Cicatrices del pasado

2773 Words
Comenzaba a clarear cuando salí al establo. Todavía no había nadie. Solo el crujir de la madera bajo mis botas y el silencio espeso del campo antes del primer mugido. Tal como magnanimo capataz Kilian había ordenado el día anterior, me tocaba encargarme sola. El tono de su voz al decirmelo fue más que suficiente para incentivar a desafiarlo y demostrarle que sí puedo con esto. Sin quejas. Sin ayuda. Su mirada helada fue el elemento fundamental para dejar claro una vez más que no me quiere en estas tierras. Deslicé las puertas y el olor a estiércol seco y heno me envolvió. Las yeguas pateaban el piso con ansiedad. Me puse los guantes, até mi cabello en una cola y me hundí entre el fango, la bosta y el sudor. Una por una, limpié las pesebreras, acarreé agua y alimento, revisé cascos y vendas. Nadie vino a mirar, pero sabía que me estaban observando. Lo sabía como se sabe que algo se arrastra bajo la cama cuando eres niña. Y entonces lo sentí. Kilian. Clavándome los ojos desde la sombra, como si buscara una grieta en mi carne. Pero yo no se la iba a dar. No sabría decir si fue el olor del heno, el sudor propio o su sola presencia lo que me hizo arder la piel. Pero ahí estaba yo, de rodillas junto al abrevadero, con las botas salpicadas de barro seco, las manos cubiertas de tierra y el cabello pegado a la nuca por el esfuerzo. Y entonces, su sombra se proyectó sobre mi espalda, y su mirada cayó sobre mí como un castigo. —¿Te complace revolcarte entre bestias? —espetó él, la voz impregnada de asco y burla. —Pareces hecha para eso. Él y sus palabras: cuchillas disfrazadas de comentarios. Y yo, con la costumbre antigua de no parpadear ante los insultos. —Preferible eso que esconderse detrás de un sombrero caro dando órdenes. —Me giré despacio, limpié mis manos en el dobladillo de mi camisa y lo miré con la serenidad que tanto le enfurecía. La mueca de su boca era medio sonrisa, medio amenaza. Un reflejo de la bestia que se escondía bajo esa piel bronceada y esos ojos helados. A veces pensaba que Kilian era una especie de verdugo medieval disfrazado de vaquero moderno. Alguien que encontraba placer en el dolor ajeno. Desde la distancia el olor a ganado muerto todavía impregnaba el aire desde el incidente del corral. Yo misma había recogido los restos, uno por uno, ignorando el asco y el sudor, los murmullos de los peones y las miradas incrédulas. Kilian no se había ofrecido a ayudar. Por supuesto que no. Solo observó. Y disfrutó. Porque eso era lo que hacía. Se deleitaba en ver hasta dónde era capaz de llegar una mujer sin romperse. No era sólo sadismo, era... curiosidad. Como si quisiera demostrarme que mi fortaleza era una farsa. Como si, al empujarme lo suficiente, pudiera probar que yo también sangraba. —Las bestias no me ofenden, Kilian. Al contrario, me enseñaron a resistir. Los cuervos siempre sobreviven más que los halcones cuando el corral huele a guerra. Su ceja izquierda se arqueó apenas. Un gesto minúsculo, pero revelador. Le molestaba no verme llorar y dar señas de rendirme, y sin embargo, yo sé que algo en mí le atraía. No el tipo de atracción que se confiesa. Era otra cosa. Una necesidad retorcida de destruirme para comprobar si al final quedaba algo hermoso en los escombros. Esto me hizo recordar mi pasado. FLASHBACK Tenía ocho años la primera vez que escuché a mi madre decir que hubiera preferido no tenerme. Estaba en la cocina, con las manos aferradas a una taza agrietada, y el rostro cubierto por una mascarilla de barro. Ni siquiera me miraba. Solo hablaba con la vecina mientras yo recogía los platos del suelo. —Sienna es tan... estorbo. Nunca quiso aprender a agradar. ¿Sabes? Siempre fue ruda, insolente. Igual que su padre. Esa noche dormí en el armario de la lavandería. Ella