El último día de penitencia amaneció sin anuncio. No hubo llamado formal, ni palabras ceremoniales. Simplemente, al salir el sol, cada Rosenthal supo que el tiempo de quietud había terminado. El silencio había hecho su trabajo. Ahora tocaba volver al ruido del mundo. La casa que se queda Aurora no preparó equipaje. Malva tampoco. Las concubinas siguieron con sus tareas habituales, organizando la casa ancestral, revisando provisiones, coordinando a los trabajadores que dependían de la residencia. La casa Rosenthal no se vaciaba. Se convertía, otra vez, en centro de sostén. Aurora permanecería allí, como siempre. Guardiana de los registros, de las cuentas, de las rutas de ayuda que cruzaban estaciones difíciles. Malva también se quedaba. No por obligación, sino porque su lugar es

