El Reino Carmesí no conocía el reposo.
La noche no era silencio: era estructura. Antorchas rojas ardiendo como si el fuego estuviera castigado a no apagarse, guardias recorriendo pasillos con pasos calculados, nobles murmurando detrás de sonrisas educadas.
Todo en aquel reino parecía diseñado para una sola verdad:
sobrevive el que controla.
Celeste Rosenthal caminaba por los corredores como si esa verdad le resultara familiar.
No porque el Reino Carmesí le perteneciera todavía…
sino porque el dolor le había enseñado lo mismo.
La corte hablaba de ella como un invierno encarnado. Como una criatura que podía congelar un reino si respiraba con rabia. Como un presagio.
Pero Celeste no era una tormenta constante.
La mayoría del tiempo podía pasar por normal.
Eso era lo que no comprendían.
Celeste podía reír apenas. Podía leer. Podía escuchar. Podía estar quieta.
Podía parecer una mujer común con ojos arcoíris.
Y sin embargo, debajo de esa apariencia, vivía el verdadero poder de los Rosenthal:
la capacidad de volverse inevitables.
Llegó a su cámara, cerró la puerta, y dejó la corona sobre la mesa.
Era un alivio pequeño, breve.
Como respirar antes de volver a contener el aire.
Se acercó al ventanal y miró la ciudad: torres negras, puentes de piedra, niebla carmesí extendida como un velo.
La presencia llegó antes que la voz.
Cassian Dravenhart.
Celeste no se giró de inmediato.
—Tu reino —dijo Celeste con calma— no descansa.
—Descansar —respondió Cassian— es una forma lenta de morir.
Celeste giró.
Cassian estaba allí, impecable, sin corona, porque la corona no era un objeto: era él.
Ojos rojos. Quietud de depredador. Un rostro que parecía tallado por un escultor que jamás conoció la ternura.
Celeste sostuvo su mirada sin bajar la vista.
—¿Vienes a comprobar que sigo aquí?
Cassian ladeó la cabeza.
—Vengo a comprender qué traje a mi trono.
Celeste soltó una risa baja, sin alegría.
—Suena romántico.
Cassian respondió sin pestañear:
—No lo es.
Esa frase definía su relación.
Nada de promesas dulces.
Nada de “te cuidaré porque te amo”.
Solo un pacto silencioso, y el peso del destino.
Celeste cruzó los brazos.
—No te amo, Cassian.
—No lo espero.
—Entonces dime lo que quieres.
Cassian habló como rey, sin máscara:
—Una Reina que no se rompa.
—Una Luna capaz de soportar la corte.
—Una mujer que comprenda que el trono no es un altar, sino un campo de guerra.
Celeste lo escuchó como si esas palabras fueran simples reglas.
—Y tú —dijo Celeste— necesitas que yo sea una muralla.
Cassian dio un paso lento.
—Necesito más que eso.
Celeste alzó una ceja.
—¿Qué más?
Cassian sostuvo su mirada.
—Necesito entenderte.
Celeste sonrió apenas.
—Eso sí suena peligroso.
Cassian devolvió una sonrisa mínima.
—Lo es.
“Las Rosenthal”: curiosidad y hambre
Cassian caminó hacia la corona sobre la mesa y la observó sin tocarla.
—Hay algo en ustedes… —murmuró— que el mundo no sabe nombrar bien.
Celeste no fingió ignorancia.
—Las Rosenthal.
Cassian la miró.
—Sí.
Celeste respiró una sola vez.
—Somos descendientes de la Santa.
Los ojos rojos de Cassian brillaron con interés real.
—¿Confirmas entonces?
Celeste asintió.
—Por mi padre.
Cassian se acercó un poco más, como si esa frase abriera una puerta.
—Entonces Violeta también…
Celeste lo afirmó con firmeza, con claridad absoluta:
—También.
Una pausa.
—Violeta y yo compartimos el mismo linaje. Somos iguales en eso.
Cassian pareció complacido.
—La Santa… ¿qué era exactamente?
Celeste levantó la barbilla.
—Una Santa Elemental.
Cassian frunció el ceño, intrigado.
—¿Elemental?
Celeste no dudó.
—Todos los elementos.
Cassian repitió con lentitud, como si saboreara el concepto:
—Fuego… agua… tierra… viento… hielo…
Celeste asintió.
—Para ella no estaban separados. Eran parte de una misma voluntad.
Cassian soltó una exhalación lenta.
—Eso es raro.
Celeste corrigió, tajante:
—Eso es sagrado.
