Capítulo 1- Azalea, como la flor

4017 Words
Octubre, 2018 Azalea Los hombres son, sin duda, la especie más egocéntrica y estúpida del mundo. Y cada vez estoy más convencida de ello. Sobre todo ahora, mientras intento apartar de mí al universitario caliente que, después de diez minutos de esfuerzo inútil, sigue creyendo que me está llevando al cielo con sus mágicos dedos. Como si no fuera suficiente tortura, todavía me susurra al oído lo afortunada que soy por haber encontrado a un tipo tan experimentado como él. Por supuesto, no estoy de acuerdo con esa afirmación. Ni siquiera ha sido capaz de encontrar mi clítoris. Exhalo un suspiro frustrado entre dientes. —Creo que deberíamos parar. —Le palmeo el hombro para llamar su atención, pero sigue besándome el cuello como un maniático, claramente sin saber lo que hace. —Estoy a punto de hacerte ver las estrellas, nena —anuncia con seguridad. Pongo los ojos en blanco y me hundo contra el asiento del coche, deseando nunca haber dejado la fiesta en primer lugar. Debí haberle hecho caso a Piper cuando me aseguró múltiples veces que irme no era una buena idea. Ella siempre tiene la razón. «Necesito poner un alto a esto» me digo a misma, sabiendo que esto no es una buena idea. —Zack, ya no tengo ganas —repito con más firmeza, apretando los labios. No se detiene. —Pronto vas a cambiar de opinión con todo lo que te voy a hacer… —No quiero —me remuevo incómoda. —Te aseguro que la vas a pasar bien. —He dicho que ha sido suficiente. —Casi grito y me repliego en un intento de poner distancia, pero mi espalda choca contra la puerta del coche. Una especie de ansiedad comienza a invadirme, sin embargo, parece que por fin capta la indirecta. Su mano deja de moverse dentro de mis bragas, luego procede a levantar su peso de encima de mí, lo que hace que una enorme oleada de alivio recorra hasta la última de mis extremidades. Sus ojos se cruzan con los míos cuando levanto la mirada, y puedo percibir en ellos un atisbo de innegable fastidio. —No seas una aguafiestas —me espeta enfadado, volviéndose a acomodar en el asiento del conductor con un aire reacio. Desvío la mirada mientras me arreglo la minifalda y acomodo el escote de mi crop-top, sin importarme lo que tenga que decir o cuán enojado esté. No voy a dejar que un chico con las hormonas alborotadas me haga sentir culpable para obtener sexo. No quiero hacerlo y punto. —Será mejor que me lleves de regreso —me limito a suspirar, consciente de que la diversión ha llegado a su fin. El rubio me lanza una larga mirada de incredulidad, y sacude la cabeza en señal de negación. —¿Estás de broma, verdad? —suelta en un evidente tono de incredulidad. Inclino la cabeza hacia él, frunciendo el ceño. —No, estoy hablando muy en serio. —Azalea… —No me apetece tener sexo ahora mismo —interrumpo, masajeándome el puente de la nariz—, creo que ya lo he dejado bastante claro. Él suelta un bufido. —¿Entonces por qué te has subido a mi coche y has permitido que te folle con mis dedos? —Su voz sube a un tono molesto y yo me tenso en respuesta, sospechando que mi noche está a punto de tomar un rumbo indeseado. No obstante, dejo escapar un suspiro de aburrimiento y me revuelvo las puntas de mi cabello rizado en un gesto de nerviosismo. —Sólo quería divertirme, ¿acaso eso es un crimen? —decido encararlo, comenzando a cabrearme por su actitud pesada —, no, no lo es, así que déjate de tonterías. Ya estás bastante mayorcito para estos escándalos. —¿Y cómo es esto divertido para ti, Azalea? —me señala su entrepierna, entrecerrando los ojos con un fastidio que no me puede importar menos. Le miro con dureza. —Tengo derecho a cambiar de opinión cuando a mí me plazca. ¡No voy a acostarme contigo solo porque tienes una ereccion, joder! Zack acentúa sus fosas nasales y me lanza una mirada agria antes de que escuche el claro sonido de él desbloqueando las puertas. Un escalofrío seco me sube por la espina dorsal. —Fuera —me gruñe. Se me escapa una especie de quejido agudo, mientras parpadeo desentendida. —¿Qué dices? Es casi medianoche y estamos literalmente en medio de la nada. ¿Cómo crees que voy