La dote de Celeste Rosenthal no cabía en cofres. Cabía en mapas. Era el tipo de riqueza que no se cuenta en monedas, sino en territorios, rutas comerciales, favores sellados y nombres que inclinan la cabeza cuando los pronuncias. Los tesoreros de la Manada Rosa Negra tardaron horas en reunirlo todo. No porque no lo tuvieran, sino porque era demasiado: pergaminos con sellos antiguos, escrituras, derechos sobre tierras fértiles, minas que llevaban décadas produciendo, casas de comercio protegidas por pactos, caravanas bajo su nombre, joyas ceremoniales que solo se usan en coronaciones, armas de linaje cuyo valor era más simbólico que material… y aun así, cada pieza equivalía a una fortuna. Cuando el último documento fue sellado, uno de los ancianos del Consejo murmuró algo que nadie quis

