Capítulo 20 — El Destino También Se Equivoca

1740 Words
La noche en el Reino Carmesí era más silenciosa desde que la Marca había despertado. No porque hubiera menos poder. Sino porque ahora había equilibrio. Celeste estaba sentada junto a la ventana alta de su cámara, con la luna suspendida sobre las torres rojas. El aire frío de la madrugada rozaba su piel, y por primera vez en mucho tiempo… no le dolía el recuerdo de lo que había perdido. Porque algo nuevo estaba tomando forma. No amor inmediato. No pasión arrebatada. Algo más profundo. Reconocimiento. La conexión con Cassian no era fuego que consume. Era hielo que encaja. Y esa certeza la llevó a un pensamiento que no se había permitido antes. ¿Y si los sacerdotes se equivocaron? Durante años, Celeste había creído en el destino con la fe de quien no ha sido traicionada. Luego lo creyó con dolor. Después dejó de creer. Pero ahora… empezaba a comprender algo más complejo: El destino no siempre llega claro. A veces llega… confundido. Las sacerdotisas de la Santa Elemental habían dicho que su alma estaba ligada a Stephen. Habían hablado de señales, de hilos de luz, de la unión de linajes. Pero Celeste recordaba algo que en su momento no pareció importante. Ella y Violeta. Las gemelas. Las primeras nacidas en más de cinco mil años. Hasta los doce años, eran idénticas. Misma energía. Mismo pulso. Mismo brillo. La Santa no se equivoca. Pero los intérpretes… sí. El humor de lo sagrado Celeste sonrió apenas, mirando la luna. —La Santa tiene sentido del humor… —murmuró. Porque ahora, con la mente fría y el corazón en paz, podía verlo sin rencor. Quizá el destino nunca fue un castigo. Quizá fue una ruta equivocada que la llevó al lugar correcto. Stephen no era su equilibrio. Stephen era una lección. Cassian… era el eco que encajaba. La conexión entre ella y el rey vampiro no era tormenta ni urgencia. Era algo que los libros antiguos describían con palabras que siempre le parecieron exageradas: “Cuando dos fuerzas destinadas se encuentran, no se persiguen. Se reconocen.” Eso era. Reconocimiento. Amar a alguien que no es bueno Cassian no era un hombre bondadoso. No era suave. No era inocente. Había gobernado con sangre cuando fue necesario. Había destruido enemigos sin dudar. Y sin embargo… nunca la había dominado. Nunca la había reducido. Nunca la había tratado como premio. Con él, Celeste no sentía que debía luchar para ser vista. Ya lo era. Y eso, para alguien que había amado desde la entrega y recibido traición, era más poderoso que cualquier promesa. 🌸 Violeta y el otro hilo del destino Celeste no sentía celos al pensar en Violeta. Sentía claridad. Porque ahora entendía algo que antes dolía demasiado para ver: Violeta sí encajaba con Stephen. No por debilidad. Por naturaleza. Violeta florecía en afecto visible, en calor constante, en protección cercana. Stephen necesitaba a alguien que lo amara con suavidad. No con estructura. Y el hijo que Violeta llevaba en el vientre no era traición al destino. Era confirmación. La Santa no había roto hilos. Los había cruzado. Y en el cruce, las gemelas —tan iguales en poder, tan distintas en esencia— habían tomado el camino que realmente les correspondía. La paz que llega después de aceptar Celeste apoyó la mano sobre la Marca de la Luna. No latía como una herida. Latía como un hogar. —No fue un error —susurró—. Fue un camino más largo. Y por primera vez desde que dejó la manada, recordó a Stephen sin sentir que su corazón se partía. Recordó con gratitud. Porque perderlo la había llevado a encontrarse. Y encontrarse la había llevado a Cassian. Cassian entra sin interrumpir Cassian no hacía ruido al caminar. Pero Celeste siempre sentía cuando se acercaba. No por miedo. Por vínculo. Él se detuvo detrás de ella. —Estás despierta —dijo en voz baja. Celeste asintió. —Pensaba. —Eso siempre cambia algo —respondió él. Ella giró apenas. —¿Crees en el destino? Cassian la miró con sus ojos rojo vino, profundos, antiguos. —Creo en decisiones que parecen inevitables. Celeste sonrió. —Tal vez la Santa nos intercambió. Cassian arqueó apenas una ceja. —¿Intercambió? —Violeta y yo… éramos idénticas. Los sacerdotes pudieron confundir el hilo. Cassian no se burló. No desestimó. Solo preguntó: —¿Te molesta? Celeste negó. —No. Pausa. —Porque ahora sé que estoy donde debo estar. Cassian sostuvo su mirada un momento largo. —Yo también. Y esa fue la primera vez que lo dijo sin ironía. Sin estrategia. Solo verdad. Cassian no habló de inmediato. Se acercó por detrás y rodeó a Celeste con los brazos, apoyando el mentón en la parte alta de su hombro. No era un gesto posesivo. Era un ancla. Celeste apoyó las manos sobre las suyas. El frío de su piel y la quietud de la de él ya no contrastaban. Encajaban. —¿Cómo supieron que no eran la misma? —preguntó Cassian en voz baja—. Si eran idénticas. Celeste sonrió apenas, con esa mezcla de nostalgia y comprensión que solo llega cuando el pasado deja de doler. —No lo supieron al principio. El silencio nocturno se acomodó a su alrededor mientras ella hablaba. Las hijas que no debían nacer juntas —Las gemelas no habían nacido en cinco mil años —dijo Celeste—. Para nuestra gente, eso es señal de intervención directa de la Santa Elemental. Cassian no interrumpió. —Pero también es una anomalía. Y las anomalías confunden a los sacerdotes. Ella entrelazó los dedos con los de él. —Nuestro padre ya tenía hijos. Varios. De diferentes alianzas. Todos con dones claros, heredados de las líneas elementales Rosenthal. Cassian inclinó apenas la cabeza. —Fuego. Celeste asintió. —Él es del fuego. Fuego puro. Temperamento, destrucción, poder directo. Una pausa breve. —Pero Violeta y yo no nacimos de una alianza. Nacimos de un error. Cassian no reaccionó con juicio. Solo ajustó el abrazo. —Un affaire —continuó ella con serenidad—. Nuestro padre no planeaba dos hijas… y mucho menos gemelas. La decisión que dividió destinos —Cuando nacimos, nadie sabía qué hacer —dijo Celeste—. Dos niñas con la misma energía, el mismo pulso, la misma señal espiritual. —¿Y entonces? —preguntó Cassian. —Entonces decidieron separarnos. El viento nocturno movió apenas los cabellos de Celeste. —Aurora tomó a una. —A ti. —Sí. Pausa. —Malva tomó a Violeta. Cassian entendió de inmediato. Dos mujeres. Dos formas de criar. Dos destinos moldeados. —Aurora me educó como heredera real —dijo Celeste con suavidad—. Cuentas, comercio, estructura, previsión. Me enseñó que el poder verdadero no grita. Cassian apretó apenas sus manos. —Y Malva… Celeste exhaló, sin rencor. —Malva crio a Violeta como joya. Como encanto. Como primavera que abre puertas. No había desprecio en su voz. Solo verdad. —Ambas fuimos amadas —añadió—. Pero para cosas distintas. La Esfera Elemental Cassian la miró con interés verdadero. —¿Cuándo se diferenciaron? Celeste sonrió, y esta vez el recuerdo fue más claro. —A los doce años. —¿Un ritual? —La Selección de Elemento. Cassian la soltó solo para poder verla de frente. Sus ojos rojo vino brillaban con curiosidad. Celeste explicó: —A esa edad, cada hijo Rosenthal toca la Esfera Elemental. Es un artefacto antiguo, bendecido por la Santa. Cuando la tocas… tu poder verdadero se manifiesta. —¿Y si no tienes poder? —Todos lo tienen. Solo que algunos son débiles. Cassian inclinó la cabeza. —¿Y ustedes? Celeste cerró los ojos un segundo, recordándolo. —Violeta tocó la esfera primero. Pausa. —Y floreció. La primavera —No fue un brote pequeño —dijo Celeste con una sonrisa suave—. Fue un jardín entero. Flores en el suelo, en las paredes, en el aire. Fragancia. Vida. —Primavera —murmuró Cassian. —Sí. Ella lo miró. —Todos entendieron que Violeta sería vida, belleza, renovación. —¿Y tú? Celeste bajó la mirada un segundo, como si aún pudiera sentir el frío de ese momento. —Yo toqué después. El invierno —La sala se congeló —dijo en voz baja—. No como tormenta. Como quietud. Como si el aire mismo se hubiera detenido. Cassian no apartaba los ojos de ella. —Hielo en las columnas. Escarcha en el suelo. Silencio absoluto. Una pausa. —No era muerte. —Era control —dijo Cassian. Celeste asintió. —Era el tipo de poder que no grita… pero nadie puede ignorar. La confusión de los sacerdotes —Ahí empezó el problema —continuó—. Dos gemelas. Dos fuerzas primordiales. Vida y hielo. Primavera e invierno. —Equilibrio perfecto —dijo Cassian. —Sí… pero intercambiable. Ella apoyó la mano sobre su pecho, donde la Marca brillaba suavemente. —Los sacerdotes habían leído nuestros hilos antes de la ceremonia. Pero hasta los doce años, éramos un mismo pulso. Cassian comprendió. —No podían distinguir cuál hilo pertenecía a cuál alma. Celeste asintió. —Creyeron que el destino de una era el de la otra. El error que no fue error El silencio entre ambos no era pesado. Era revelador. —Así que Stephen no estaba destinado a ti —dijo Cassian. Celeste negó con calma. —No como pareja eterna. Pausa. —Pero sí como parte de mi camino. Cassian deslizó el pulgar sobre su mano. —Y yo… Celeste lo miró. No con timidez. Con certeza. —Tú eres como los libros describen. —¿Cómo? —Cuando el vínculo correcto se encuentra, no hay fuego descontrolado… hay reconocimiento. Calma. Encaje. Cassian sostuvo su mirada, y por primera vez desde que la conocía, no había sombra de ironía en él. —Entonces los sacerdotes no fallaron del todo. Celeste sonrió. —Solo leyeron el mapa antes de que las piezas se movieran. El abrazo que sella comprensión Cassian la abrazó de nuevo, esta vez de frente. No con deseo. Con conexión. —El destino no se equivocó —dijo él—. Solo tomó un camino más largo. Celeste apoyó la frente en su pecho. —Y nos hizo aprender lo necesario antes de encontrarnos. La Marca de la Luna latió suavemente entre ambos. No como herida. Como hogar.
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