Con el cuerpo adormecido tras horas de besos y caricias, llegó lo inevitable: los reclamos. —Karen —dijo él con voz dolida—, pasé noches en vela preguntándome si aún pensabas en nosotros. Caminabas por este pueblo como un fantasma, mientras yo vivÃa aquà con el corazón vacÃo. Y ahora estás aquÃ... y no sé cómo actuar. —No pienses en eso ahora —respondió ella, intentando evadir el tema—. Disfrutemos el momento. Ya habrá tiempo para eso, como dijiste tú. Pero sus palabras no surtieron efecto. Él necesitaba hablar, desahogarse. —¿Crees que sólo tú sufriste? Yo también. Y fue peor, porque estaba encerrado, añorando tu calor, llorando por cuidarte. Y tú… tú te fuiste con Joel Quiñones. Al escuchar ese nombre salir de sus labios, Karen se incorporó de inmediato. HabÃa pronunciado el nombre

