Carla Esteban
— Pensé que no vendría. — Le hablo tratando de mantener la serenidad.
— ¿Porque no lo haría? — Su voz grave me eriza la piel.
— Pues quizá temas ser acosado, ya sabes, no es normal que una mujer... invite a un hombre...
— ¿Ibas a decir mayor o es mi impresión? — Sonrie y yo ruedo los ojos.
— La primera vez que me viste no pensaste que era mayor. — Recuerdo el día en que nos conocimos y sonrío complacida. Es gratificante saber que fui a esa fiesta a regañadientes ya que son aburridas y evito codearme con tanta gente, pero heme aquí con uno de los invitados sintiéndome tan pequeña y exitada.
— Bueno, con el paso de los días uno se fija en los detalles. — Comenta despreocupado.
— Como sea, estás aquí.
— Sí y estoy seguro que no es de negocios de lo que quieres hablar... — Mientras hablamos él se acerca un paso a la vez y miento si digo que no me siento intimidada pero no me muevo de mi lugar, ¿Debería retroceder? Quizás, pero no lo hago, no debo parecer débil ante él, yo soy una señora y él solo es muchachito; uno que camina decidido, seguro de sí mismo, imponente, guapo, muy guapo y me mira como sí quisiera traspasar mi carne, como si quisiera leer mi mente, como si quisiera devorarme con la mirada. Se acerca finalmente hasta mí y de un tirón rompe el escote de mi vestido, me sobresalto y él me toma por la cintura, mira mi pecho él cual queda expuesto y rozando con la fina tela de su traje hecho a la medida.
— No dije que quería hablar y mucho menos que fuera de negocios.
— Debes procurar estar presente en las llamadas que hacen tus empleados, asi sabras en que lios te menten.
— Hablando de meter... — Susurro. En ningún momento me quita la mirada, es como si tuviera todo planeado y justo de esto hablo cuando digo que es seguro de sí mismo, no titubea... no lo hace.
Luego de eso la química, las ganas y la pasión se volvieron burbujeantes, como una pastilla efervescente dentro del agua, simplemente esa efervescencia surgió de nosotros y nos dejamos ir con un beso apasionado, uno que debíamos darnos desde el primer momento pero en aquel entonces el control era dueño de nosotros caso diferente a hoy, aquí en esta habitación, en estas cuatro paredes las cuales son las únicas que nos contienen. Debo admitir que me deje ir ¡Dios mío! Como deseaba un buen polvo, uno como este que me están dando justo ahora. El chico sabe hacer lo suyo y come con hambre, con necesidad, con deseo y me encanta, no me da tregua en ningún momento, me hace sentir bien, se enfoca en mí, en atenderme y yo solo disfruto del momento, es mío; necesitaba esto y se nota la manera en la que lo estoy disfrutando, en la que mis gritos salen de mí y espero no estén traspasando la murallas que nos rodean, ¡Es increíble! Nuestros cuerpos chapotean, un ruido absolutamente excitante, uno que hace que no me detenga, que quiera más, que quiera seguirlo escuchando, las paredes de mi v****a se contraen una y otra vez mientras soy penetrada y partida en dos por este espécimen.
Juro que nunca me arrepentiré de haber hecho esta cita, jamás...
La faena termina dejandome agotada. Me arreglo y él se queda en la cama, voy a baño y al regresar está en ropa interior sentado en la cama con su celular distraído, -Suspiro, no es como que quiera irme, pero debo hacerlo, así que tomo la palabra para despedirme no sin antes señalarle un par de cosas.
— Máximo, ¿Puedes ponerme atención? — Me mira y le doy una leve sonrisa. —Máximo, no tengo deseos de compartirle a nadie sobre este encuentro y quiero que por favor tú tampoco lo hagas, quiero que sea un secreto entre los dos, sin secretarios, ni asistentes, ni guardias de seguridad, ni nada. Tú sabes un poco de mí, yo sé lo necesario de ti y es todo, por favor sin involucrarnos...
— ¿Acabas de decir, sin involucrarnos? Creo que tener sexo es involucrarse y mucho señora misteriosa. — Me quedo sería y él sonrie, esa hermosa sonrisa que lo hace ver tan tierno.
— Nada, solo no voy a estar especulando mi vida s****l por ahí, soy una mujer intachable y no voy a ensuciar mi reputación por un polvo, ¿Entiendes?
— Uiis, te pusiste agresiva. — Levanta las manos y se levanta de la cama. Dejándome ver su cuerpo fuerte y bien marcado. Es todo un bombón sexy.
