La tensión en el aire del auto es tan espesa que casi puedo cortarla. Slater, sentado en el asiento trasero, no dice una palabra, pero su mirada se mantiene fija en Manson, como si analizara cada movimiento, cada respiración. Manson, al volante, tiene la mandíbula apretada y los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Yo, en el asiento del copiloto, estoy sumida en un torbellino de pensamientos. No puedo sacarme de la cabeza lo que dijo Manson: "No puedo perderte, pero no estoy seguro de cómo protegerte de mí mismo." Esas palabras me queman, una mezcla de ira, frustración y algo que no quiero admitir: esperanza. —Entonces, ¿cuál es el plan ahora? —pregunto, rompiendo el silencio que se ha vuelto insoportable. Manson no responde de inmediato, pero puedo ver cómo su mirada se endure