a regresar? La expresión en su rostro permanece endurecida. —Me importa un bledo. —¡Estás demente! —Si no vas a chupármela, al menos como compensación por arruinarme el humor y ser una maldita calienta pollas, entonces baja de mi puto coche. No pienso llevarte de vuelta —escupe con desdén, endureciendo su agarre sobre el volante. El asco me revuelve el estómago al instante, y la bilis me sube a la garganta con solo considerar su repugnante propuesta. —No puedo creer que me estés haciendo esto. Él suelta una risa seca, sin pizca de remordimiento. —Dejémonos de sentimentalismos, porque todo el mundo sabe que no eres una santa. Mi respiración se agita. Tengo las manos heladas, pero las aprieto en puños sobre mis piernas, luchando para no caer en su juego. Evidentemente, no lo consigo. —Eres un maldito idiota, Zack. Si fueras la mitad de bueno en darle un orgasmo a una mujer que en hacer un berrinche cuando te dicen un simple “No”, tal vez alguien podría tolerar estar contigo más de diez minutos. Su sonrisa se ensancha, y un brillo perverso se asoma en sus ojos azules. Sin embargo, sé que mi comentario le ha calado, sobre todo al vislumbrar el ligero endurecimiento de su mandíbula y la forma en que su respiración se ralentiza. —¿Cuál va a ser tu respuesta, princesa? —su tono se vuelve despectivo. Sin apartar la mirada de la mía, empieza a bajarse la cremallera de los pantalones asumiendo que ha logrado vencer mi voluntad, Un escalofrío me recorre la espalda, pero no me permito mostrar mi miedo. —¿Tú qué crees, maldito cerdo asqueroso? —gruño antes de coger mi bolso de lentejuelas y bajarme, haciendo vibrar el coche al azotar la puerta con furia. Él muy idiota procede a encender el ruidoso motor del Mustang y, antes de marcharse, baja la ventanilla y una sonrisa llena de satisfacción se despliega en sus labios. Aprieto los puños por inercia, mitigando las enormes ganas de saltarle a los golpes. —¿Estás segura de tu decisión? Aún puedo llevarte si te disculpas de una forma muy... pero muy generosa conmigo —espeta con voz sugerente, relamiéndose los labios a la vez que su repulsiva mirada recorre mi cuerpo haciéndome sentir arcadas. Aprieto la mandíbula hasta que los dientes me crujen. —¡Vete a la mierda! —le muestro el dedo corazón. La carcajada que deja salir a continuación me escuece la piel y mi furia se dispara a niveles preocupantes. No obstante, él no se muestra afectado en absoluto. Todo lo contrario. En sus ojos parpadea una chispa de diversión mientras sujeta el volante con una mano y, con la otra, me muestra un teléfono con una funda rosa de destellos brillantes y una imagen demasiado familiar. Maldito cabrón. —Buena suerte pidiendo un Uber sin esto —se burla. —Dame eso, pedazo de imbécil. ¡Es mio! —doy un paso adelante hacia el coche, dispuesta a recuperar mi teléfono, pero entonces pisa el acelerador y el rugido del motor me hace frenar en seco. Entrecierro los ojos y le dirijo una mirada de advertencia, pero antes de que pueda reaccionar siquiera, lanza el móvil por la ventanilla. Mi cuerpo se tensa un segundo antes de verlo golpear el pavimento con un sonido seco, justo cuando el Mustang desaparece con el chirrido espantoso de los neumáticos resonando en la distancia. Parpadeo, tratando de procesar lo ocurrido en los últimos minutos. Luego me agacho y recojo el teléfono sintiendo una presión en el pecho. Lo que veo era obvio, pero aun así jadeo al encontrar la pantalla hecha añicos. Está inservible. «Perfecto. Justo lo que te faltaba, Azalea.» Después de lo que parece mucho tiempo, sólo pasan dos malditos coches y, aunque claramente soy una damisela en apuros, también está el hecho innegable de que tengo miedo de hacerles señas para que paren. A decir verdad, lo último que quiero es arriesgar mi suerte y encontrarme cara a cara con un psicópata, o peor: un asesino en serie. Además, mi teléfono ya no funciona gracias al idiota de Zack, por lo que no puedo llamar a nadie ni compartir mi ubicación con Piper para que pueda venir a recogerme. Pero, ¿qué otra opción tengo? No puedo quedarme toda la noche en medio de la nada. Podría