Prólogo

3465 Words
— ¡Aquí hay algo! —Me dijo emocionada Luanda mientras sostenía el periódico con fuerza entre sus manos, al grado de arrugarlo y dejar marcas en él. Se lo arrebate de un tirón y después me senté a su lado. —Veamos —Comencé a leer en voz baja y lentamente subiendo de todo—. Se solicita niñera con o sin experiencia, con mucha paciencia y ganas de trabajar. El salario mínimo será de… ¡Madre santa! — ¿Qué es? ¡Quiero leer! —Luanda chilló y me empujó. Sostuvo el periódico en lo alto—. ¡Woow! Santo cielo... ¿Cómo es posible que puedan pagar tal cantidad de dinero? Olvídalo. ¿Sabes qué? No pierdas el tiempo y marca, ¡ya! Se levantó de la silla de madera y corrió con prisa hacía la cocina. En pocos segundos regreso con un teléfono inalámbrico a la mano y lo aventó hacía mí, por poco golpeándome contra la cabeza. Lo tomé y marqué entusiasmada el número indicado. —Si consigues el trabajo, reunirás el dinero suficiente como para poder acompañarme a ese concierto en Texas al que tanto quiero ir. ¿No te mueres por ver a Luis Fonsi tanto como yo? Eso sería demasiado… La interrumpí, golpeándola con una almohada y después le hice una seña para que guardara silencio. Ella solo me fulmino con la mirada. —No quiero ir a ver a Luis Fonsi. Prefiero ahorrar para…Contestaron. — ¿Aló? ¿Quién habla? —Umm —Fue lo primero que salió de mi boca. Había estado tan entusiasmada hace dos segundos. ¿Por qué me estoy muriendo de nervios? Y, ¿por qué olvide que era lo que iba a decir? —Si esto es una broma entonces… — ¡No cuelgue! Perdón. —Sacudí la cabeza— ¿Hablo con la señora Smith? —Pregunte mientras rascaba mi pierna derecha— —Enseguida le atiende. Luanda me miro y comenzó a reír a causa de mi nerviosismo. Le saque de forma no-amistosa el dedo medio y ella sonrió divertida, sacándome la lengua. Me levante del sillón y camine directo hacía el patio delantero, sentándome sobre los escalones blanquecinos de la entrada. — ¿Quién habla? —Pregunto la señora Smith al otro lado de la línea—. —Mi nombre es Sthefanie Browm. He visto el anuncio en el periódico en el que busca niñera y, estoy interesada en el trabajo—Le dije con el tono más firme que podía conseguir, aunque lo último sonó más como una pregunta que una afirmación. —Muy bien… ¿Estas ocupada en estos momentos, Sthefanie? — ¿Eh? Uh, no. No realmente —Mire hacia el cielo. Extrañamente estaba tan nublado, que podría jurar que llovería toda la tarde. Estábamos a mediados de agosto en California, por lo cual me parecía tan raro. «Esa es una señal» Me dije. — ¿Podrías venir a mi casa? Quiero hablarte de tus horarios y las demás cosas… — ¿Me está dando el trabajo? —Pregunte incrédula mientras una sonrisa de oreja a oreja se formaba en mi rostro—. ¿En serio? —Solo si aceptas —Contesto la señora Smith—. —Oh… Por supuesto. Me, me encantaría. —Bien. Te daré mi dirección. Ella me dio las instrucciones para llegar a su casa y acordamos vernos en media hora. Me volví hacía la casa de Luanda y le di el teléfono y millones de gracias. Le abrace fuertemente y tome mi bolso, solo para después salir corriendo de ahí. Por fortuna, mi casa quedaba a dos manzanas de distancia, así que tardaría prácticamente nada en llegar. Vivía con mis padres en un enorme edificio de 20 plantas de color azul cielo en Los ángeles California. Ellos no eran precisamente los más adinerados de la ciudad, por lo cual no podían financiar mis estudios en una buena universidad, donde quería asistir el año próximo. Había llegado a un acuerdo con ellos, prometiéndoles que trabajaría duramente los dos veranos, y todas las ganancias irían directamente hacía el banco, donde se quedarían hasta que entrara a la universidad y tuviera que utilizarlas. Con este trabajo