Cassian sonrió con filo.
—En mi reino, lo sagrado suele ser un arma.
Celeste lo miró.
—Entonces entiendes por qué existimos.
Cassian sostuvo el silencio… y luego dejó salir la frase con una honestidad brutal:
—Por eso te quiero cerca.
Celeste ladeó la cabeza.
—¿Como esposa?
Cassian negó, sin suavizarlo.
—Como llave.
Celeste soltó una risa breve.
—No sé qué es peor.
Cassian respondió:
—No fingiré amor.
Celeste lo miró fijo.
—Gracias.
Cassian inclinó la cabeza apenas.
—No lo hago por bondad.
—Lo haces porque eres honesto.
Cassian corrigió:
—Lo hago porque soy eficiente.
Celeste sonrió.
—Me gusta esa eficiencia.
Dos crianzas: una para sostener, otra para brillar
Celeste se sentó en el borde de un sillón. Cassian siguió de pie.
—El linaje no lo es todo —dijo Celeste—.
Cassian esperó.
Celeste continuó, con voz tranquila:
—Mi padre tuvo una esposa principal. La Señora Principal.
Cassian murmuró:
—La que cría herederos.
Celeste asintió.
—Ella me crió a mí.
Cassian levantó una ceja.
Celeste enumeró como si recitara un plan de guerra:
—Cuentas.
—Literatura.
—Historia.
—Administración.
—Política.
—Lenguas antiguas.
Cassian murmuró, aprobando:
—Erudita.
Celeste lo miró.
—Me criaron para sostener.
Cassian sonrió apenas.
—Por eso no tiemblas.
Celeste bajó la mirada un segundo.
—Yo temblé.
Una pausa.
—Antes.
Cassian no comentó. Solo escuchó.
Celeste siguió:
—A Violeta la crió la concubina favorita.
Cassian ya había entendido la forma del destino.
—Y le enseñó…
Celeste lo dijo sin crueldad, pero con verdad:
—Encanto.
—Seducción.
—Cómo agradar.
—Cómo ser elegida.
Cassian murmuró:
—Poder prestado.
Celeste asintió.
—Depende de que te elijan.
Cassian dejó escapar una risa baja.
—Y tu poder…
Celeste completó:
—No depende de nadie.
Cassian la observó con hambre contenida.
—Eso te hace más compatible conmigo que cualquier otra mujer.
Celeste lo miró con frialdad elegante.
—No confundas compatibilidad con amor.
Cassian sonrió, divertido.
—No insultes mi inteligencia.
🕯️ El Templo de la Santa Elemental: cuando el destino todavía parecía simple
Cassian habló con calma:
—Háblame del templo.
Celeste tardó un segundo.
Pero luego aceptó.
Porque Cassian no pedía recuerdos por ternura.
Los pedía por estrategia.
Celeste miró el fuego… y el fuego le devolvió piedra blanca.
—Fuimos una vez —dijo— como familia.
La comitiva Rosenthal subió una montaña envuelta en niebla. Guardias, cofres con ofrendas, banderas ondeando como promesas.
El templo era blanco, frío, perfecto. Un frío distinto al clima: un frío sagrado, como si la montaña entera estuviera conteniendo el aliento.
En el altar, la estatua de la Santa Elemental: manos abiertas, rostro sereno, y alrededor símbolos de todos los elementos tallados como juramento.
Aquel día, detrás de sus padres, caminaron las dos hermanas con sus parejas de entonces:
Celeste con Stefan.
El heredero joven, orgulloso, fuerte. Stefan le sostenía la mano en público con esa posesión suave que parece protección. Celeste confundía eso con destino.
Violeta con Cassian.
Cassian era príncipe entonces. Silencioso. Observador. Violeta brillaba a su lado como primavera. Y Cassian… Cassian no la miraba como un enamorado. La miraba como se mira una joya: bella, valiosa… intercambiable.
Celeste recordó el momento en que Cassian —sin querer— miró a Celeste en el templo.
Solo un segundo.
Pero Celeste lo sintió como si la Santa misma le hubiera rozado la nuca.
El altar exigió ofrendas.
Celeste dejó un libro de cuentas y un poema antiguo (la Señora Principal la entrenaba incluso en lo sagrado).
Stefan dejó una daga ceremonial, brillante y teatral.
Violeta dejó flores perfectas, escogidas para impresionar.
Cassian dejó una copa roja, sin explicación, como si hablara un idioma antiguo con la Santa.
