Slater nota que mi atención está en otro lado y sigue la dirección de mi mirada. Cuando ve a Manson, su expresión cambia ligeramente, como si reconociera algo que no esperaba encontrar.
—¿Amigo tuyo? —pregunta, inclinándose un poco hacia mí, con un tono relajado que no termina de encajar con la tensión que ahora siento.
—No lo sé. —Mi respuesta es honesta, aunque suena más a una confesión.
Slater arquea una ceja, claramente intrigado, pero no insiste. En cambio, toma un sorbo de su bebida y me estudia como si estuviera intentando armar un rompecabezas.
—Bueno, si no es amigo tuyo, definitivamente parece que le interesa lo que estás haciendo. —Su comentario es despreocupado, pero sus ojos se endurecen un poco, como si no confiara en Manson.
Vuelvo a mirar hacia donde estaba Manson, pero ya no está. Es como si se hubiera desvanecido en el aire, dejando detrás ese vacío palpable que siempre parece acompañarlo.
—Es complicado. —Mis palabras suenan débiles incluso para mí, pero Slater solo asiente, como si entendiera más de lo que debería.
—Lo complicado es mi especialidad. —Su sonrisa vuelve, cálida y segura, y me sorprendo al darme cuenta de que me relaja un poco.
Pasamos el resto de la noche hablando. Slater tiene esa facilidad para hacer que el tiempo se deslice sin que te des cuenta, llenando los vacíos con historias y bromas que me arrancan más de una carcajada. Por un momento, olvido a Manson, a su mirada, a todo. Pero cuando el club empieza a vaciarse y mis amigas vienen a buscarme para irnos, no puedo evitar mirar una última vez hacia la esquina oscura donde lo vi.
Nada.
Cuando salgo del club, el aire fresco de la madrugada me despeja un poco. Julia y Carla están todavía riéndose y tambaleándose mientras intentan buscar un taxi, y yo me detengo un momento para recuperar el aliento. El silencio de la calle contrasta con el caos del club, y por un instante, todo parece en calma.
Hasta que escucho pasos.
No son los pasos apresurados de un peatón cualquiera ni el trote pesado de alguien corriendo. Son firmes, deliberados, y vienen directamente hacia mí. Me giro rápidamente, y ahí está él.
Manson.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto, mi voz apenas un susurro. Mis amigas están demasiado lejos para notar nada, perdidas en su propio mundo.
—Vine a asegurarme de que llegues bien a casa. —Su tono es bajo, tranquilo, pero hay algo en sus palabras que no encaja. Como si tuviera una segunda intención.
—¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo te importa? —Doy un paso atrás, intentando mantener una distancia segura, aunque sé que con él nunca hay seguridad.
Manson no responde de inmediato. Solo me mira, con esos ojos oscuros que parecen atravesarme, y da un paso más cerca.
—¿Él? —Pregunta, señalando vagamente hacia donde estaba Slater. —¿Es tu plan B?
—No es asunto tuyo. —Mi voz suena más firme de lo que esperaba, pero mi corazón está latiendo tan fuerte que estoy segura de que él puede escucharlo.
Manson inclina la cabeza ligeramente, como si estuviera considerando mis palabras, y una sonrisa apenas perceptible curva sus labios.
—Emma, sabes que no puedes reemplazarme. —Su voz es suave, pero cada palabra cae como un golpe. —Ni él, ni nadie más.
—Eso no lo decides vos. —Escupo las palabras con más rabia de la que siento, tratando de mantener mi terreno, aunque sé que ya estoy perdiendo esta batalla.
Por un momento, todo parece congelarse. Manson da otro paso hacia mí, y ahora está tan cerca que puedo sentir su calor, la energía contenida en cada fibra de su ser. Mis pensamientos se desordenan, y todo lo que queda es él, como si el mundo se hubiera reducido a este instante.
—Deberías tener cuidado, Emma. —Su voz es un susurro, y puedo sentir su aliento en mi piel. —Algunas cosas son más peligrosas de lo que parecen.
—¿Es una amenaza? —pregunto, mi voz temblando ligeramente.
—Es un aviso. —Da un paso atrás, sus ojos aún fijos en los míos. —Porque si sigues jugando con fuego, no te va a gustar lo que encuentres.
Y antes de que pueda responder, se gira y desaparece en la noche, dejándome sola, confundida y con una sensación de vacío que no logro sacudirme.
Cuando llego a casa, me desplomo en mi cama sin siquiera cambiarme. Mi mente está revuelta, llena de preguntas y emociones que no puedo procesar. Manson tiene esta forma de entrar en mi vida como un huracán, destrozándolo todo y dejándome a mí para recoger las piezas.
Pero también está Slater. Y por primera vez en mucho tiempo, siento que tal vez haya alguien que pueda hacer que las cosas sean diferentes. Que pueda ser un punto de apoyo en este torbellino.
Sin embargo, mientras cierro los ojos, una imagen me persigue: los ojos de Manson, oscuros y profundos, llenos de secretos que no sé si quiero descubrir.
Sé que no debería pensar en él. Sé que debería alejarme. Pero, como siempre, mi corazón no escucha a mi cabeza.
Y lo peor de todo es que ni siquiera estoy segura de querer que lo haga.