decía que yo ocupaba mucho espacio. Nunca lloré. No porque no doliera, sino porque a esas alturas ya había aprendido que el llanto era una trampa. Y yo no pensaba darle el gusto. La niña que no lloraba se convirtió en la mujer que no suplicaba. A eso se referían cuando decían que yo era fría. Frialdad no es falta de emoción. Es supervivencia. FIN DEL FLASHBACK Ahora, aquí, a metros del establo, con la brisa caliente removiendo los olores del campo, la voz de Kilian me devolvía al presente. —Te crees fuerte, pero solo estás llena de huecos. —Su voz descendía a un tono grave, rasposo—. Te sostienes con resentimiento, y eso no es firmeza. Es ruina anunciada. Me acerqué a él, un paso, luego dos. Hasta que casi podía oler el cuero de su chaqueta. —Y tú te crees dios porque nadie te dice que estás podrido por dentro. ¡Mírate! Todo ese control que intentas imponer... No es autoridad. Es miedo disfrazado. Vi el destello en sus ojos. Esa mezcla imposible entre rabia y algo más. Deseo, quizás. No del bueno, me da la impresión que del enfermo, del que nace cuando lo prohibido se mezcla con lo desafiante. No respondió de inmediato. Kilian bajó la mirada a mi boca por un segundo. Lo suficiente para que el aire entre nosotros cambiara. Como si el calor nos hubiera pegado la piel sin contacto. Retrocedí un poco. No porque le temiera. Sino porque sé reconocer cuando alguien está al borde de morder. —Algún día vas a rogar por que te arranque esa maldita coraza —susurró. —Y algún día vas a entender que no soy tuya para destrozar, y que este, aunque te niegues a aceptarlo, es ahora mi lugar.. Nos quedamos así. Respirando el veneno del otro. A punto de explotar. A punto de... algo. Y entonces él sonrió. No fue una sonrisa amable, sino una torcida, orgullosa. Como si le encantara ver que, sin quererlo, también me ardía la piel. Segura estoy que si cualquiera de los dos diera un paso más y nos habríamos desgarrado. Pero no lo dimos. No aún. Me sentí satisfecha, porque Kilian desapareció sin decir más, como veo que hace siempre que siente que yo había ganado. Es terco, no acepta perder. Lo hería en el ego, y eso le carcome la paz. Lo sabía por el modo en que tensaba la mandíbula. Por cómo sus manos se cerraban en puños a cada palabra mía que no lo quebraba, pero lo tocaba. No lo vi en todo el resto del día. Pero sé que me espió. Si lo hacen los depredadores, no descarto que él pierda oportunidad de hacerlo. Observan antes de atacar. Lo sentí en la piel mientras reparaba las tablas rotas del corral. En la brisa que se congelaba por momentos. Sentía que el peso de una mirada clavada desde la sombra. La noche cayó como una manta sucia. Sin estrellas. Sin luna. El rancho se volvió silencio y cigarras. Estaba lavándome las manos en el fregadero de la cocina cuando Alec entró. —No te acerques a él —dijo, sin siquiera saludar. Lo miré por el reflejo de la ventana. Tenía el rostro pálido. Los nudillos rojos. La mirada turbia. —No soy yo quien lo busca. —No juegues, Sienna. Con Kilian no se juega. Me giré. Lentamente. —¿Y contigo sí? —le escupí con una media sonrisa. Alec cerró los puños. Un tic en la ceja le tembló. Me gustaba verlos perder el control. A los dos. Porque por mucho que fueran de piedra, yo era la grieta. —No entiendes. Kilian no es como los demás. Hay partes de él que ni yo conozco. Ha hecho cosas... —Yo también —lo interrumpí. —Y a diferencia de ustedes, yo no finjo ser buena. Él salió golpeando la puerta, y el viento arrastró su rabia. Me dejó a solas con el eco de un pasado que insistía en escarbarme la memoria. FLASHBACK Tenía once años cuando mi madre me encerró en la despensa por tomar el último yogur. "Eres como una plaga, absorbes todo y no das nada". Sus palabras eran cuchillos finos. Me dejaron de alimentar tres días. Y