El sacerdote pronunció palabras que Celeste jamás olvidó:
“La Santa Elemental no bendice belleza.
Bendice verdad.”
Luego marcó a las Rosenthal con agua helada en la frente.
Y declaró:
“El linaje es uno.
La crianza lo moldea.
El destino lo prueba.”
Celeste sintió el peso.
Violeta sonrió nerviosa.
Stefan sonrió como si ya fuera dueño del futuro.
Cassian… no sonrió.
Cassian miró el templo como si entendiera algo que nadie más entendía.
Y Celeste creyó que todo estaba escrito.
No sabía que el destino, cuando quiere castigar…
invierte.
Presente: un contrato vivo entre Celeste y Cassian
Celeste salió del recuerdo.
Cassian seguía allí, escuchando con atención absoluta.
—Así que Stefan era tu pareja.
Celeste lo miró.
—Sí.
Cassian murmuró:
—Y Violeta era la mía.
Celeste sostuvo el silencio.
Cassian sonrió apenas.
—Ahora lo entiendo.
Celeste alzó una ceja.
—¿Qué entiendes?
Cassian se acercó un paso.
—Que el destino no te trajo a mí por romance.
Una pausa.
—Te trajo por equilibrio.
Celeste respiró despacio.
—Entonces esto…
Cassian completó:
—Es necesario.
Celeste respondió con calma glacial:
—Bien.
Cassian la miró con esa curiosidad depredadora:
—No te amo, Celeste.
Celeste no se ofendió.
—Yo tampoco.
Cassian dijo:
—Pero empiezo a pensar que eso es lo que lo hace funcionar.
Celeste lo miró sin sonrisa.
—El amor vuelve estúpidos a los reyes.
Cassian soltó una risa baja.
—Por fin una Luna sensata.
🌸 La noticia: Violeta vuelve al hogar
Un golpe suave en la puerta.
Un sirviente.
—Mi Luna… mensaje desde la frontera.
Celeste recibió el pergamino. Lo abrió. Lo leyó.
Cassian supo sin preguntar.
—Violeta.
Celeste cerró el sello.
—Sí.
Cassian la observó.
—¿Quieres que esté presente cuando llegue?
Celeste pensó un segundo.
Estrategia.
Seguridad.
Control.
—Sí —dijo.
Cassian sonrió apenas.
—Perfecto.
Celeste se puso la corona.
No por vanidad.
Por símbolo.
Porque Violeta debía ver lo que Celeste ya era:
Reina.
Y Celeste murmuró, como sentencia:
—Ella vuelve al hogar.
Cassian inclinó la cabeza.
—¿Hogar?
Celeste respondió:
—El lugar donde se paga todo.
Final del capítulo: Violeta intenta revivir el templo
Horas después, el Gran Salón estaba dispuesto como tribunal. La corte olía drama como sangre.
Violeta entró al centro, desarmada, hermosa incluso en derrota.
Cuando vio a Celeste, sus ojos arcoíris se llenaron de lágrimas.
—Celeste…
Celeste se detuvo a distancia.
No corrió.
No tembló.
No se ablandó.
Y dijo, con voz glacial:
—¿De nuevo aquí? Pensé que te habías ido a tu manada.
Violeta tragó saliva.
—Yo vine porque… porque…
Celeste ladeó la cabeza.
—Porque te pesa.
Violeta tembló.
Y entonces jugó su carta más peligrosa:
la nostalgia.
—Celeste… ¿recuerdas el templo?
El aire cambió.
Celeste no lo mostró, pero Cassian sí prestó atención.
Violeta avanzó un paso, desesperada por una grieta.
—Fuimos con nuestros padres… con ellos…
Su voz se quebró.
—Tú ibas con Stefan… yo iba con Cassian…
¿te acuerdas?
—Éramos una familia.
Celeste la miró, inmóvil.
Y por un instante, la corte comprendió algo:
Celeste recordaba.
Pero el recuerdo ya no la gobernaba.
Celeste respondió con una calma que no era rabia.
Era conclusión.
—El templo no prometía amor.
Violeta lloró.
—Pero prometía destino…
Celeste inclinó la cabeza.
—Prometía pruebas.
Y su mirada arcoíris se volvió más fría.
—Y tú fallaste.
Silencio total.
Cassian observó a Violeta con indiferencia, luego a Celeste con esa curiosidad peligrosa que ya se estaba volviendo obsesión política.
Celeste había cambiado demasiado.
Y cuando se dio media vuelta…
la escarcha siguió sus pasos como si el palacio entero supiera quién mandaba en el frío.