“Bueno, bueno, bueno”, es la palabra que repiten mis labios al escuchar la confesión de Michel a mi madre. Más que todo estoy atónita ante esas palabras, porque yo estaba en una especie de limbo con respecto a sus sentimientos a mí. Sabía que estaba enamorada de él como una adolescente, pero ¿qué él tenía esa clase de sentimientos hacia mí? No. Lo cual me dejó tan impactada que tuve que retirarme de mi tarea de espía e ir a resguardarme a mi habitación. Encerrada en esta, me senté en una de las sillas que tenía y sostuve mis manos sobre mi vientre hinchado. También aproveche para mirar por la ventana la algarabía de niños correteando abajo, a los adultos charlando y sobre todo, el reflejo que veía en el cristal de la ventana. Uno en el que se veían mis ojos mojados que tuve que limpiar.

