Capítulo 16 — La Gestión de una Flor

1999 Words
El invierno se retiró sin ceremonia. No hubo aviso. No hubo explicación. No hubo despedida. Simplemente, una mañana, el aire dejó de morder. Las fuentes volvieron a correr con un murmullo tímido. Los techos dejaron de crujir bajo el peso del hielo. Las ventanas se abrieron sin el sonido seco de la escarcha rompiéndose. La manada respiró. Pero no celebró. Porque todos sabían que aquello no había sido clima. Había sido voluntad. Celeste los había congelado. Celeste había decidido cuándo el frío terminaba. Y ahora Celeste no estaba. Ahora la Luna era Violeta. Y Violeta sentía esa verdad en cada paso que daba por los corredores del palacio. No se lo decían. No la desafiaban. No la cuestionaban. Pero la manada la miraba como se mira una primavera después de haber sobrevivido a un invierno feroz: hermosa… pero no confiable para sostener. Gobernar con lo único que sabía: belleza Violeta empezó su gestión como sabía hacerlo. Con luz. Con flores. Con suavidad. Mandó limpiar los corredores. Hizo que las paredes agrietadas fueran cubiertas por enredaderas verdes. Llenó las ventanas de macetas con flores que brotaban de sus manos con un simple gesto. Cambió manteles, cortinas, cojines. —La manada necesita recordar que la vida es buena —decía con su sonrisa impecable—. Necesita sentir esperanza. Y era verdad. Los niños reían cuando ella pasaba y dejaba caer pétalos sobre sus cabezas. Las mujeres la miraban con cariño. Los ancianos asentían con respeto suave. Pero en las reuniones… los líderes de caza no sonreían. Los encargados de los depósitos no sonreían. Los hombres que habían contado raciones durante el invierno… no sonreían. Porque las flores no se hervían. Las flores no calentaban sopa. Las flores no tapaban grietas en el estómago. Y Violeta lo sabía. Solo que no sabía qué hacer con ese conocimiento. 🧾 El idioma que nunca aprendió El primer informe serio llegó doblado con urgencia. El tesorero lo entregó con manos tensas. Depósito Sur Pérdida de grano por humedad: 18% Aceite restante: 42% de la reserva habitual Hierbas medicinales: insuficientes para fiebres tardías Compra urgente recomendada antes del alza de precios Violeta sostuvo el pergamino y sintió una presión incómoda en el pecho. No porque no entendiera las palabras. Sino porque entendía demasiado bien lo que implicaban. Escasez. Planificación. Dinero. El idioma de Celeste. El idioma que siempre le pareció aburrido, pesado, innecesario para alguien como ella. —Usa mi dote —ordenó con voz firme. El tesorero bajó la cabeza. —Mi Luna… su dote no cubre todo eso. Silencio. Un silencio denso. Violeta tragó saliva. —Lo sé. Era la primera vez que lo decía sin enojo. Y dolía. Porque Celeste había traído riqueza comparable a la de un país. Violeta había traído gracia. Encanto. Y una dote mucho menor. Por primera vez entendió que la diferencia no era solo emocional. Era estructural. Dos niñas criadas para cosas distintas Esa noche, Violeta abrió el baúl antiguo que había pertenecido a Celeste. No por curiosidad. Por desesperación. Dentro estaban los cuadernos. Páginas llenas de listas, mapas de rutas, estimaciones de invierno, cuentas de taeles. Y los recuerdos llegaron, lentos y crueles. Ella recordaba las fiestas. Los vestidos. Las risas de nobles. Las lecciones de Malva: —Nunca dejes que vean tu inseguridad. Una mujer deseada nunca está sola. Mientras tanto… En otra ala del palacio… Celeste estaba sentada recta, aprendiendo cuentas. La Señora Principal decía: —Una Luna debe saber cuánto cuesta el pan antes de repartirlo. Violeta se asomaba a veces. Celeste levantaba la vista. —¿Quieres quedarte? Violeta reía. —Eso es aburrido. Celeste asentía. Nunca se enojaba. Nunca insistía. Solo volvía a estudiar. Ahora Violeta miraba esas páginas con la garganta apretada. Celeste no la excluyó. Violeta eligió no aprender. Porque brillar era más fácil que