El sonido del ábaco era el sonido del orden.
No del orden que imponen los ejércitos, ni del orden artificial de las coronas. Era un orden más profundo: el que sostiene los inviernos, la comida, el tejido de la vida cuando los hombres se distraen jugando a ser grandes.
En el Reino Carmesí, Cassian Dravenhart había aprendido que todo poder se sostiene por una sola cosa:
miedo.
Y, sin embargo, allí, en el Templo de la Santa Elemental, estaba descubriendo otro tipo de dominio.
Uno que no gritaba.
Uno que no sangraba.
Uno que se deslizaba con cuentas de madera.
Tac. Tac. Tac.
Cassian se quedó observando más tiempo del que habría admitido frente a su corte. Su mente no descansaba: analizaba, desarmaba, comparaba. Había visto estrategias militares más simples que el modo en que Aurora y Celeste trazaban rutas de sal y harina.
Aquello era guerra, sí…
pero una guerra silenciosa:
una guerra contra la escasez.
Aurora movía el ábaco sin prisa. Su cabello recogido no dejaba espacio a lo inútil. Sus ojos grises, casi como si fueran ciegos, no se movían demasiado… como si el mundo no mereciera su mirada completa. En su mano izquierda las cuentas de rezo giraban, una por una, como un metrónomo.
Celeste, a su lado, trabajaba con precisión glacial. Sin emoción. Sin adorno. Como si el hielo hubiera aprendido a contar.
Cassian lo vio entonces: no era casualidad que Celeste fuera así.
Era herencia.
Era crianza.
Aurora había tallado esa mente como quien talla una espada.
Cassian bajó del corredor y se detuvo al borde del patio interno, sin interrumpir.
Pero Celeste lo sintió igual.
—Sigues mirando —dijo sin levantar del todo la vista.
Cassian respondió como rey:
—Sí.
Celeste deslizó una cuenta.
—Los reyes no miran cosas pequeñas.
Cassian sostuvo la frase como si fuera un reto.
—Los reyes inteligentes sí.
Aurora no levantó la cabeza.
Solo movió una cuenta de rezo, lenta, como si esa frase quedara registrada.
Cassian dio un paso más.
—Enséñame.
Celeste parpadeó, apenas.
—¿Qué?
Cassian señaló la mesa.
—Eso.
Aurora levantó por fin los ojos grises.
Sus pupilas parecían opacas, como cielo de ceniza.
Esa mirada no era rechazo.
Era evaluación.
Aurora preguntó con voz quieta:
—¿Para qué?
Cassian respondió sin poesía:
—Para controlar.
Aurora inclinó ligeramente la cabeza.
—Al menos eres honesto.
Cassian no se inmutó.
Aurora deslizó una cuenta de rezo.
Una cuenta.
Y añadió, sin dulzura:
—Pero si tu propósito es controlar a otros…
—no sirve.
Cassian frunció el ceño.
—Entonces dime para qué sirve.
Aurora lo miró con calma severa.
—Para sostener.
Silencio.
Cassian quedó quieto.
Celeste, con ojos arcoíris, habló como sentencia:
—Si quieres aprender el método Morgan, Cassian…
Pausa.
—aprende como aprende un mortal.
Cassian soltó una risa baja.
—Eso suena insultante.
Celeste respondió sin emoción:
—Es una advertencia.
Aurora no dijo nada.
Pero el modo en que sus cuentas de rezo se deslizaron sonó como aprobación.
Primera lección: el ábaco no es juguete
Celeste apartó su propio ábaco y empujó otro hacia Cassian.
Cassian lo observó como si fuera un arma.
En su mundo, todo lo útil era arma.
Celeste dijo:
—Siéntate.
Cassian se sentó.
Los sacerdotes miraron de lejos sin intervenir. El templo no prohibía que un rey aprendiera. Solo le exigía respeto.
Celeste señaló.
—Tócalo.
Cassian apoyó los dedos.
Las cuentas eran frías, pesadas, sólidas. Madera antigua, pulida por generaciones.