cuando salí, me miró con desprecio. —Las niñas bonitas no hacen berrinches ni se hinchan de comida. Yo no dije nada. Me había convertido en un espacio sin voz. Aprendí a hacerme invisible. A sobrevivir desde el margen. FIN DEL FLASHBACK En el presente, subí a mi habitación y me quise bañar, pero el agua salía fría. Aun no me acostumbro. Esperé un rato, hasta que no pude más. Me dejé estar bajo la ducha helada hasta que los dientes me castañetearon. Era un castigo y un ritual. La frialdad me mantenía alerta. Me hacía recordar que el cuerpo resiste más de lo que creemos. Al salir, me vestí con una camiseta vieja y un pantalón de mezclilla. Abrí la ventana. La brisa traía el olor del campo, de las brasas que quedaban vivas en el fogón. Y también el sonido de pasos. Pesados y seguros. Kilian. Lo supe antes de verlo. Tenía esa forma de caminar que hacía que el suelo pareciera crujir a un sonido distinto bajo su voluntad. No era casualidad que llegara justo ahora. Sabía que yo lo sentiría. Que me pondría nerviosa. Pero no me moví. La puerta no se abrió. No hizo falta. Su voz llegó desde el pasillo. Grave, rasposa, intencional. —Vi cómo te arrodillabas frente al fango. Podrías haberme pedido ayuda. —Prefería ensuciarme que deberte algo. Hubo un silencio. De esos que pesan como cadenas. —¿Por qué viniste, Sienna? —Porque este rancho también es mío. —No. —Su voz bajó un tono. —Te lo ganaste con un apellido, no con sangre. Me acerqué a la puerta. Apoyé la frente contra la madera. Podía imaginarlo ahí, al otro lado, con esa boca dura, esos ojos que no parpadeaban. —No sabes nada de mi sangre, Kilian. —Y sin embargo, me obsesiona descubrir de qué estás hecha. Esa frase me atravesó como un disparo. Hubo algo en su voz. No deseo, no exactamente, era hambre, de la que no se sacia con carne, sino con alma. Me senté en la cama. Crucé las piernas. Encendí un cigarro. No fumaba, pero necesitaba que pareciera que me importaba menos de lo que en verdad me afectaba. —No soy una historia que puedas leer y cerrar. —No. Pero sí una que puedo romper página por página. Hubo un golpe seco. Su palma contra la pared. Luego pasos alejándose, rápidos, casi furiosos. Y yo... sonreí. Porque si algo había aprendido, era que el verdadero poder no era dominar. Sino resistir sin volverse ceniza. Y aunque Kilian despertara algo en mí, al punto de comenzar a encenderme por dentro, aunque algo oscuro en mí comenzara a dar señas de querer dejarme devorar, yo seguiría siendo fuego contenido. No le daré riendas a mis instintos. No cederé. Esto parece una amenaza silenciosa. Un volcán da visos de no avisar antes de hacer erupción. Me conozco cuando la pasión me persigue. El amanecer llegó sin pedir permiso. Como una bofetada. La luz se coló por las rendijas de la ventana e iluminó las motas de polvo que flotaban en el aire, como fantasmas diminutos de cosas que alguna vez fui y preferí olvidar. A las seis ya estaba en pie. Había dormido con un cuchillo bajo la almohada. No porque Kilian fuera un peligro físico real —al menos no aún—, sino porque mi instinto sabía que con él nada estaba garantizado, y porque los demonios que una arrastra del pasado se disfrazan de hombres con sonrisa torcida y ojos que no tiemblan. Salí sin hacer ruido. Crucé el granero y el corral a paso firme. Algunos peones me saludaron con una inclinación de cabeza. Otros solo apartaron la mirada. Ya sabían que no era una dama de ciudad. Que no venía a pedir permiso, sino a ocupar un lugar que, para ellos, debía seguir vacío. Vi a Kilian en la loma, cabalgando su potro n***o como si fuera extensión de su cuerpo. El viento le revolvía el cabello, y el sol apenas naciente le dibujaba sombras duras en el rostro. Parecía esculpido por la rabia misma. No había en él ternura alguna. Solo