caminar, pero no reconozco nada a mis alrededores y el lugar se ve desierto. No llegaré ni a un metro de distancia con mis tacones, y probablemente moriré congelada ya que estamos cerca del invierno aquí en Denver. Necesito tomar una decisión rápido, aunque eso incluya meterme en un coche con un completo desconocido. Aunque, también eso podría ser un error que me lleve a la muerte... ¡Joder! Los faros amarillentos y el inconfundible rugido de un motor me sacan rápidamente de mis pensamientos turbulentos, y parpadeo al apreciar el coche que se acerca a una velocidad moderada, a comparación de los últimos dos coches. No me lo pienso dos veces antes de caminar hacia el centro de la carretera, y empezar a agitar ambas manos en un movimiento desequilibrado, rezando para que, sea quien sea la persona que conduce, me vea antes de que sea demasiado tarde y me termine arrollando. El coche se detiene de golpe a unos cuantos pasos de mi, y dejo escapar un enorme suspiro de alivio, sin tener la certeza de haber hecho lo correcto o no. Camino hacia el lado del copiloto, entrecerrando los ojos y levantando una mano para protegerme de los faros, cuya intensidad empieza a cegarme. Hay una breve pausa antes de que la ventanilla comience a bajar lentamente, poniéndome en un suspenso que me hace querer comerme las uñas de las manos. La ansiedad me consume mientras me preparo internamente para el peor de los casos. Sin embargo, creo que nada me prepara para lo que encuentro. Un hombre cuyo atractivo es imposible de ignorar, de unos treinta años, o quizá cuarenta y tantos, con un atuendo bastante informal que consiste en vaqueros azules desgastados y una camisa de cuadros que le ciñe los biceps, me mira con unos bonitos ojos ambarinos, llenos de furia y desconcierto. —¿¡Acaso estás has perdido la cabeza!? Podría no haberte visto y haberte atropellado —su voz estalla contra mí, evidentemente alterado por mi acción. Entreabro los labios para objetar algo, pero las palabras tardan un poco en salir. No puedo pensar en algo coherente a mi favor. —Sólo necesitaba ayuda —me limito a susurrar. El sonido de mi voz parece hacer parece bastar. Su atención finalmente se centra en mí, mientras se pasa una mano por las hebras de cabello oscuras. Me preparo mentalmente para esa mirada de lujuria y malicia que suelo recibir de los hombres, sobre todo los mayores, siempre que llevo ropa que la gente califica de «provocativa». Pero esa mirada nunca llega. En todo caso, me lanza una mirada de desaprobación…, y algo que es bastante similar a la preocupación. La inesperada expresión me toma desprevenida. Respira hondo y cierra los ojos un instante. Cuando los abre, parece más relajado. —¿Estás bien? —Su voz alcanza un tono tranquilizador. Asiento con la cabeza, aún sin saber cómo proceder…, o si debería hacerlo en primer lugar. —¿Tienes algún problema? —He salido de fiesta con unos amigos y mi cita me ha dejado tirada después de arrojar mi teléfono por la ventana. Ahora no tengo cómo volver —digo la verdad, consciente del riesgo que supone compartir tanta información con un completo desconocido. La expresión reconfortante y comprensiva de su rostro es sustituida por una mirada más endurecida. —Menudo imbécil. —En eso tengo que darte la razón. —¿Pero estás bien? —insiste, esta vez con un tono más preocupado. —Sí. ¿Podrías acercarme a algún lugar más transitado? —Hago el ademán de abrir la puerta, pero me detengo al notar el profundo rechazo en su rostro. —No te ofendas, jovencita, pero no creo que sea correcto llevar en mi coche a adolescentes que se han escapado de casa para ir de fiesta. Seguro que tus padres ya te están buscando por todas partes y eso me pondría en una posición complicada si te encuentran conmigo —increpa sin rodeos, tomándome por sorpresa—. Si quieres, puedo prestarte mi teléfono para que llames a alguien que venga por ti. Me quedaré aquí contigo hasta que llegue, si te parece bien. Su tono es arrullador, casi paternal, como si le hablara a su hija o a su hermana pequeña que no alcanza dimensionar la magnitud de las cosas. Por alguna razón, suponer que soy una adolescente