Leila —“Tanto correr y aquí estás, pagarás por lo que les ha hecho a los míos.” —“¿No vas a hablar?” No esperaba menos. Pero, nadie te va a venir a buscar. Estar solo es una bendición, pero también una maldición que pasa factura: el precio de la soberbia. Nadie te va a encontrar. —¡Leila! ¡Leila! Mi nombre se escucha a lo lejos como un susurro. —¡Leila, despierta! Seguí la voz que me llamaba con tanta insistencia, dejando las sombras detrás de mí. —¡Leila! —No grites, — susurré —. ¿Qué sucede? Enfoque mi mirada, me sentía anestesiada, débil y muy mareada. Terminé de orientarme para darme cuenta de que estaba en mi departamento con Samantha al frente de mí, con una expresión de preocupación que asusta. —¿Cómo no voy a gritar? Estás en el piso y llevas como quince minutos inconsc

