**ALONDRA** Pero antes de que pudiera articular palabra, Alexander la ignoró por completo. Como si ella fuera un mueble más de la oficina. —Siéntate, Alondra. Ya casi concluyo —me dijo con esa voz amable que me devolvió el aire a los pulmones y me recordó por qué estaba ahí. Me senté en una de las sillas frente a su escritorio, con la espalda recta y el corazón latiendo como si acabara de correr una maratón. Sentí que había entrado en una escena que no estaba escrita para mí, pero que él había decidido que yo protagonizara. Y eso me daba una satisfacción extraña, como ganar un premio que no sabías qué querías. Victoria no dijo nada más por un momento. Pero su silencio era más ruidoso que cualquier grito. Su postura rígida, sus labios apretados y esa mirada que me atravesaba lo decía

