Lo peor de todo es que en el fondo, en algún rincón muy lejano de mi mente, sé que no debería estar aquí. No debería ser parte de su mundo, de su vida rota. Pero el deseo, la necesidad, la obsesión, todo me empuja hacia él. Y no sé si quiero luchar contra ello. Cuando nos separamos, no hay palabras. Solo una mirada cargada de promesas rotas y deseos oscuros. Siento el peso de todo lo no dicho entre nosotros, y aún así, nada cambia. —Esto no va a terminar bien, ¿verdad? —le digo, aunque ya lo sé. De alguna manera, ya lo sabía. Pero necesito escucharlo. Necesito que lo diga, porque aunque duela, necesito que me lo confirme. Manson se queda en silencio, mirándome fijamente, y por un breve momento, parece como si él también estuviera buscando una salida. Pero no la encuentra. Y yo tampoco.

