Capítulo 17 — El Error de una Luna

1808 Words
El error de Violeta no nació de la maldad. Nació del miedo. Y el miedo, cuando gobierna, siempre cobra algo a cambio. La manada llevaba días sintiendo una inquietud que no sabía nombrar. No era hambre todavía. No era peligro abierto. Era esa sensación densa que aparece cuando algo podría fallar y nadie quiere ser el primero en decirlo en voz alta. El invierno había sido retirado, sí. Pero el invierno deja huellas incluso cuando se va. Los caminos aún estaban blandos por el deshielo. Las rutas comerciales no eran las mismas. Los depósitos habían sufrido. Los turnos se habían desordenado durante semanas de supervivencia pura. Celeste habría anticipado todo eso. Violeta… estaba aprendiendo a verlo. Y aprender tarde siempre es más caro. El día que Violeta quiso decidir sola El sol apenas había alcanzado el centro del cielo cuando el tesorero pidió audiencia. Violeta lo recibió en la sala pequeña, no en el salón grande. Había dejado de usar el espacio ceremonial porque ahí todo parecía una representación. Aquí, en cambio, había mapas extendidos, pergaminos con anotaciones torcidas, un ábaco que ya no estaba perfectamente alineado. El tesorero se inclinó. —Mi Luna. Violeta asintió. —Habla. Eso también era nuevo. Antes decía “¿qué ocurre?”. Ahora decía “habla”. —El aceite —empezó él—. Las reservas están por debajo de lo seguro. Si no reponemos pronto, tendremos problemas con la conservación de carne y con la iluminación nocturna. Violeta cerró los ojos un segundo. Aceite. Siempre aceite. El tesorero continuó, señalando el mapa. —Tenemos dos opciones. La ruta sur es estable, pero lenta. La ruta oeste es rápida… pero el río aún está crecido por el deshielo. Violeta observó el mapa en silencio. En su cabeza, dos voces competían. La primera era la de Celeste, clara, precisa, casi irritante en su perfección: “La prisa siempre es más cara.” La segunda era la suya propia, temblorosa, cansada: “Si tardas, pensarán que no sabes decidir.” Violeta levantó la vista. —¿Cuánto tiempo de diferencia? —Cuatro días más por el sur. Cuatro días. Cuatro noches más con lámparas reducidas. Cuatro días de murmullos. Cuatro días de comparaciones. —La ruta oeste —dijo finalmente—. Compra ahora. El tesorero dudó. —Mi Luna… el riesgo— —Lo sé —lo interrumpió ella—. Pero no podemos esperar. Fue una decisión limpia. Clara. Autoritaria. Y profundamente humana. El tesorero inclinó la cabeza. —Así se hará. Cuando salió, Violeta apoyó las manos sobre la mesa. Había decidido sola. Eso debería haberla hecho sentir fuerte. Pero no lo hizo. La espera Los primeros dos días pasaron sin noticias. Violeta se obligó a no preguntar. Una Luna no demuestra ansiedad, se dijo. El tercer día, empezó a mirar el camino desde las torres. El cuarto día, los líderes de patrulla comenzaron a intercambiar miradas. El quinto día, nadie sonreía. Violeta fingía calma. Por dentro, su estómago era un nudo. Esa noche soñó con Celeste. No con hielo. Con números. Con cuentas de ábaco cayendo al suelo. La noticia La caravana regresó al séptimo día. Y no regresó completa. Uno de los carros había sido arrastrado por el río. Los barriles de aceite se habían perdido casi en su totalidad. El resto había sido salvado apenas, empapado, con daños. Cuando el informe llegó, Violeta sintió algo raro: No sorpresa. Certeza. El tesorero no alzó la voz. No fue dramático. Eso lo hizo peor. —Mi Luna… no es suficiente. Violeta cerró los ojos. —¿Cuánto perdimos? —Más de la mitad. Silencio. —¿Heridos? —No en la caravana. Violeta exhaló. Un alivio pequeño… que duró segundos. —Pero anoche —añadió el tesorero— una patrulla tuvo que retirarse antes por falta de iluminación. Uno de los jóvenes cayó en un sendero. Violeta levantó la mirada de golpe. —¿Murió? —No. Pero la herida fue seria. El silencio que siguió no fue teatral. Fue pesado. El tesorero bajó la cabeza. —La manada entiende que fue un accidente. Violeta respondió con voz baja: —No lo fue. Porque los accidentes no nacen de decisiones conscientes. Este sí. La consecuencia invisible La manada no se rebeló. No murmuró en voz alta. Hizo algo peor. Anotó. Las lámparas se apagaban más temprano. Las patrullas reducían su alcance. Las madres cerraban puertas antes. No había odio. Había evaluación. Violeta caminaba por los patios y lo sentía. El peso. No de la corona. De la responsabilidad real. Malva entra en escena Malva no pidió permiso. Entró con el rostro tenso, los labios apretados, los ojos brillando de disgusto. —¿Sabes lo que dicen? —preguntó sin saludo. Violeta no levantó la vista del pergamino. —Dilo tú. —Que intentas jugar a ser algo que no eres. Violeta respiró hondo. —Cometí un error. Malva soltó una risa corta. —Celeste jamás lo habría cometido. Ahí estaba. El cuchillo. —Celeste no está —dijo Violeta. —Exacto —respondió Malva—. Y tú tampoco deberías estar aquí. Violeta levantó la mirada lentamente. No había lágrimas. —No me iré. Malva se quedó rígida. —Este camino no es para ti. —Tal vez —respondió Violeta—. Pero ahora es mío. Malva negó con la cabeza, disgustada, casi furiosa. —Te estás