Joel se sentaba en una silla de hierro forjado, el respaldo inclinado hacia atrás, la mirada apagada en algún punto invisible del comedor. Frente a él, su madre masticaba con la precisión de una reina que comanda su reino incluso mientras degusta un trozo de carne asada y verduras al vapor. VestÃa un chándal gris, unas zapatillas blancas impecables y el cabello recogido en un moño severo que no permitÃa imaginar ni una pizca de debilidad en su cuerpo esbelto. HabÃa en ella una mezcla letal de poder y belleza. Una mujer que no pedÃa permiso para gobernar, simplemente lo hacÃa. —¿Entonces, cuándo quieres que salga por la mercancÃa? —preguntó Joel sin levantar la voz. —El jueves te enviaré con Rodolfo —respondió ella, cortando un trozo de zanahoria—. Es buen tirador. Karen observaba todo d

