Capítulo 12 — El Ábaco del Invierno

1725 Words
El Templo de la Santa Elemental había vuelto al silencio. Pero no era un silencio vacío. Era un silencio que parecía vigilar. Como si las paredes guardaran memoria, como si la piedra supiera nombres, y como si cada paso tuviera que justificar su presencia. Alessandro Rosenthal caminó por un corredor interno con la mandíbula apretada. No estaba herido en el orgullo… estaba herido en el control. La escena del día anterior se repetía en su mente como una maldición: Aurora sin alzar la voz, Aurora con ojos grises que parecían medio ciegos pero lo veían todo, Aurora deslizándole las cuentas de rezo como quien enumera pecados. Y sobre todo: Aurora diciéndole que Celeste era su mayor logro. Aurora recordándole quién movía el oro. Alessandro tragó saliva. Él era Rosenthal puro. Sus propios ojos arcoíris lo delataban: la Santa había tocado su sangre. Y aun así… aun así, la riqueza de su apellido nunca podría compararse con la riqueza de Aurora Morgan. La riqueza real. La riqueza que no necesita ruido. Alessandro apretó los dientes con rabia, obligado a admitir lo que nunca quiso: Aurora no era “su esposa”. Aurora era un imperio. Y él, aunque fuera patriarca… no era el dueño del imperio. Aurora Morgan: la riqueza que no presume Aurora Morgan no había nacido para ser adorno de nadie. Era Morgan antes que Rosenthal. Era mercante antes que noble. Era método antes que vanidad. Los Morgan no dominaban por espada. Dominaban por rutas. Por granos. Por sal. Por cálculo. Aurora lo llevaba en la sangre. Y sus padres —sus abuelos— habían sido aún peores: comerciantes tan brillantes que el mundo decía que podían convertir el hambre en oro y el oro en ejército. Por eso, cuando se habló de dotes… los Morgan no habían regalado joyas. Regalar joyas era para quienes no entendían economía. Los Morgan habían dejado un legado que sonaba como exageración hasta que uno veía los sellos, los contratos y las tierras: habían reservado para Celeste una dote del valor de un país. No para comprarle un destino. Sino para impedir que alguien lo comprara por ella. Alessandro lo recordó como una mordida interna. Celeste: la hija a la que nunca supo mirar bien. Celeste: la nieta blindada. Celeste: la que nadie podría doblegar con hambre o promesas. Y eso lo volvía loco. Porque Alessandro siempre creyó que la riqueza podía controlar a una mujer. Y Aurora —y ahora Celeste— eran la prueba viviente de que no. 🧮 Mesa de cuentas: el trono verdadero En el patio interior del templo, Aurora y Celeste estaban sentadas frente a una mesa larga de madera sin adornos. No había copas de oro. No había servidumbre. No había alfombras. Solo papel grueso. Tinta. Listas. Y sobre todo… dos ábacos. Pulidos. Antiguos. Exactos. El sonido de las cuentas deslizándose era suave, constante. Casi un rezo. Aurora tenía el cabello recogido con firmeza, como si cada hebra obedeciera una orden. Su rostro era sereno y duro a la vez. Sus ojos grises, casi como si fueran ciegos, se movían poco… pero cuando se clavaban en algo, ese algo se sentía juzgado. En su mano izquierda sostenía sus cuentas de rezo. Y en la derecha movía el ábaco con una paciencia religiosa. Celeste estaba a su lado. El contraste era hermoso: ojos arcoíris vivos, piel pálida, presencia glacial. Celeste parecía un invierno bajo techo. Pero las manos de Celeste no eran delicadas. Eran manos de disciplina. Manos de alguien criado para sostener cuentas, decisiones y consecuencias. Aurora dijo sin levantar la vista: —Empieza por el valle bajo. Celeste deslizó tres cuentas. —Trescientos ochenta y cuatro hogares. Aurora asintió. —Bien. ¿Promedio de bocas por hogar? Celeste respondió como si recitara algo repetido desde niña: —Tres o cuatro. Pausa. —Pero en el valle bajo son más. Por eso hice el cálculo por listado. Aurora dejó una cuenta de rezo avanzar entre sus dedos, orgullosa sin demostrarlo. —Por eso confío en ti. Celeste movió una cuenta más. —Mil cuatrocientos doce bocas. Aurora murmuró: —Perfecto. Y esa palabra —perfecto— en labios de Aurora valía más que un “te amo”. Porque Aurora no usaba elogios como perfume. Los usaba como sentencia. Celeste añadió, sin dramatismo: —Cuarenta y siete enfermos de invierno. Aurora levantó la vista por primera vez, miró el papel, luego miró a Celeste. —¿Fiebre o pecho? Celeste dijo: —Pecho. Aurora asintió. —Entonces hay que asegurar aceite y hierbas. Celeste movió cuentas y preguntó, con la naturalidad de quien comparte mente con su madre: —¿Usamos la ruta del este o la del norte? Aurora respondió inmediata: —Este. Celeste frunció apenas el ceño. —La del este tiene peaje. Aurora sonrió mínimamente. —Y la del norte tiene retraso. Celeste soltó una pequeña exhalación, casi una risa seca. —Siempre. Aurora la miró con ese brillo invisible de ternura. —Aprendes rápido. Celeste murmuró: —Tú me obligaste. Aurora no se ofendió. Dijo con serenidad: —Te hice libre. Silencio. Celeste bajó la