podría conseguir el dinero en un mes. Llegue a casa golpeando la puerta desenfrenadamente. Había perdido mis llaves hace un mes y no me darían otras hasta que entrara a la escuela. Intentaba hacer más ruido del necesario para que me dieran unas copias cuanto antes. —Deja de tocar como si alguien estuviera persiguiéndote —Dijo mamá mientras me abría la puerta y me saludaba con un beso en la mejilla—. Me asustas. —Perdón. —Le dije sin sentirlo realmente y pasaba por debajo de su brazo—. Sabes, en media hora tengo una entrevista de trabajo. —Eso es realmente maravilloso hija. ¿De qué es el puesto? — ¿Puesto? No trabajaré como secretaria si a eso te refieres. —Le gritaba mientras subía las escaleras con dirección a mi cuarto y cerraba la puerta tras de mí — ¿Entonces? —Ella pregunto mientras caminaba hacía la cocina. Abrí la puerta, asome mi cabeza y grite. —Voy a ser niñera. Tomé un taxi hacía Beverly Hills. Vestía una falda negra y un abrigo púrpura que la abuela me había regalado en navidad. Duré aproximadamente unos 15 minutos en llegar y cuando vi la enorme casa estuve a punto de caerme al pavimento; Tenía proporciones inmensas, realmente era la más enorme del vecindario. Había plantas por doquier y una fuente en medio del patio delantero. Volví a mirar el papel arrugado en el que había anotado la dirección y me cerciore de que era el lugar correcto. Limpie mis sudorosas palmas en la falda y camine hacía la puerta. Toque el timbre. «Debería irme corriendo a casa» Volví a tocar el timbre. «Probablemente no haya nadie aquí» Espere. «Bien, me iré ya. O, ¿Debería quedarme?» Decidí que no valía la pena, moría de nervios, así que di media vuelta y camine hacía el coche. Tenía las llaves sobre la manilla cuando una voz grito mi nombre por detrás de mí. Me giré. La señora Smith caminaba rápidamente hacía mí. Tenía una piel bronceada y el cabello castaño estaba recogido en una coleta alta. Vestía un traje rojo que mamá solamente podía soñar que compraba y sus zapatillas eran más caras que todo mi guardarropas junto. Trague duro. Me arrepentí de haber venido tan informal y por un momento deseé tener un vestido elegante, tal vez así no parecería tan vaga. Demonios, debí irme cuando pude. —Sthefanie, cariño. ¿Podrías venir aquí? Me es imposible caminar a través del césped en tacones —Dijo la señora con una sonrisa en la cara, aunque sus ojos expresaban una tristeza inmensa. Qué extraño. —Uh. Ho-Hola señora Smith—Dije mientras extendía una de mis manos hacía ella. Me devolvió el saludo. —Llámame Leticia—Me dio un guiño y me invito a pasar a su casa con un gesto con la mano—. —Está bien señora... —Me miro alzando una ceja. —Disculpa, Leticia. —Le dije avergonzada mientras metía las palmas de las manos en los bolsillos delanteros de la falda—. Así que… ¿Cuándo empiezo? —Primero tenemos que discutir algo. —Dijo Leticia moviendo sus manos con nerviosismo—. Acompáñame al estudio. La seguí a través de la enorme casa. Camino de aquí y allá conmigo siguiéndola por detrás, hasta que se detuvo en un salón verde donde había un inmenso escritorio de madera oscura y estantes llenos de libros que probablemente nunca se leían. Me senté frente a ella y comenzó. —Seguramente te preguntaras cómo es posible que nadie aún haya aceptado el trabajo con tan buen salario, ¿no? —Dijo Leticia mientras me miraba fijamente. Yo asentí—. Bueno, primero tengo que decirte que me parece maravilloso que estés aquí, y que si al final no quieres quedarte está bien… ¿Acaso tenía por hijos a unos demonios o qué? No podría ser tan malo después de todo. Valdría la pena por Princeton. —No importa, yo quiero el trabajo. Sus hijos estarán en buenas manos. Tengo experiencia con mis primos pequeños y sé con