Por un momento, no hay respuesta. Pero entonces, una figura emerge de las sombras, con las manos alzadas en un gesto de rendición. —Tranquilo, hermano, soy yo —dice una voz conocida. Mi corazón salta cuando reconozco al hombre que camina hacia nosotros. Es Slater. —¿Qué carajo hacés acá? —espeta Manson, sin bajar el arma. Slater levanta una ceja, como si no pudiera creer que Manson realmente esté cuestionándolo en lugar de agradecerle por estar ahí. —Estoy acá porque alguien tiene que asegurarse de que no la mates en el proceso de “protegerla” —responde, su tono cargado de sarcasmo. —No tenés idea de en lo que te estás metiendo, Slater. Esto no es un maldito juego. —No, pero tampoco es solo tu problema —replica Slater, su mirada desviándose hacia mí—. Emma también es mi amiga, y no

