Capítulo 9 — La Santa no Bendice el Engaño

1903 Words
El camino hacia el Templo de la Santa Elemental no era un viaje. Era una confesión. Los carruajes avanzaban por la montaña con un ritmo solemne, como si la tierra misma exigiera respeto. La niebla rodeaba los árboles, y el aire —aunque no hacía verdadero frío— estaba cargado de una sensación antigua, como si el mundo recordara un nombre que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. Rosenthal. Celeste iba sentada, recta, con las manos cruzadas sobre el regazo. La corona no estaba puesta: no por humildad, sino por control. No mostrar poder en un lugar sagrado era una forma de inteligencia. Al lado de ella, Cassian permanecía en silencio. No como un amante. Como un depredador que entra a un templo y decide no morder. Celeste lo sintió de inmediato: Cassian no creía en la fe, pero sí creía en el peso del símbolo. Y aquel templo… era el símbolo más peligroso de su linaje. A través del vidrio, la montaña se elevaba como un altar. Celeste escuchó los cascos de los caballos, el crujido de las ruedas, el murmullo del viento. —No es la primera vez que vienes aquí —dijo Cassian al fin, sin mirarla. Celeste respondió con calma: —No. Cassian ladeó el rostro hacia ella, los ojos rojos encendidos con esa curiosidad que nunca descansaba. —Pero esta vez… vienes como Luna del Reino Carmesí. Celeste sostuvo la mirada. —Y eso lo cambia todo. Cassian sonrió apenas. —Eso lo vuelve interesante. Celeste no le devolvió la sonrisa. Solo respiró despacio, porque el templo ya se acercaba. Y lo que ocurría allí… no era un espectáculo. Era un juicio. 🌈 La comitiva Rosenthal: padre, madres y dos hijas Cuando los carruajes se detuvieron en la base del templo, el silencio fue inmediato. Como si el mundo se hubiera inclinado. El Templo de la Santa Elemental estaba construido en piedra blanca, antigua, sin adornos excesivos. No era hermoso de forma delicada. Era hermoso como una sentencia. La niebla se abría alrededor, y la entrada parecía la boca de una criatura que tragaba verdades. Los sacerdotes esperaban. No sonrientes. No temerosos. Solo… impasibles. Porque el templo no respetaba reyes, ni alfas, ni dinero. Solo respetaba el linaje. Y la verdad. El padre Rosenthal bajó primero del carruaje principal. Un hombre alto, de mirada orgullosa, vestido con la elegancia de quien cree que el mundo le debe algo. Su rostro era atractivo, sí, pero era un atractivo peligroso: el de un hombre que colecciona obediencias. A su lado descendió la Señora Principal. La madre de crianza de Celeste. Su porte era impecable, frío, refinado. No caminaba: avanzaba como una mujer que nació para sostener un apellido. Luego descendió la concubina favorita. La madre de crianza de Violeta. Bella, suave, perfumada, con una sonrisa calculada que parecía maternal… pero tenía el brillo de lo interesado. Su mirada no sostenía. Su mirada seducía. Y entonces bajaron ellas. Las Rosenthal. 🌈 Celeste. 🌈 Violeta. Ojos arcoíris iguales en origen… distintos en intención. A simple vista, cualquiera habría dicho: “son hermanas”. Pero el templo no veía simple vista. El templo veía esencia. Y allí se notó, incluso en cómo pisaban el suelo: Celeste caminaba como quien ya aprendió a cargar consecuencias. Violeta caminaba como quien aún espera ser salvada por la belleza. No era maldad. Era crianza. Y esa crianza estaba parada detrás de cada una como una sombra. La Señora Principal se ubicó discretamente detrás de Celeste, como una armadura silenciosa. La concubina favorita se ubicó detrás de Violeta, como una perfume protector. Dos madres. Dos estilos. Dos destinos. 