cuales historias pueden quedarse dormidos… —Ese es uno de los problemas. Veras Sthefanie, no quiero que te vuelvas loca cuidando a mis hijos. Eres joven, y tal vez te he pedido demasiado viniendo aquí. — No señora Smith...Leticia. De veras necesito este empleo, necesito ahorrar mucho dinero para irme a la universidad. —Bueno, tengo tres hijos, pero tranquila—Sonrió al notar que mis ojos se abrían como platos. La dejé continuar—Mi hijo mayor tiene 19 años y él solo puede cuidarse. Él problema son los gemelos, tienen 10 años y son un dolor de cabeza—Miré hacia la enorme escalera de la casa y noté que ambos niños estaban sentados en ella mirándome fijamente. La mire, frunciendo el ceño y mordí mi labio inferior con fuerza. Al final, cedí. —Está bien. Acepto. Cuidaré de sus hijos. —Puedo pagarte más. Por el dinero no tienes que preocuparte. Niños—Los llamó, ellos no tardaron en llegar a nosotras ya que estaban de chismoso en el barandal de la escalera—Ella es Sthefanie Browm, será vuestra niñera por un tiempo corto—dijo guiñándome el ojo derecho. — ¿Por qué no nos cuida nuestro hermano?—Preguntó uno de los gemelos cruzados de brazos mirándome fulminante. —Desgraciadamente vuestro hermano no puede cuidar de sí mismo. No sé qué hice mal con ese chico—dijo la señora Smith un poco decepcionada. —Deben obedecer a Sthefanie, yo tengo que trabajar, y no quiero que me de quejas de vuestras trastadas todo el rato. ¿Entendieron?—Los niños solo estaban callados por unos segundos, hasta que decidieron romper el silencio. —Entendido—dijeron al unísono—Yo soy Miguel y él es mi hermano Samuel—presentó el que parecía ser más hablador y travieso de los dos. —Nos vemos mañana Sthefanie—La señora Smith me despidió en la salida, acomodé mi falda y salí un poco asustada. ¿Cómo sería lidiar con esos mostricos? Me desperté más temprano de lo habitual al siguiente día. Había dejado mi ventana abierta durante la noche, por lo que un sillón y una pequeña parte del suelo quedaron empapados con gotas de lluvia y un par de hojas verdes se habían colado hasta llegar a mi cabello. Me estire perezosamente, bostece varias veces y rasque mi cabeza otras más hasta que decidí saltar de la cama y preparar mi desayuno. A pesar de ser vacaciones, mis padres seguían trabajando con un único descanso los domingos; Y como estábamos a jueves, tenía la casa solamente para mí hasta muy tarde. Podría hacer lo que quisiera—menos una fiesta salvaje, claro—, y no tendría que preocuparme por los regaños ni insultos provenientes de mi padre. Saque una pequeña rama de mi cabeza y me reí un poco, mientras juntaba mi ropa sucia e intentaba acomodar un poco mi cuarto. Mire al reloj azulado encima de mi mesilla de noche y de golpe volví a la realidad. Al igual que mis padres, yo también tenía un trabajo, y si no me daba prisa, llegaría más que tarde. Sin pensarlo dos veces, me saque la ropa interior, y tome una toalla gris que encontré en el pasillo camino al baño. La eché sobre mi hombro. Una de las mil ventajas de estar solo en su hogar, era que podía andar de un lado a otro desnuda sin padres desmayándose ni abuelos con paros cardiacos. Por supuesto, evitaba las ventanas abiertas y las miradas morbosas de los vecinos. Cerré la puesta del baño por detrás de mí y deje la toalla encima del toilette. Giré las perillas de la bañera de mármol y cascadas de agua brotaron de ella. Heladas, por supuesto. Deje reposando un poco el agua y miré mi rostro en el espejo. Mi enmarañado cabello oscuro se levantaba en todas las direcciones posibles, como si hubiera sido electrocutada o algo así. Mi rostro que normalmente era bronceado por el sol de California, se veía pálido en días como estos. Tenía una pequeña nariz respingada