Una mañana, Karen salió a caminar, y como era habitual, terminó haciendo compras. Al entrar al apartamento, un aroma a café la sorprendió; ya eran más de las once de la mañana. A paso rápido se dirigió a la pequeña cocina, donde encontró a Deivis Martínez tomando café en compañía de Elvis, sentado en la barra. —¡Hola! Qué sorpresa —saludó, dejando las bolsas sobre la mesa del desayuno, que en ese apartamento servía para todo. —Hola, Karen. Disculpa por venir sin avisar, pero como no has vuelto por el pueblo en estos días, quise saber cómo estabas. —Muy gentil de tu parte. ¿Quieres comer algo? Traje carne, pollo... Elvis cocina delicioso —respondió sin mirarlo, sacando todo de las bolsas como la compradora compulsiva que era. Entonces, la mano de Deivis tocó su hombro. Sus palabras sali

