Capítulo 20. Había invocado a mi madre un día antes de mi cumpleaños. Tenía la obligación de visitarme por cumplir un año más en la tierra y aproveche su presencia cuando la tuve en mi habitación. Así que solicite su visita antes. La belleza de Afrodita era tan incandescente como frustrante, ya que cada movimiento de mano que hacía al hablar, le da un toque exagerado pero que combinaba con su personalidad. Tenía la costumbre de aparecer con prendas blancas. Aquella tarde apareció ante mi con un vestido largo que le cubría los pies y con un escote prenunciado. Una evilla de oro rodeaba su cintura y su cabello rubio y ondulado le llegaba a las caderas. Vino hacia mí y me abrazó. Había cerrado la puerta con llave por si Adam la abría de golpe. —Nunca me llamas antes para que te salude

