**ALEXANDER** Ahí estaban Elsa, mi hermana, y su esposo, sentados en el suelo de la sala, riendo y jugando bingo. Había fichas de colores esparcidas por el tapete, las tarjetas de cartón marcadas con pequeños círculos, y en la mesita de café, dos copas de vino con restos de espuma en los bordes. La luz tenue de la lámpara, el aroma a alegría simple y la calidez familiar contrastaban brutalmente con la tormenta que arremetía en mi interior. La escena parecía una burla cruel de lo que había experimentado esa noche. Sus rostros iluminados por la tranquilidad y la risa me atravesaron el alma. Sentí una punzada en el pecho, una mezcla de añoranza y tristeza. Esa paz que ellos disfrutaban, esa sencillez, era lo que yo anhelaba con Alondra. La paz que Marcus, con su actitud descontrolada, ha