mirada un instante. Porque esa frase era verdad. Aurora siguió moviendo cuentas. —Ahora… ¿taeles necesarios para harina? Celeste respondió: —Subió un quinto. Aurora cerró un ojo como si calculase sin mirar. —Compénsalo con sal. Celeste asintió. —Y con cebada. Aurora la miró. —Exacto. Y el ábaco siguió cantando números. Cassian observa: riqueza como filosofía Desde un arco del corredor, Cassian Dravenhart apareció en silencio. No se anunció. No tenía que hacerlo. La quietud de Cassian era de depredador: cuando él miraba, el mundo sabía. Observó la mesa. Los papeles. El ábaco. Las cuentas de rezo. Y el rostro de Aurora: austero como piedra sagrada. Cassian bajó un par de escalones, lo suficiente para estar cerca pero sin invadir. —¿Por qué contarlo ustedes mismas? —preguntó al fin. Aurora no levantó la vista. —Porque delegar sin saber… es morir. Cassian parpadeó. Celeste respondió con una frialdad dulce: —Mi madre dice que el oro no se pierde por gastar. Pausa. —Se pierde por ignorar. Cassian miró a Aurora. Aurora deslizó una cuenta de rezo. —Y yo digo que el exceso vuelve estúpidos a los ricos. Cassian soltó una risa baja. —En eso estamos de acuerdo. Celeste movió cuentas del ábaco y añadió: —A mí me criaron para no ser estúpida. Aurora, sin mirarla, dijo: —Te crié para que nadie pudiera comprarte con hambre. Celeste alzó apenas una ceja. —Ni con amor. Aurora se detuvo un segundo. Luego dijo, tranquila: —Ni con amor. Y ese acuerdo silencioso fue tan íntimo como una caricia. Alessandro llega: la envidia se disfraza de desprecio Alessandro entró al patio como si fuera dueño del aire. —Ahí están. Aurora siguió contando. Celeste siguió contando. Ni siquiera voltearon. Eso lo enfureció más que cualquier insulto. Malva llegó detrás con su sonrisa dulce. Violeta también, con Stefan. Alessandro miró los ábacos como si le dieran asco. —Los Morgan siempre fueron fanáticos de contar. Celeste levantó los ojos arcoíris apenas. —Eso se llama inteligencia. Alessandro soltó una risa amarga. —¿Y de qué sirve tu inteligencia para el trono? Celeste ni siquiera se molestó. —No cuento para el trono. Pausa. —Cuento para que la gente no se muera. Stefan se tensó. Violeta bajó la vista. Aurora habló por fin, sin cambiar el tono: —Ella cuenta para el invierno. Alessandro apretó los dientes. —¿De verdad creen que eso importa? Aurora deslizó una cuenta de rezo. —El invierno siempre importa. ❄️ Madre e hija: un idioma secreto Celeste se inclinó hacia Aurora y murmuró, como si el mundo no mereciera oírlo: —Madre… el costo de mantas. Aurora entendió de inmediato, como si Celeste hubiese hablado en un idioma secreto. —¿Cuánto? Celeste mostró un número con el ábaco. Aurora respondió sin dudar: —Compramos ahora. Celeste asintió. —Antes del pico. Aurora dejó caer una frase que era un principio de vida: —El pobre paga más si compras tarde. Celeste lo repitió como juramento: —El pobre paga más si compras tarde. Cassian los escuchaba. Y eso lo desarmaba por dentro. Porque en su reino, el poder era miedo y sangre. Aquí era previsión y pan. “Dote de un país”: Aurora revela la verdad Alessandro se burló, intentando herir: —Celeste cree que vale más porque la adoras. Aurora levantó la vista con lentitud. Sus ojos grises parecían vacíos. Pero el golpe iba a ser perfecto. —Celeste vale más —dijo— porque fue criada para sostener. Luego miró a Alessandro con una tranquilidad devastadora. —Y porque mis padres le dejaron una dote que tú jamás podrías reunir en tres vidas. El patio se congeló. Violeta tragó saliva como si le ardiera la garganta. Stefan quedó rígido. Cassian entornó los ojos, calculando. Aurora deslizó una cuenta de rezo. —A Celeste le dejaron el valor de un país. Alessandro palideció. Aurora añadió, sin orgullo: —Para que nadie la comprara. Para que ningún rey creyera que podía salvarla… o poseerla. Celeste no sonrió. No necesitaba presumir. Era verdad. Aurora lo remató, suave: —Yo no hice a Celeste rica. Celeste ya lo era. Pausa. —Yo solo la hice peligrosa. Cierre: el ábaco sigue, aunque el orgullo caiga Alessandro se quedó sin palabras. Malva apretó su velo. Violeta sintió envidia como náusea. Y Aurora… volvió al ábaco. Como si Alessandro no fuera más que ruido. Celeste deslizó cuentas. El sonido fue limpio. Regular. Implacable. Aurora dijo: —Si reducimos velas, hay para diez mantas más. Celeste asintió. —Y si Cassian abre ruta del norte, estabilizamos harina. Cassian alzó una ceja. —¿Me estás usando? Celeste lo miró con su calma glacial. —¿No es eso lo que hacemos todos? Cassian sonrió. —Bien. Aurora murmuró sin levantar la vista: —El invierno no espera a que los hombres sanen su orgullo. Celeste, muy bajo, le dijo a su madre: —Gracias. Aurora no respondió con palabras dulces. Solo tocó levemente el dorso de la mano de Celeste, una caricia breve, exacta. Luego deslizó otra cuenta. Y el templo, como si aprobara, se quedó en silencio.
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