27 El bombero se llamaba Lorenzo. Tenía la cara sonriente de un niño crecido. Era alto, musculoso y con dos ojos claros que iluminaban su cara de facciones regulares. En la notita que Iac tenía entre las manos, estaba escrito «Lorenzo» junto a un número de teléfono. Se lo había dado antes de entregar el muchacho a su madre y fingir creer lo que los dos amigos le habían contado. Dijo a Iac que esperaría una llamada suya para poder volver a entregarle el perro. Él asintió y se dirigió, triste, a su casa, donde tendría –no le cabía duda– que pasar al menos aquella noche. En cambio, a Lira no lo esperaba arpía alguna. Era casi la hora de la cena y las dos mujeres estaban seguras de que lo verían volver. Contra toda costumbre, el muchacho casi tenía ganas de verlas, pero, una vez en casa, pro