Celeste explicó, seca:
—Esto no es decoración.
Cassian respondió:
—Lo sé.
Celeste lo miró.
—No. No lo sabes todavía.
Aurora deslizó una cuenta de rezo.
Cassian sostuvo el silencio.
Celeste continuó:
—Primera regla del método Morgan…
Levantó un dedo.
—Nada se calcula para hoy. Todo se calcula para cuando falte.
Cassian se quedó inmóvil.
Esa frase no era solo economía.
Era doctrina.
Aurora murmuró, sin mirar:
—El hambre llega siempre.
Celeste añadió:
—Y cuando llega…
—no negocia.
Cassian lo comprendió.
Pero no lo admitió.
Celeste tomó un pergamino.
—Aquí hay tres listas: harina, sal, aceite.
Cassian frunció el ceño.
—Demasiado simple.
Celeste respondió:
—Lo simple sostiene el mundo.
Cassian la miró.
Celeste no se movió.
Aurora deslizó otra cuenta.
Como si estuviera contando la soberbia de Cassian.
Cassian intenta dominar… y falla
Celeste planteó el primer problema sin compasión:
—Doscientas familias.
—Cuatro bocas por casa.
—Tres meses de frío.
—Un tael por semana por boca.
Cassian lo miró.
—Eso es demasiado.
Celeste dijo:
—Eso es vida real.
Cassian tomó el ábaco.
Movió cuentas rápido.
Demasiado rápido.
Su mente quería dominar el método como dominaba una guerra: con velocidad, con presión, con imposición.
Pero el ábaco no obedecía imposición.
Obedecía exactitud.
Cassian llegó a un número.
Celeste lo miró un segundo.
—Mal.
Cassian levantó la mirada, molesto.
—¿Por qué?
Celeste señaló una cuenta.
—Saltaste una unidad.
Cassian apretó los dientes.
—Otra vez.
Celeste asintió.
Aurora no dijo nada. Solo deslizó sus cuentas de rezo.
Una cuenta. Otra cuenta.
Cassian volvió a intentarlo.
Se equivocó de nuevo.
Celeste lo detuvo sin piedad.
—Estás pensando como rey.
Cassian la miró.
Celeste dijo:
—Piensa como proveedor.
Cassian soltó una risa amarga.
—Yo no proveo. Yo conquisto.
Celeste lo miró con una frialdad perfecta.
—Entonces tus niños se mueren cuando el invierno corta rutas.
El aire se tensó.
Cassian se quedó quieto.
Aurora alzó la vista, leve.
Y dijo, sin emoción:
—Ella tiene razón.
Cassian sostuvo la mirada gris de Aurora.
Por primera vez en siglos…
el rey vampiro sintió que alguien no le temía.
👑 Aurora supervisa: juicio silencioso
Aurora se levantó con calma.
Sin apuro.
Sin dramatismo.
Las cuentas de rezo giraban en su mano.
Caminó detrás de Cassian y miró el ábaco desde arriba, como si observara un mapa de guerra.
Cassian no se movió.
Aurora dijo:
—Tu problema es tu orgullo.
Cassian apretó la mandíbula.
Aurora siguió, sin crueldad, solo verdad:
—Quieres aprender en una hora lo que Morgan enseña en una vida.
Cassian no respondió.
Aurora añadió:
—Aprenderás.
Pausa.
—O seguirás siendo un rey que solo sabe mandar.
Cassian tragó saliva.
Celeste observó a su madre con algo casi imperceptible: respeto.
Aurora era más temida que el hielo.
Porque Aurora cortaba sin usar magia.
Segunda lección: el método Morgan no se “hace”, se vive
Celeste giró el pergamino.
—Ahora, calcula mantas.
Cassian miró.
Celeste explicó:
—Si el valle bajo tiene mil cuatrocientas bocas…
—¿cuántas mantas mínimas necesitas?
Cassian movió cuentas.
Esta vez lento.
Más humano.
Celeste lo observó.
Aurora también.
Cassian sacó un número.
Celeste lo miró.
—Mejor.