destruyendo. Violeta habló con una calma nueva: —No. Me estoy formando. Malva no respondió. Salió con el mismo desagrado con el que había entrado. El peso completo Esa noche, Violeta no durmió. No por rabia. Por culpa. Pensó en el joven herido. En el carro perdido. En el río crecido. Pensó en la decisión tomada por miedo al juicio. Y entendió algo que Celeste siempre había sabido: Gobernar no es decidir rápido. Gobernar es decidir bien, aunque te juzguen. Tomó el ábaco. No con rabia. Con respeto. —Nunca más por miedo —susurró. Y lo escribió. La noche después del informe fue más larga que el invierno. Violeta no encendió flores para llenar el cuarto de perfume. No abrió las ventanas para que entrara aire fresco. No pidió música ni compañía. Se sentó frente al escritorio, con el mapa extendido y el ábaco a un lado, y dejó que el silencio hiciera lo que nadie más podía hacer: obligarla a quedarse. El error ya no era un temor. Era un hecho. Y lo peor no era la pérdida del aceite. Era saber que la decisión había sido tomada para no parecer débil. No para proteger a la manada. Esa diferencia la quemaba. La mañana que cambió la manera de mirarla Al amanecer, Violeta no esperó a que la llamaran. Convocó al consejo ella misma. No al salón grande. A la sala de trabajo. El lugar donde se veían los mapas, no los estandartes. Cuando entraron el tesorero, el líder de patrullas, la jefa de sanadores y dos ancianos de la manada, notaron algo de inmediato: Violeta no llevaba flores. Llevaba pergaminos. Se puso de pie. No sonrió. No suavizó la voz. —Fallé —dijo. El silencio fue total. No era costumbre que una Luna empezara una reunión así. Violeta continuó: —Elegí la ruta rápida por miedo a la escasez inmediata. No valoré lo suficiente el riesgo del río. Nadie la interrumpió. —La pérdida de aceite y la reducción de iluminación fueron consecuencia directa de esa decisión. El líder de patrullas, el mismo que días antes le había pedido constancia, habló con cuidado: —Mi Luna… la manada entiende que las decisiones se toman con información incompleta. Violeta negó suavemente. —Eso no quita mi responsabilidad. Esa frase cambió algo en la sala. No era un discurso. Era aceptación. Y la aceptación pesa. La nueva regla Violeta desenrolló otro pergamino. —Desde hoy, ninguna compra urgente se realizará sin evaluación de riesgo en dos rutas alternativas. Señaló el mapa. —Si una ruta es rápida pero inestable, y otra es lenta pero segura, la decisión deberá considerar el impacto de la pérdida, no solo el tiempo. El tesorero levantó la vista. —¿Prefiere retraso a riesgo? —Prefiero demora a pérdida —corrigió Violeta—. La prisa nos costó más que la espera. Los ancianos asintieron. No con entusiasmo. Con reconocimiento. Eso era nuevo. La visita que no podía evitar Después del consejo, Violeta fue a la enfermería. No con escolta. No con protocolo. El joven lobo herido estaba sentado, con el tobillo vendado y el ceño fruncido por el dolor. Cuando la vio, intentó incorporarse. —Mi Luna— —No —dijo ella suavemente—. Quédate. Se sentó frente a él. El silencio entre ambos era incómodo. —Lamento lo que ocurrió —dijo Violeta. El joven bajó la mirada. —No fue su culpa. La noche estaba oscura. —Estaba oscura porque no había aceite suficiente. Él no respondió. Porque sabía que era verdad. —Aprendí de esto —continuó ella—. No servirá de consuelo para tu tobillo, pero evitará que otro caiga. El joven la miró con algo nuevo en los ojos. No compasión. No admiración. Respeto en construcción. Malva no acepta el cambio Malva observaba desde lejos. No le gustaba lo que veía. No era el error. Era la reacción. Cuando encontró a Violeta en el corredor más tarde, su tono fue bajo pero cortante. —No debiste admitirlo. Violeta no se detuvo. —Debía hacerlo. —Las Lunas no muestran debilidad. Violeta giró apenas la cabeza. —Las Lunas que no admiten errores los repiten. Malva apretó los labios. —Estás dejando que te vean humana. —Lo soy. Malva se quedó en silencio un segundo, como si esa respuesta la irritara más que cualquier desafío. —Te estás alejando de lo que te hacía fuerte. Violeta la miró con una serenidad nueva. —No. Estoy dejando de ser frágil. Malva no respondió. Pero su disgusto ya no era solo personal. Era político. Stefan presencia el cambio Stefan había escuchado sobre la reunión. Sobre la visita a la enfermería. Sobre la nueva regla de rutas. No era amor lo que sentía al observarla. Era algo más complejo. Respeto cauteloso. La Violeta que había aceptado ser Luna por posición… estaba empezando a ser Luna por función. Y eso alteraba el equilibrio de todo lo que él creía fijo. El cuaderno de Violeta Esa noche, Violeta abrió un cuaderno nuevo. No el de Celeste. Uno propio. Escribió: “Error 1: decisión tomada por miedo a parecer débil. Consecuencia: pérdida de suministros y herido. Lección: la seguridad es más importante que la rapidez.” Miró la página un momento. No era elegante. No era poética. Era útil. Y por primera vez, eso la hizo sentir algo parecido a orgullo. No orgullo de brillar. Orgullo de sostener.
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