🩸 Parejas actuales: lo que el mundo ya no puede ignorar Y entonces aparecieron ellos. Cassian Dravenhart se colocó al lado de Celeste. El contraste era brutal: Rey vampiro de ojos rojos + mujer de ojos arcoíris. Noche + aurora. Muerte eterna + sangre sagrada. Celeste no lo miró buscando amor. Cassian no la tocó buscando ternura. Pero aun así… se veían como poder. No romanticismo. Poder. Al otro lado, Stefan se colocó al lado de Violeta. Y ahí se notó la diferencia como una herida: Stefan estaba serio, pero su seriedad no era penitencia. Era incomodidad. La clase de incomodidad de alguien que sabe que este sitio lo reconoce… y lo condena. Violeta lo tocó apenas del brazo, como buscando calor. Stefan no la apartó. Pero tampoco la sostuvo. Y el templo, silencioso, lo registró. Celeste lo sintió sin mirar: Violeta aún intentaba sostener a Stefan desde el encanto. Pero el encanto no funciona en lugares sagrados. Solo funciona donde hay debilidad humana. 🕯️ Entrada: la Santa no recibe a cualquiera Los sacerdotes avanzaron. El mayor de ellos levantó una mano. —Rosenthal —dijo con voz grave. No dijo “Señor”. No dijo “Majestad”. En el templo, el apellido era la única corona. —Hoy vienen como linaje… y como elección. Una pausa. —Hoy vienen como prueba. Celeste sintió algo en el pecho. No miedo. Resonancia. Como si su sangre recordara. Cassian, a su lado, observaba con atención fría. Violeta tragó saliva. La concubina favorita le apretó la mano, susurrándole: —Sonríe, mi niña. Luz. Pero Violeta no pudo sonreír del todo. Porque en la entrada del templo… el aire se volvió pesado. No frío. Pesado. Como si cada mentira pesara el doble. El sacerdote indicó. —Pasen. Y pasaron. ❄️🌸 Dentro del templo: cada elemento escucha Dentro no había fuego. No había antorchas. No había calor decorativo. Solo velas blancas, y el eco de un lugar donde el mundo parece más viejo. En el altar principal, la estatua de la Santa Elemental dominaba: Una mujer de piedra con manos abiertas. No suplicaba. No abrazaba. No consolaba. Parecía decir: “yo no amo; yo juzgo.” A su alrededor, símbolos antiguos de los elementos: agua, fuego, viento, tierra, hielo. Celeste sintió el eco del hielo en su lengua. Violeta sintió el eco de la tierra en los dedos. Ninguna lo manifestó. Ninguna explotó en magia. Porque las Rosenthal podían pasar por normales… pero el templo nunca las dejaba olvidar lo que eran. Cassian miró la estatua como si mirara una enemiga. Stefan la miró como si mirara un espejo. Y allí, sin que nadie lo dijera, se notó el cambio: Antes era Celeste con Stefan, Violeta con Cassian. Ahora estaba invertido. Y el templo lo sabía. 🎭 La ceremonia: el altar obliga a ser sinceros El sacerdote habló: —La Santa Elemental no bendice belleza. —No bendice títulos. —No bendice conveniencia. Hizo una pausa. —La Santa bendice verdad. El padre Rosenthal se adelantó con orgullo controlado. —Mis hijas vienen a honrar el linaje. El sacerdote lo miró con una calma que humillaba. —El linaje no se honra con palabras. Una pausa. —Se honra con acciones. Celeste sintió una satisfacción fría. Violeta sintió un pinchazo incómodo. El sacerdote indicó la primera ofrenda. —Rosenthal mayor, ofrezca. El padre Rosenthal colocó una joya antigua: un símbolo de riqueza, poder, control. El templo no reaccionó. Como si dijera: el oro no me impresiona. Luego el sacerdote indicó: —Las madres. La Señora Principal colocó un libro sellado. El templo pareció respirar. Un murmullo de viento recorrió las columnas, apenas perceptible. Celeste entendió el mensaje: el templo reconocía el valor de la disciplina. La concubina favorita colocó flores exóticas. Hermosas. Perfectas. El templo… no reaccionó. Y ese silencio fue un insulto. Violeta sintió la humillación como un calor incómodo en la garganta. 