El silencio que sigue a la partida de Manson es ensordecedor. Mis manos aún tiemblan, y el frío del bosque parece calar más hondo ahora que la adrenalina comienza a disiparse. Slater, aún sosteniendo el arma, mantiene la mirada fija en la dirección por donde desapareció Manson, como si esperara que regresara de un momento a otro. —No debería haberte dejado hablar —murmura bajando el arma con un suspiro cargado de frustración—. Él nunca se rinde tan fácil. —¿Y qué querías que hiciera? ¿Quedarme atrás mientras ustedes se disparaban como si fuera el Lejano Oeste? —respondo, mi tono más agudo de lo que pretendía. Slater se gira hacia mí, sus ojos claros destellando con una mezcla de preocupación y rabia. —Quería protegerte, Emma. —¿Protegerme? —repito, cruzándome de brazos mientras intent