sostener. El ábaco que no obedecía Violeta tomó el pequeño ábaco de viaje. Sus dedos eran elegantes. Perfectos para sostener copas, flores, manos. Torpes para eso. Intentó recordar: “Bocas por semanas… mantas por hogar…” Movió una cuenta. Luego otra. Se perdió. Volvió a empezar. Se equivocó otra vez. Sintió calor subirle por el cuello. Vergüenza. Frustración. Rabia. Celeste movía cuentas como quien respira. Para Violeta eran piedras. —¿Cómo lo hacías? —susurró. El silencio respondió: Porque fue entrenada para no temerle al error. La rabieta que no era infantil Las flores comenzaron a brotar sin que ella lo quisiera. Rosas trepando por las paredes. Lirios emergiendo del suelo. Perfume llenando la habitación. Belleza naciendo del caos. Exactamente como su vida. —¡BASTA! —gritó. Empujó el escritorio. Los papeles volaron. El ábaco cayó y se desarmó. Las cuentas rodaron por el suelo como si escaparan de ella. —¡NO PEDÍ ESTO! —gritó al vacío. —¡NO PEDÍ SER LA LUNA EQUIVOCADA! Una enredadera rompió una silla. —¡NO PEDÍ QUE ME COMPARARAN CON ELLA! Y entonces salió la verdad más cruda: —¡YO SOLO QUERÍA SER AMADA! El eco murió. Las flores seguían abiertas. Hermosas. Inútiles. 👑 Regina entra La puerta se abrió. Regina estaba allí. No sorprendida. No enfadada. Solo observando. —Terminaste —dijo. Violeta lloraba sin dignidad. —No puedo hacerlo. Regina se acercó, pisando pétalos. —Claro que no puedes. Violeta la miró, herida. —Nunca te enseñaron. Regina recogió una cuenta del suelo. La puso sobre la mesa. —Empiezas aquí. —¿Y si fallo? —Fallarás. Silencio. —A Celeste la entrenaron para levantarse sin llorar. —A ti te entrenaron para sonreír mientras te caías. Violeta se rompió otra vez. —No soy como ella… —No —dijo Regina—. Pero puedes dejar de ser lo que fuiste. Dejó la cuenta sobre la mesa. —Recoge el ábaco. —Las Lunas no tiran herramientas. Las usan. El inicio real Violeta cayó de rodillas. Recogió una cuenta. Luego otra. Sus lágrimas caían. Pero no estaba actuando. Estaba empezando. Sin flores. Sin sonrisa. Solo con esfuerzo. Regina, antes de salir, dijo: —Deja de intentar ser querida. Empieza a ser necesaria. Y se fue. Violeta se quedó sola. Con un ábaco roto. Y la decisión silenciosa de aprender, aunque doliera. Aquí Violeta dejó de ser solo una flor. Aún no era estructura. Pero por primera vez estaba dispuesta a convertirse en algo que pudiera sostener a otros. Violeta no durmió. Se quedó sentada en el suelo mucho después de que Regina se fuera, con el ábaco reconstruido sobre el escritorio torcido y los pétalos marchitándose lentamente a su alrededor. Las flores que había creado por rabia ya no olían dulces. Olían a humedad. A algo que debía haberse arrancado antes de crecer. La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo. Era el silencio que viene después de un grito. El silencio que deja ver el desastre. Violeta miró el ábaco como si fuera un enemigo pequeño y cruel. —Empiezas aquí —repitió en voz baja, recordando a Regina. No sonaba como consuelo. Sonaba como sentencia. La madrugada que no pidió Cuando el cielo apenas aclaraba, Violeta seguía despierta. Las velas se habían consumido. Sus ojos ardían. Pero por primera vez en su vida no quería escapar de algo que no entendía. Quería mirarlo hasta que doliera menos. Abrió uno de los cuadernos de Celeste. Las páginas estaban llenas de anotaciones precisas. Fechas. Cantidades. Estimaciones de invierno pasados. Notas al margen: “La harina sube si se compra tarde.” “Nunca confiar solo en una ruta.” “El pobre paga el error del rico.” Violeta pasó el dedo sobre la tinta. Celeste no escribía para impresionar. Escribía para que alguien sobreviviera. Y Violeta sintió, con una mezcla de admiración y vergüenza, que nunca había entendido eso. Para ella, ser Luna era ser amada. Para Celeste, ser Luna era ser responsable. Primer intento real Con manos temblorosas, Violeta tomó el