— Solo estoy siendo sincera. Necesito que entiendas...
— Entiendo perfectamente. No te preocupes, se harán las cosas como tú dices, sin secretarios, sin seguridad, sin nada, solo tú y yo. Tranquila, tampoco creo que me convenga ahorita publicar cosas que no son nada. — Sé encoge de hombros.
— No lo veas de esa manera.
— Lo veo como lo veo, como lo que es...
— Tranquilo, bien. — Me acerco a él y dejo un beso en su barba. — Entonces está de más decir que quiero volver a verte.
— ¿Estás diciendo que soy un buen polvo?
— No seas tan creído, solo quiero hacerlo y ya.
— No tienes que admitirlo y sí, yo también quiero repetir señora bonita. — Me toma de la cintura y me planta un beso que me deja sin aliento.
— Hasta luego. — Me despido finalmente y con una sonrisa en mi rostro salgo de esa habitación sintiéndome absolutamente renovada, tan relajada como si caminara sobre las nubes. No se que es más relajante que eso, sentirse como caminar sobre una esponjosita nube... creo que nada lo arruinará o quizás sí.
Llegar a la abrumadoramente bella mansión de mi esposo y ver su cara de enfermo me enerva, me recuerda mi vida de mierda tratando de buscar incansable mente un amor, un intento fallido. Creo que la única buena cosa que me ha pasado desde que llegué a esta ciudad fue conocer a ese lindo chico y sí, soy una mujer casada, una infelizmente casada con un hombre poderoso, mentiroso, cruel, uno que me mintió sobre quién era realmente, con mil amantes por el mundo y que además me ocultaba una enfermedad terminal, ¿Pueden creer?
Salgo del hotel y el chalé trae mi auto. Subo y evito a toda costa el camino hacia casa. En cambio, decido dirigirme a mi oficina. Necesito despejarme, olvidar. Aunque estoy relajada, en serio, no quiero que nada arruine mi calma.
Pueden pensar que soy una insensible por no estar junto a mi esposo en el hospital. Pero no me siento culpable, ¿saben por qué? Porque él estaba muy tranquilo antes de que me enterara. ¿Qué pensaba? ¿Que nunca nadie me lo iba a decir? ¿Quién se duele por mí? ¿Quién?
Esto no era un acuerdo matrimonial para la sociedad. Esto era un supuesto amor. Y solo por eso duele aún mucho más. Puedo parecer una ridícula, pero sí quiero encontrar el amor. Es un deseo legítimo, y no voy a permitir que nadie me haga sentir menos por ello.
Así que hoy, en mi oficina, me dedicaré a mí misma. A encontrar mi paz interior y a trazar el camino hacia lo que realmente quiero en la vida. Estoy decidida a encontrar el amor verdadero, y no descansaré hasta lograrlo.
Llego a mi oficina, ubicada en un lujoso edificio de la ciudad de Nueva York, y saludo a mi secretaria, quien parece ponerse incómoda al verme. Noto la tensión en el ambiente, pero decido ignorarla por el momento. Me encamino hacia la puerta de mi despacho y giro la manecilla, esperando encontrarme con un día de trabajo normal.
Sin embargo, al abrir la puerta, me encuentro con una escena que me deja atónita. Mi asistente personal está en una situación comprometedora con un hombre, a quien identifico de inmediato como el chofer. La vergüenza y la incredulidad se apoderan de mí mientras observo la escena ante mis ojos.
No puedo evitar sentirme traicionada y decepcionada por la falta de profesionalismo de mi asistente. La confianza que había depositado en ella se ve sacudida por esta revelación inesperada y no es que me moleste que folle, es que ¿Cómo se le ocurre mi oficina? Respiro profundamente, tratando de procesar lo que estoy viendo y decidiendo cómo abordar esta situación delicada.
— ¿Qué significa esto? — Pregunto un poco alterada y ellos rápidamente empiezan a acomodar sus ropas.
— No espero que me expliquen, solo largo. — Enfatizo mirando al hombre y este sale despavorido.
— Parece que no te fue bien.
— No te importa cómo me fue. Lo que si me parece es que tienes un fetiche con mis oficinas, te quieres tirar a todas tus conquistas allí. ¡Deja el vicio! — Ríe a carcajadas y sale de la oficina, me dejo caer en mi silla y miro hacia el ventanal con vista a la ciudad con una sonrisa gigante para luego suspirar pensando en mi musculoso desayuno.