Cassian alzó la mirada, esperando aprobación.
Celeste no sonrió.
Solo dijo:
—Otra vez.
Cassian soltó una risa baja.
—Eres cruel.
Celeste respondió:
—No.
Pausa.
—Soy exacta.
Aurora murmuró:
—La exactitud salva.
Cassian miró a Aurora.
—¿Por qué ustedes hacen esto?
Aurora respondió sin titubeo:
—Porque la Santa nos dio linaje…
Pausa.
—y Morgan nos dio método.
Celeste añadió:
—Y porque ninguna dote vale si el pueblo muere.
Cassian quedó en silencio.
Esa frase era insoportable para su corte.
Y por eso era revolucionaria.
❄️ Celeste toca algo íntimo: “mi madre me enseñó a contar antes de llorar”
Cassian siguió moviendo cuentas.
Y en un momento, sin mirar, dijo:
—Tu forma de pensar no es de noble.
Celeste respondió, tranquila:
—Mi madre me enseñó a contar antes de llorar.
Cassian se quedó inmóvil un segundo.
Aurora no dijo nada.
Pero el modo en que sus ojos grises se suavizaron por una fracción fue todo.
Celeste añadió, como si no importara, pero importaba:
—Decía que el llanto no alimenta.
Aurora murmuró:
—Solo el pan alimenta.
Cassian miró a Aurora.
—¿Esa fue tu infancia?
Celeste respondió por sí misma:
—Mi infancia fue estructura.
Pausa.
—No cariño.
Cassian no supo qué decir.
Porque esa frase explicaba a Celeste por completo.
La alianza se solidifica: Cassian reconoce el valor
Cassian terminó el cálculo correcto.
Por primera vez.
Celeste lo observó.
Aurora también.
Cassian levantó la vista.
—Lo hice.
Celeste asintió.
—Sí.
Cassian esperó algo más.
Nada.
Celeste dijo:
—Otra vez.
Cassian soltó una carcajada breve.
—Si fueras mi general, te odiaría.
Celeste lo miró.
—No soy tu general.
Cassian respondió con una intensidad rara:
—Lo sé.
Pausa.
—Eres peor.
Celeste no se ofendió.
Aurora murmuró:
—Bien.
Cassian miró a Aurora.
—¿Bien?
Aurora deslizó una cuenta.
—Porque al fin entiendes.
Cassian frunció el ceño.
—¿Qué entiendo?
Aurora dijo:
—Que Celeste no está aquí para gustarte.
Pausa.
—Está aquí para sostenerte.
Cassian sintió el golpe.
Celeste lo corrigió:
—No.
Cassian la miró.
Celeste dijo:
—Estoy aquí para sostener al mundo.
Silencio.
Y Cassian…
Cassian entendió que eso era aún más peligroso.
Porque un rey puede poseer una mujer que vive para él.
Pero jamás puede poseer a una mujer que vive para algo más grande.
Cierre: el juramento Morgan
El sol subió más.
Los ábacos siguieron.
Los pergaminos se llenaron.
Aurora supervisó cada cálculo como si fuera un juicio.
Celeste enseñó cada método como si estuviera entrenando a un enemigo para volverse aliado.
Y cuando terminaron el último listado, Cassian se quedó mirando las cuentas como si fueran una nueva clase de magia.
Cassian alzó la vista.
—Quiero aprenderlo completo.
Celeste respondió:
—Entonces acepta una condición.
Cassian no dudó.
—Dime.
Celeste inclinó la cabeza.
—Si aprendes el método Morgan…
—no vuelvas a llamar “pequeño” lo que sostiene al mundo.
Cassian sostuvo su mirada arcoíris.
Luego miró a Aurora, como buscando el juicio final.
Aurora deslizó una cuenta de rezo.
Cassian dijo con voz firme:
—Lo juro.
Celeste asintió.
Aurora no sonrió.
Pero sus ojos grises… por un instante… parecieron menos ciegos.
Y el sonido del ábaco selló el juramento.
Tac.
Como si la Santa Elemental lo hubiera escuchado.