**ALONDRA** Salí de la casa de Biby como si el aire me quemara en los pulmones, cada respiración era una llama que me avivaba la rabia y la impotencia. Mi corazón latía con fuerza en la garganta, mis manos temblaban sin control y los ojos se llenaron de lágrimas contenidas, de rabia que me empapaba la piel, que quería salir, gritar, romper algo. Pero no lloré. La furia me lo impedía. Verla así, tan rota, tan llena de miedo, tan convencida de que su vida ya no tenía sentido... era un golpe que me atravesaba el pecho. Y él, Alexander, tan tranquilo en su mundo, tan ausente, tan irresponsable — como si nada importara — disfrutando de su indiferencia, de su egoísmo. No podía quedarme inmóvil, inerte, siendo testigo de su silencio. No podía seguir consolando a Biby mientras él se escondía, es