ábaco. Respiró. —Bocas… semanas… mantas… Movió una cuenta. Luego otra. Se equivocó. Cerró los ojos. Intentó otra vez. No entendía todo. Pero esta vez no empujó la mesa. No gritó. No dejó que su don llenara la habitación de flores para distraerla del fracaso. Se quedó. Eso era nuevo. Eso era difícil. Eso era… el principio. El primer paso fuera del despacho Al amanecer, Violeta no llamó a sirvientas para que limpiaran el desastre. Lo hizo ella. Recogió pétalos secos. Ordenó papeles. Enderezó el escritorio. No por humildad teatral. Sino porque algo dentro de ella había cambiado de eje. Se lavó el rostro con agua fría. No se maquilló. No colocó flores en su cabello. Cuando salió al corredor, los guardias se miraron sorprendidos. La Luna siempre salía perfecta. Hoy salía… humana. —Quiero ver los depósitos —dijo. El capitán de guardia parpadeó. —¿Ahora, mi Luna? —Ahora. Donde la primavera no sirve El depósito sur olía a grano húmedo y madera vieja. Violeta entró y sintió algo nuevo: incomodidad real. No estética. Funcional. Había sacos apilados de forma desigual. Algunos abiertos. Otros mal cerrados. Un administrador humano se inclinó. —Mi Luna… Violeta miró alrededor. —Muéstrame lo que se perdió. El hombre dudó, pero obedeció. Le enseñó el grano dañado. La humedad. El moho. Violeta no apartó la mirada. No dijo “qué desagradable”. No se cubrió la nariz. Solo preguntó: —¿Cuánto? El hombre se quedó quieto un segundo. Como si nadie le hubiera hecho esa pregunta antes. —Un quinto de lo que guardábamos aquí. Violeta apretó los labios. Eso era grande. Eso era serio. —¿Por qué pasó? —No hubo turnos de revisión regulares durante el invierno… la gente estaba ocupada sobreviviendo. Violeta sintió esa frase como un golpe. Celeste habría previsto eso. Celeste habría dejado turnos escritos antes de que cayera la primera nieve. Violeta asintió. —A partir de hoy, habrá revisión cada tres días. El hombre parpadeó. —¿Cada tres días? —Sí. —Necesitaré más manos. Violeta dudó un segundo. Luego recordó el cuaderno. “No confiar en que la gente adivine.” —Te las daré —dijo. No sabía exactamente de dónde. Pero no apartó la mirada. El primer choque Al salir del depósito, un líder de patrulla la esperaba. Joven. Directo. Demasiado honesto para la comodidad de la corte. —Mi Luna, con respeto… ¿esto será permanente o es solo por hoy? Violeta lo miró. No con dulzura. No con encanto. —¿Qué quieres decir? —Que hemos tenido órdenes antes que duran una semana y luego se olvidan. La frase era peligrosa. Pero también era verdad. Violeta sintió que la vieja ella habría sonreído y dicho algo agradable. La nueva ella respiró. —No se olvidará. El hombre sostuvo su mirada. —La manada necesita constancia, no gestos. Eso dolió. Pero no la rompió. Violeta asintió lentamente. —Entonces ayúdame a no fallar. El hombre parpadeó. No esperaba eso. —Mi Luna… —No sé hacerlo sola —dijo ella, con honestidad incómoda—. Pero lo aprenderé. El silencio entre ellos cambió. No era adoración. No era miedo. Era… posibilidad. Stefan observa Desde una ventana alta, Stefan había visto parte de la escena. Violeta, sin flores. Violeta, sin sonrisa ensayada. Violeta, hablando con un líder como si necesitara escuchar. No sabía qué sentir. No era amor. No era admiración. Era algo más extraño. Respeto naciente. Y eso lo incomodó. Porque era más fácil pensar en Violeta como error. Más difícil verla como alguien que podía cambiar. Sin flores, con peso Esa tarde, Violeta regresó a su despacho con barro en el dobladillo del vestido. No lo cambió de inmediato. Se sentó. Abrió el cuaderno. Y escribió su primera nota propia: “Depósito sur: revisión cada tres días. Necesita manos extra. Grano húmedo = error de organización.” La letra no era tan perfecta como la de Celeste. Pero era firme. Y por primera vez, Violeta no escribió para que la admiraran. Escribió para no olvidar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD