Capítulo 3 — El Consejo y el Designio

2072 Words
La casa principal de la Manada Rosa Negra nunca dormía por completo. Siempre había pasos, murmullos, guardias cambiando turno, puertas abriéndose a medias. Pero esa noche el castillo vibraba distinto, como si la madera misma supiera que iba a presenciar algo irreparable. Celeste Rosenthal caminó por los corredores sin mirar a nadie. Los guardias se hacían a un lado, no por cortesía, sino por instinto. Algo en ella —algo frío, silencioso— les erizaba la piel aunque no supieran explicar por qué. Era como pasar junto a un lago congelado: no parecía peligroso, pero bastaba un paso errado para terminar hundido. Los ojos arcoíris de Celeste no brillaban como siempre. No eran auroras danzantes ni destellos vivos. Eran un arcoíris inmóvil, atrapado bajo hielo. Y eso era peor que la oscuridad. Mientras avanzaba, la escarcha iba quedando detrás de ella. No como un rastro obvio, sino como un detalle innegable: un borde blanco en las baldosas, una huella helada sobre la piedra, un aire que bajaba apenas unos grados cuando ella pasaba. Celeste no se dio cuenta. O tal vez sí. Pero le daba igual. Porque algo dentro de ella ya había tomado una decisión que no se parecía a la tristeza. Se parecía a la muerte… de una vida anterior. Cuando llegó ante las puertas del Salón del Consejo, las antorchas a los lados titilaron como si quisieran apagarse. Los símbolos tallados en la madera —lunas, coronas, garras— parecieron más antiguos, más severos. Celeste sostuvo la mirada del guardia que custodiaba la entrada. El hombre tragó saliva y abrió las puertas de inmediato. Sin pedir nada. Sin cuestionar. Solo obedeciendo. Adentro, el Salón del Consejo estaba lleno. No era común convocarlo en la misma noche de un ritual. Eso significaba una cosa: escándalo. El tipo de escándalo que se convierte en sentencia. Ancianos de la manada ocupaban sus asientos en semicírculo. Guerreros con cicatrices, mujeres con collares ceremoniales, líderes de clanes internos, todos reunidos como si fueran a presenciar una ejecución. Y al centro… el círculo de piedra. El lugar donde se tomaban decisiones que cambiaban destinos. En la cabecera, el Alfa Calvin se mantenía de pie como una estatua viva. Calvin era imponente: ancho de hombros, mandíbula dura, cabello oscuro peinado hacia atrás con brutal disciplina. Sus ojos eran de un dorado opaco —como los de un lobo viejo que ya lo ha visto todo— y sin embargo, esa noche había una tensión casi imperceptible en su mirada. No le gustaba perder el control de su manada. Y esa noche todo olía a pérdida. A su lado estaba Regina. La Luna actual. Vestida de n***o, con plata en las manos, como si cada movimiento suyo fuera una orden en sí misma. Sus ojos escaneaban el salón, fríos, calculadores… pero cuando Celeste entró, Regina la miró un segundo más de lo necesario. Como quien observa una tormenta acercarse. Y a unos pasos detrás… estaba Stefan. Stefan ya no era un adolescente. Era un hombre hecho, peligroso, creado para mandar: alto, musculatura entrenada, rostro hermoso con dureza. Pero esa noche no parecía un soberano futuro. Parecía un condenado. Sus ojos buscaban a Celeste como si ella fuese el único aire que quedaba. Pero Celeste no lo miró. No le concedió ni una chispa. Y eso, para Stefan, fue peor que cualquier castigo. Violeta ya estaba allí también. 🌸 Vestida como una promesa. No era un vestido blanco inocente. Era un vestido ceremonial en tonos oscuros con bordados florales, como si la noche misma la estuviera coronando. Y su Don respondía: alrededor de sus pies se abrían pequeñas flores silenciosas, discretas, elegantes… como si el suelo la alabara. Violeta sonreía. Su expresión era perfecta: ni demasiado triunfal, ni demasiado humilde. El rostro de una mujer que dice: esto es lo correcto. Celeste avanzó hasta el círculo central. No caminó como una acusada. Caminó como una reina que decidió presentarse solo para escuchar su propia sentencia… antes de destruir el mundo que se la dio. Su respiración salía blanca. El salón entero pareció enfriarse. —Celeste Rosenthal —dijo Calvin, con voz que no pedía permiso. El Alfa no la saludaba. La nombraba. Porque nombrar era reclamar autoridad. Celeste levantó la mirada. Y la manada entera contuvo el aliento. Los ojos arcoíris de Celeste se clavaron en la cabecera. No brillaban como los de Violeta. Brillaban con la belleza fría de una aurora atrapada en cristal. Celeste no inclinó la cabeza. No mostró sumisión. —Alfa Calvin —respondió. Su voz era calma. Y eso inquietó a varios. Porque la calma en una Rosenthal era peor que el llanto. Calvin la sostuvo con la mirada un largo segundo. Luego habló: —Hemos sido informados de lo ocurrido. Un murmullo se expandió como veneno. Celeste sintió las miradas. No eran miradas de empatía. Eran miradas de hambre. La desgracia ajena siempre entretiene a las manadas. Regina levantó la mano y el murmullo murió. Silencio inmediato. La Luna controlaba el aire. —Este Consejo no está aquí para juzgar emociones —dijo Regina, fría—. Está aquí para proteger la estabilidad. Celeste entendió el juego. No iban a hablar de traición. Iban a hablar de “estabilidad”. No iban a hablar de dolor. Iban a hablar de “futuro”. Calvin continuó: —Una Luna no se elige dos veces. Ese principio cayó como martillo. Celeste sintió que la gente lo repetía en sus cabezas: una Luna no se elige dos veces. Pero Celeste sabía la verdad oculta: una Luna sí podía ser desechada. Como si no fuera humana. Como si fuera una pieza. Regina dio un paso al frente. —Stefan, heredero de esta manada… Stefan tembló. No visible. No ridículo. Pero lo suficiente para que Celeste lo sintiera. —…ha sido irresponsable —dijo Regina sin piedad—. Y su error tuvo consecuencias. Stefan dio un paso hacia el centro. —Yo la amo —dijo, abrupto, con desesperación cruda—. Celeste es mi compañera. ¡Es ella! El salón explotó en murmullos. Calvin golpeó el bastón ceremonial contra el suelo. Silencio. Regina miró a su hijo como si lo atravesara. —¿La amas? —repitió, y la ironía era hielo—. Entonces ¿por qué la destruiste? Stefan apretó la mandíbula. —Fue… fue una equivocación. Celeste casi rió. Pero no lo hizo. No le daría ese gusto a nadie. Violeta habló con suavidad dulce: —No debemos hacer esto más doloroso. 🌸 Y al decirlo, una hilera de flores floreció como un borde perfecto alrededor del círculo. Era una puesta en escena. Una corona secreta. Celeste miró las flores y el aire pareció bajar otro grado. Regina lo notó. Calvin también. Pero la manada no entendía aún lo que estaba empezando a pasar. Regina alzó la voz: —Violeta Rosenthal está embarazada. El salón se tensó. Para la manada, esa frase era un contrato. Un heredero no era solo un bebé: era una cadena que aseguraba jerarquía. Un futuro. Una línea de sangre. —Por lo tanto —dijo Calvin—, la estabilidad de la manada debe ser protegida. Celeste sintió como si todo se alejara. Como si el salón se volviera una pintura. —La decisión del Consejo —continuó Calvin— es la siguiente: Una pausa. —Violeta Rosenthal será reconocida como Luna elegida del heredero Stefan. Violeta inclinó la cabeza con modestia calculada. 🌸 Las flores temblaron, felices. El salón murmuró. Algunos asentían. Otros se miraban, satisfechos, como si la tragedia hubiera quedado ordenada en cajones. Celeste no se movió. No respiró fuerte. No lloró. Solo sintió el corazón volverse más frío. Más sólido. Más… inexistente. Stefan dio un paso hacia Celeste, desesperado, olvidando protocolo. —¡No! ¡Esto no…! Regina levantó la mano. —Stefan. Una sola palabra. Stefan se quedó quieto. Porque incluso un heredero sabe que desafiar a la Luna en público es una humillación. Celeste alzó por fin la voz. —Ya escuché. Todos la miraron. Y el salón se silenció por completo. Celeste giró el rostro lentamente hacia Violeta. —Felicidades. La palabra sonó como hielo rompiéndose. Violeta sonrió, casi sin poder contener el triunfo. —Gracias, hermana… Celeste la interrumpió con una calma mortal: —No me llames así. El silencio se volvió más pesado. Violeta parpadeó. —Celeste… Celeste giró hacia Stefan. Por primera vez lo miró. Y Stefan sintió esperanza… por un segundo. Hasta que vio sus ojos. El arcoíris congelado. Sin amor. Sin nostalgia. Sin humanidad cálida. Solo invierno. —Stefan —dijo Celeste. Su nombre fue sentencia. Stefan dio un paso más cerca. —Celeste, por favor… no me dejes así… Celeste inclinó la cabeza. —Yo no te dejo. Una pausa. —Tú me perdiste. Stefan tragó saliva como si hubiera recibido un golpe. Regina observaba sin respirar. Calvin apretó la mandíbula. Celeste dio un paso hacia atrás, alejándose del círculo. —He escuchado su decisión —dijo, mirando al Consejo—. Ahora escuchen la mía. Las antorchas titilaron. ❄️ Un borde de hielo se dibujó en el símbolo del Consejo sobre el suelo, como si la piedra respondiera a ella. Regina abrió los ojos apenas. Porque eso… era sacrilegio. Nadie tocaba el símbolo del Consejo con un Don. Era profanación. Celeste levantó la barbilla. —Los Rosenthal no suplican. Su voz se expandió. —Los Rosenthal no se arrastran. Una pausa. —Y los Rosenthal… no mendigan un lugar. Violeta alzó la mano, nerviosa. 🌸 Unas flores brotaron impulsivamente, intentando contrarrestar la tensión. El hielo de Celeste las tocó. Las flores se congelaron. Y se quebraron. El sonido del quiebre recorrió el salón como un presagio. Celeste miró a todos, uno por uno. —Corto todo lazo. La frase fue tan simple que tardaron en comprenderla. Regina fue la primera en reaccionar. —Celeste… Celeste la miró con respeto frío. —Usted fue justa dentro de su crueldad, Regina. Regina tragó saliva. Celeste continuó: —Pero ya está hecho. Luego miró a Calvin. —Alfa Calvin. Calvin sostuvo su mirada, tenso. Celeste inclinó apenas la cabeza. Una despedida. No una sumisión. —Gracias por enseñarme lo único que esta manada sabe hacer bien. Calvin frunció el ceño. —¿Qué es eso? Celeste sonrió apenas. —Convertir el amor en política. Stefan dio un paso. —¡No puedes irte! ¡Eres mi Luna! Celeste se giró hacia él con una calma tan perfecta que dolía. —No. Y su voz fue hielo. —Yo no soy tu Luna. Stefan palideció. Celeste dio el paso final. El paso que sellaba todo. —Yo ya fui designio. El salón entero se quedó inmóvil. Como si no entendieran. Como si el mundo necesitara repetición. Pero Celeste no repitió. Porque Celeste no debía nada. —El vínculo destinado se rompió al instante en que elegiste a otra —dijo, tranquila—. Mi alma ya no te reconoce. Mi Don ya no responde a tu llamado. Una pausa. —Mi vida… ya no te pertenece. Stefan tembló. —No… eso no es posible… Celeste se acercó solo un paso. Y el aire se congeló tanto que varios guerreros retrocedieron instintivamente. Los ojos arcoíris de Celeste se volvieron espectro helado. —Nada es imposible cuando una Luna se apaga. Stefan sintió que el mundo se le caía. —Celeste… Celeste no apartó la mirada. —No pronuncies mi nombre como si fueras digno de él. Stefan se quedó sin voz. Y Celeste… se dio la vuelta. La escarcha se extendió bajo sus botas como una alfombra blanca. Regina dio un paso, como si quisiera detenerla. —Celeste… el Consejo aún no ha decretado tu destino. Celeste se detuvo en el umbral del salón. Sin girarse del todo, respondió: —Ya lo decreté yo. Abrió la puerta. El viento nocturno entró como un presagio. Y antes de salir, Celeste añadió, suave: —No me exilien. Sonrió. —No tendrán ese poder sobre mí. Y se fue. Dejó atrás el Consejo. Dejó atrás a Stefan. Dejó atrás a la manada. Dejó atrás una vida entera. Y mientras su sombra desaparecía por el pasillo, Regina comprendió la verdad más oscura de esa noche: El Consejo creyó que estaba tomando una decisión. Pero el destino ya había tomado otra. Porque Celeste Rosenthal no había sido rechazada. Celeste Rosenthal… había renunciado. Y cuando una Luna renuncia… los reinos tiemblan.
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