y unos pequeños rasgados ojos café. Cuando el agua estuvo finalmente lista, me metí a la bañera y me hundí por completo en esta. Aún no podía creer la clase de trabajo de niñera que había obtenido. Le había hecho uno que otro comentario a Luanda por teléfono y ella opto por cambiar de opinión. Qué gran apoyo. Media hora más tarde me encontraba en casa de la señora Smith. Esta vez, había cambiado mi tan informal ropa por algo más “elegante”. Llevaba un vestido sin mangas azul y unos zapatos de charol negros. Me veía más o menos decente. La señora Smith me acompaño hacía el vestíbulo principal de su casa y se sentó a mi lado en un gran sillón n***o. —Sabes Sthefanie, he hablado con mi hijo mayor sobre esto, y bueno, el realmente no está muy conforme con la idea —De nuevo estaba moviendo sus manos nerviosamente sobre su regazo—. Tal vez esta no fue la mejor decisión que he tomado así que… — ¡No! —Dije rápidamente. Leticia me miro con una expresión confundida y continúe—. Es decir, tal vez yo podría ayudarlo. «Piensa» Usted ha dicho qué es un poco, digamos que le da dolor de cabeza—Ella asintió— ¿Lo ve? No tiene a nadie más de su edad. No quiero ofenderla, pero tal vez él se sentiría mejor con alguien que pudiera entenderlo mejor. Podría ser su amiga—Leticia asintió, convencido—. «Bien Sthefanie, tienes Princeton asegurado» Pensé. —Tienes razón. Solo una cosa. —Ella vaciló—.Sean es… bueno, él puede ser demasiado terco para alguien de su edad —Dijo mientras pasaba una de sus pequeñas manos por su cabello—. —No se preocupe. Su hijo, uh, sus hijos están en buenas manos —Intente darle mi mejor sonrisa, aunque probablemente me parecía más al gato Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas que otra cosa. Solo me faltaba teñirme el pelo magenta y tendría el disfraz perfecto para Halloween—. Confié en mí. —Así lo hago. Ahora, si me disculpas, tengo que ir al trabajo —Me dijo levantándose del sillón—. Deje un par de número telefónicos anotados a un lado del teléfono de la cocina. Si necesitas dinero, pídele a mi hijo. Volveré a las tres. — ¡Esta bien! —Le dije mientras ella salía por la puerta principal y la cerraba detrás de ella. Mire hacia la nada por unos segundos—. Estaba sola en esta inmensa casa...Bueno sola no!!!! Me gire y contemple mejor la casa. Ahora que Leticia no estaba, se sentía muchísimo más espaciosa. Pensé que sería maravilloso vivir en alguna casa como esta, aunque obviamente yo nunca podría permitirme algo así, a menos que fuera una mafiosa. Mi imaginación era inmensa. Sin embargo, no me habían contratado para que estuviera aquí parada todo el día y observando todo como niño curioso. Respire hondo y decidí buscar a esos niños en su cuarto. Quería encontrar a Sean y hablarle, aunque tampoco podría andar fisgoneando por toda la casa sin que alguien me tachara de ladrona o que se yo, incluso de acosadora. Camine a través de la planta baja. Conocía unas cuantas partes, pero aun así habían demasiados cuartos—como un hotel—, y cualquiera podría ser el de ellos Toque una de las puertas en el corredor principal, por debajo de las escaleras. Abrí con cuidado y descubrí que era un baño. Bien, obviamente aquí no era su cuarto. La siguiente puerta era un cuarto pequeño, demasiado para una casa como esta, se me ocurrió que podría ser un cuarto para invitados. Ni siquiera me detuve en el siguiente cuarto. Ahí era el estudio de Leticia. Cuando termine con esa ala de la casa, fui al otro extremo. Una cocina inmensa que solo me había tocado ver en programas para cocinar, otra sala llena de cuadros y esculturas con formas extrañas y la puerta al patio trasero. A este paso, me llevaría todo el verano encontrar a esos gemelos y al hermano mayor. Estupendo. El