trabajo, en un descanso luego del almuerzo interceptó al doctor Spencer en su oficina para hablar con él. —¿Cómo está? ¿Quería hacerle una consulta si es posible? —pidió al hombre. —Por supuesto, señorita González, ¿qué necesita? Ella enseguida se sentó en la silla frente al escritorio. —En realidad, no es un favor para mí, sino para Travis Wagner. Spencer arqueó las cejas con interés. —Lo que sea que el señor Wagner necesite se lo facilitaremos —expuso sonriente. —El problema es que resulta importante que esto sea confidencial, así como fue confidencial el aporte que él otorgó al hospital hace poco. —Por supuesto, comprendo su situación con la prensa. En aquella oportunidad le dije que podía contar con nuestra discreción siempre y así seguirá sie

