Con una mano cubrí mi rostro, las lágrimas salieron, con la otra aferraba a mi chiquita a mi lado. Dilia cargó a la niña, la metió en el coche, yo no paraba de llorar y llorar, todo el día de hoy fue recibir latigazos, Yina me dio un vaso con agua. —Gracias. —necesitaba salir—. Debo hacer otras diligencias. —Pero debe almorzar primero. —intervino Dilia. —Mañana hago el mercado. —miré a Yina. —Tranquila. Las palabras de uno de los cientos de sermones oficializados por el padre Castro llegó a mi mente, cada vez los recordaba más: «Queridos feligreses, puede que en este barrio eso no suceda, pero de llegar a pasar, ustedes comprenderán. El día que caigan en cualquier ámbito de sus vidas, solo te levantarán las personas que menos esperas y esos son los ángeles terrenales que fueron otorg

