En el Templo de la Santa Elemental, la piedra escuchaba. No era una idea poética. Era una regla antigua. Las paredes guardaban el eco como si lo filtraran, y el aire cargaba las palabras con una gravedad extraña, como si cada frase se convirtiera en una promesa o en una condena. Al amanecer, la ceremonia de pan y medicina había terminado con la misma sobriedad con la que comenzó. Sin música. Sin campanas. Sin los gestos teatrales que tanto le gustaban a los nobles cuando querían parecer “buenos”. Los pobres se habían ido con los brazos llenos, con frascos bien cerrados y pan real —no sobras—, con la vergüenza curada en parte por el modo en que Aurora y Celeste los habían tratado: sin lástima y sin humillación. En el templo, incluso la caridad tenía un principio: la misericordia no

