Mis manos las tenía por debajo de la mesa y me aferraban a mi pantalón, lo estaba arrugando. Los nervios iban a complicarme la vida. «Cálmate, contrólate, tienes un bebé en tu vientre». —Por fin dejaré de hacer el ridículo. Fueron las palabras de José Eduardo, miré a Socorro del Carmen, su mirada me transmitió resignación. Jamás olvidaré este apoyo de su parte, y sobre todo porque desde hace un tiempo lo supo y no me juzgó, tampoco cambió su trato para conmigo, no me dio la espalda nunca. » Todo fue liquidado con lo que, por desgracia, le corresponde a ella. —El corazón se me arrugó aún más «aguanta»—. ¿Beatriz? —miró a su abogada—. ¿En dónde debo firmar? Le indicaron. Por unos minutos nos volvimos a mirar, se había quitado las gafas, había tanto dolor y rabia en esos bellos ojos negr