firmeza. Implacabilidad. Y un dejo de brutal belleza. Cuando bajó y desmontó, se secó el sudor del cuello con el borde de la camisa. Me vio. No sonrió. Solo se acercó como un depredador que olfatea antes de atacar. —Estás madrugando —dijo con desdén. —Tú también. ¿Te quitó el sueño pensar que no lograste quebrarme anoche? Me sostuvo la mirada por largo rato. Como si estuviéramos midiendo el peso de nuestras heridas. —Te subestiman, Sienna. Pero yo sé que algo en ti está al borde del colapso. Solo estoy esperando el momento exacto para verlo caer. —Y yo sé que lo único que se está cayendo aquí es tu arrogancia. Kilian avanzó dos pasos. Quedó tan cerca que pude sentir el calor de su respiración cuando habló: —Te quiero ver desmoronarte, desnuda de orgullo, rota de silencio. Quiero ver qué hay cuando ya no te quede nada para esconderte. Me temblaron las rodillas. Pero no me moví, porque había aprendido a no retroceder. Aun si el miedo me respiraba en la nuca, aun si algo en sus palabras me encendía por dentro de forma malsana. —Y cuando lo veas, ¿qué? —susurré. —Quizá deje de desear destruirte. O quizá me enamore del desastre. El mundo se detuvo. Fue un segundo. Una grieta en su voz. Algo que no quiso decir y dijo. Algo que le hizo odiarse al instante. Él se apartó de golpe. Como si yo quemara. Como si se arrepintiera de cada palabra. Vi el odio renovarse en sus ojos. Pero era odio de impotencia, de atracción que lo humillaba. Esa reacción de su parte, me golpeó en el pecho y lso recuerdos. FLASHBACK Tenía trece años cuando mi madre me empujó por las escaleras. Fue accidental, dijo luego. Pero el golpe no lo fue. Tampoco el modo en que me dejó tirada en el piso mientras se iba a maquillar para su cita. Esa noche dormí con el hombro dislocado. No lloré. Aprendí a respirar en silencio. A moverme sola, a vendarme con trapos de cocina. Nadie vino. Nadie preguntó. Desde entonces, no espero auxilio. Aprendí que hay mujeres que no son rescatadas. Solo se levantan y siguen sangrando. FIN DEL FLASHBACK Volví a la casa y me senté frente a la mesa a revisar los papeles del rancho. Tenía derecho legal sobre un porcentaje. Pero eso no le importaba a ninguno. Me veían como una intrusa. Una amenaza. Si quería ganarme un lugar aquí, era necesario empaparme de todo cuanto se relacione con el rancho. Horas después, la lluvia comenzó a caer con violencia. El cielo se rasgó como mi paciencia. Salí sin capa ni botas al campo, donde los corrales se anegaban. Los becerros patinaban en el lodo. Y los peones no sabían si meterse o dejar que se ahogaran. Yo entré. Me zambullí. Hasta la cintura en barro. Jalé sogas. Grité órdenes. Uno de los animales me golpeó con la pata. Sentí el crujido en la costilla, pero no paré. No podía. Entonces lo vi. Kilian. Bajo la lluvia. Observando. Mojándose entero, pero sin mover un solo músculo. Sus ojos estaban clavados en los míos. Después, sin decir palabra, se metió también. Empujó conmigo. Sostuvo una cerca. Le gritó a uno de los peones. Y por un instante, solo un instante, trabajamos juntos. Sin odio. Sin guerra. Al salir, empapados y jadeando, me tomó del brazo. No con violencia. Sino con esa urgencia que nace de algo que no se puede controlar. —¿Por qué no te rindes? —me preguntó, nuestros labios estaban apenas separados, mientras su pecho subía y bajaba. —Porque si me rindo, me parezco a ti. Nos miramos. Y fue tan cerca que casi nos besamos. No porque quisiéramos. Sino porque el odio se confunde con deseo cuando nadie te enseña a diferenciar. Me soltó de golpe, como si le doliera tocarme. Y yo solo sonreí. Porque Kilian Rhodes podía odiarme todo lo que quisiera, pero algo era cierto: ya no podía ignorarme. Y eso, para alguien como él, era el principio del fin.
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