Luego de un buen rato en la pista de baile, Clarice comenzaba a sentirse mareada. El retumbe de los ritmos musicales le golpeaba la cabeza y el estómago como si fuese un martillo. —¡Debo irme! —gritó, pero Tony no la escuchó. La abrazó aún más, estrujando el cuerpo de la mujer contra él para así sentirla completa y hundió su rostro en su cuello. Con los ojos cerrados aspiró su aroma. Amaba la fragancia de la piel de ella, una que le habían arrebatado en una oportunidad, pero que ya no se dejaría quitar. —¡NECESITO IRME! —gritó de nuevo Clarice en su oído, aturdiéndolo. Él se molestó por lo que ella había hecho y la miró con odio, pero entonces se fijó que parecía a punto de vomitar. —Maldición —se quejó y la sacó de allí lo más rápido que pudo. La llevó al baño y custodió la ent