🌈 Las hijas Rosenthal: iguales en sangre, diferentes en forma El sacerdote levantó la mano hacia Celeste. —Primera hija. Celeste avanzó. No con orgullo. Con serenidad. Colocó su ofrenda: un texto antiguo, copiado a mano, con cuentas, genealogías, y un poema de la Santa. Fue simple. Fue erudito. Fue verdad. El templo respondió: Una ráfaga de aire helado cruzó el altar y apagó tres velas. Nada dramático. Nada explosivo. Solo una confirmación: la sangre reconocía a la sangre. Cassian observó, y por primera vez su curiosidad tuvo un filo más profundo. Como si estuviera viendo no solo a Celeste… sino al origen de lo que podía convertirla en Reina real. El sacerdote llamó a Violeta. —Segunda hija. Violeta avanzó con gracia. Con belleza. Con encanto. Colocó su ofrenda: semillas sagradas, tierra rica y flores vivas. Y esta vez… el templo sí reaccionó. No con aplauso. Con juicio. La tierra debajo del altar se abrió apenas. Como una grieta mínima. Y de ahí salió una flor blanca. Pero su tallo tenía espinas negras. Violeta tragó saliva. El templo no la rechazaba. La advertía. “tu belleza no basta; tu esencia es peligrosa.” 🩸 Las parejas actuales ofrecen: sin amor, con destino El sacerdote miró a Cassian. —Rey vampiro. Ofrezca. Cassian avanzó. Ni siquiera fingió devoción. Colocó una copa roja. La misma ofrenda antigua de su juventud. Y por primera vez… el templo reaccionó a él. Un susurro recorrió la piedra. No aprobación. No bendición. Solo reconocimiento. Como si la Santa dijera: “te veo. no te temo. pero te veo.” Cassian levantó la mirada, intrigado. El sacerdote lo observó. —Usted no cree. Cassian respondió: —No. El sacerdote asintió. —Y aun así, está aquí. Cassian dijo con honestidad brutal: —Porque ella es importante. Y esa frase no era amor. Era verdad política. Celeste lo miró apenas de reojo. Sin emoción. Pero la frase se guardó en su pecho como un dato. Luego el sacerdote miró a Stefan. —Heredero de la manada. Ofrezca. Stefan avanzó. Colocó una daga ceremonial. La piedra del altar… se enfrió. No heló la habitación, no explotó. Solo enfrió la daga. Y un sonido pequeño, como un crujido, se oyó en la hoja. Como si el templo dijera: “el metal se rompe cuando miente.” Stefan palideció. Violeta apretó su brazo. El sacerdote habló: —El templo no castiga. El templo revela. Y esa frase cayó como sentencia. ❄️ Final: el templo marca el futuro Al salir del templo, la niebla era más densa. Celeste caminó al lado de Cassian. Sin abrazos. Sin “mi amor”. Solo poder compartido y vigilancia mutua. Cassian dijo, bajo, como confesión: —Tu sangre no es bonita. Celeste lo miró. —Es peligrosa. Cassian sonrió apenas. —Exacto. Al otro lado, Violeta caminó junto a Stefan. Su madre concubina susurraba cosas de consuelo. La Señora Principal no decía nada. Solo miraba a Celeste… con orgullo silencioso. Y entonces Violeta se giró, incapaz de contenerlo. Miró a Celeste. Miró a Cassian. Y recordó, como si el templo le hubiera abierto la herida: antes era distinto. Antes la flor caminaba con el vampiro. Antes la nieve caminaba con el lobo. Ahora estaba invertido. Y el destino, esa noche, parecía susurrar: la inversión no fue un accidente. fue castigo. Celeste, sin mirar atrás, dijo algo que solo Cassian escuchó: —La Santa ya decidió. Cassian respondió: —No. Una pausa. —La Santa solo pesa. Celeste caminó, y el aire alrededor pareció bajar un grado. —Entonces que pese todo lo que quiera. Cassian sonrió. —Eso es lo que me interesa de ti, Celeste Rosenthal. Celeste no respondió. Porque no era amor lo que los unía. Era una alianza. Y el templo acababa de confirmarlo: La Santa Elemental no bendice el engaño. Bendice lo inevitable.
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