segundo piso era casi como el primero. Las paredes eran blancas y altas, y había cuadros y columnas alrededor. El piso era de madera y estaba cubierto con una espesa y mullida alfombra roja. Parecía más como un museo que una casa. Lo único que realmente me gustaba, es que solo contaba con cuatro habitaciones, en un pasillo estrecho frente a las escaleras. Más allá, en el ala izquierda había una especie de salón de música, con un piano de cola, guitarras acústicas y un precioso violín n***o. El ala derecha era una especie de salón de entretenimiento o algo parecido, estaba cubierto de posters de películas viejas y discos de música variada. Me agradaba más la gran pantalla plana que se encontraba en un rincón. Decidí que la aprovecharía más al rato. De vuelta en el pasillo, comencé a mirar en cada uno de los cuartos. El primero estaba lleno de objetos antiguos y no-tantos, el segundo era un cuarto de mujer, probablemente el de Leticia. El siguiente cuarto era… Un baño. Ocupado. — ¿Qué demo… —¡Equivocado! ¡Lo siento! —Grite mientras cerraba con fuerza la puerta y me recargaba en esta. Bien, esto tendría repercusiones en el futuro. Necesitaba un psicólogo. Si, si, aún era virgen y pensaba seguir siéndolo hasta dentro de mucho tiempo. Tampoco había visto a un hombre desnudo. Hasta hoy. Lleve mis manos hacia la cabeza y apreté. Sabía que me estaba comportando como una bebe, pero ¿y qué? Había visto a ese tal Sean bañándose ­— ¿Migue, Sam? Lentamente levante la cabeza hacia la persona que hablaba. Me odie por no haberlo hecho antes. Se trataba de un chico, probablemente de mi edad o incluso un poco más grande. Estudie cada una de las facciones de su rostro. Su piel era blanca, con pómulos altos y mejillas rosadas. Me paralice al llegar a sus ojos, que eran hermosos... Seguí recorriendo con la vista cada centímetro de su cuerpo, intentando memorizarlo para cuando me fuera más útil. Su n***o cabello, que era un poco corto, Su complexión era delgada, aunque musculosa, y era mucho más alto que la mayoría de los muchachos que conocía en la ciudad—y de los que conocería en toda mi vida—. Elevo las comisuras de los labios, formando una sonrisa torcida. Parecía divertido de una forma sarcástica. — ¿Estás ahí? ¿Sthefanie? —Pregunto, obviamente refiriéndose a mí. Yo aún seguía en shock—. Pensé que había oído una voz de mujer. ¿Así que eres la niñera misteriosa? — ¡Sean! —La puerta detrás de mí se abrió de repente y me golpeo en la espalda levemente. Aun así solté un gemido de dolor—. ¡Oye! ¡Eso duele! —Grite frotando mi espalda. — ¿Quién…quién eres? —Preguntó una chica rubia, de ojos verdes clavados en mí. Estaba vestida como toda una ramera. — ¿Ya me estás engañando de nuevo Sean?—le gritó enfurecida sin dejar de mirarme. Yo aún permanecía en silencio. —Cállate ya Hanna. Esta es la niñera de mis hermanos—Contesto el otro sarcástico. Se giró hacia otro lado, rumbo a la habitación a la que yo no había entrado—. Creo que te ha quedado perfectamente claro quién es quién, ¿no? Mejor no molestes y ponte a ver la televisión o plantar flores en el jardín. Solo mantente alejada y ni tú ni yo salimos perjudicados. ¿Estamos? Con que ese era el tal Sean. Sarcástico, malhumorado y horrorosamente sexy. Fui directamente hacía la sala de entretenimiento y encendí el gran televisor con el control remoto. Me senté en un gran sillón de cuero rojo que se encontraba en el centro y cerré con fuerza mis ojos. Lleve las manos hacía la cabeza y apreté. No podía creer lo testarudo y grosero que era ese chico. Ni siquiera había tenido una conversación real anteriormente con él. Insolente, terco, creído, ya entendía lo que su madre decía.
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