problemática y perdida me molesta más de lo que debería. Aunque, siendo honesta, tampoco está del todo equivocado en su razonamiento dada las circunstancias. Aun así, mi postura se vuelve más a la defensiva y, antes de meditarlo siquiera, le contesto enfurruñada: —No soy una adolescente —me cruzo de brazos, todavía molesta. Eso es técnicamente cierto. —¿Y tampoco te has escapado de casa? —presiona, con un atisbo de diversión. Niego con la cabeza. —Hace mucho tiempo que no necesito escaparme de casa, señor. Quizá pueda estar exagerando en esa afirmación. —¿Ah no? —musita, sin estar convencido del todo—. ¿Cuántos años tienes? —Pregunta entonces, y su voz adquiere una nota de seriedad. Desvío la mirada, un tanto sorprendida por la pregunta, pero me obligo a tragar saliva. —La edad suficiente —suelto sin saber exactamente con qué propósito lo hago. Está claro que no le agrada mi respuesta. O más bien, no le agrada la implicación que hay en mis palabras. —O respondes a la pregunta o me temo que tendrás que llamar a alguien para que te recoja. Quizá a la policía. Aquello me hace entrar en pánico por alguna razón. Lo último que necesito es que la policía me escolte a mi hogar como si fuera una niña pequeña. Mi padre pondría el grito en el cielo y mi hermana nunca me dejaría olvidarlo. —Tengo 22 años —las palabras salen de mí antes de que pueda detenerlas. Su ceño se frunce mientras me examina la cara durante un par de segundos, manteniendo una expresión neutra que me es imposible descifrar. No obstante, me percato de la forma en que su cuerpo parece liberar parte de la tensión que emanaba. Como si, de alguna forma, mi respuesta lo dejara más tranquilo con respecto a la situación. Él me observa unos segundos más, como si quisiera asegurarse de que no le estoy mintiendo. Finalmente, suelta un leve suspiro y, con un movimiento sutil, quita el seguro de las puertas. Luego, estira el brazo y abre la puerta del copiloto con un gesto más confiado. —Sube, te llevaré a tu casa —anuncia, inclinando apenas la cabeza en una invitación que me pone de nervios. Mis pies permanecen clavados en el suelo. Una parte de mí sabe que subir al auto de un completo extraño no es la decisión más sensata, incluso para mí que tiendo a tomar las peores decisiones. Todo el mundo dice que no debes hacer algo así. Sin embargo, hay algo en su mirada, en la serenidad y la falta de lascivia con la que me observa, que me hace dudar de ese instinto de precaución. Nunca antes alguien me había inspirado confianza de esta manera. —Preferiría que me dejaras en una tienda de conveniencia, si no te molesta —menciono antes de siquiera subirme en la camioneta. Él parece mediar mis palabras, y entonces dice: —Te aseguro que no soy ningún acosador ni nada por el estilo. —Y quiero creerte, pero prefiero tomar mis precauciones —musito, aun cuando sé lo muy tonta que debo sonar cuando estoy a punto de aceptar su ayuda. —¿Eso incluye subirte en el carro de un desconocido? —señala la ironía de mis actos, y una oleada de vergüenza me recorre el cuello hasta llegar a las mejillas. —Tu eres mi única opción viable en este momento. La expresión de su rostro se suaviza. —Mi propuesta de prestarte el teléfono para que llames a alguien sigue en pie, puedes hacerlo si eso te hace sentir más segura. Algo en sus palabras, en la forma en que lo dice, me termina de convencer. Además, hay muchas posibilidades de que, a estas alturas, Piper ya esté en su casa durmiendo, y de que mi hermana mayor se encuentre en el departamento de su novio. Y si despertara a mi padre porque otra vez estoy en problemas, le demostraría aún más que no sé cuidarme sola. Sólo necesito salir de esta carretera aislada, y llegar a la tienda de conveniencia que está a menos de cinco minutos de mi casa. Estaré bien. Trago saliva y miro la carretera desierta a mi alrededor una última vez. La opción de quedarme sola aquí, en plena noche, es mucho menos atractiva que la de aceptar su ayuda. Finalmente, tomo aire y me inclino hacia el asiento. —Si intentas secuestrarme o atacarme de alguna forma, te advierto que sé gritar muy fuerte y tomé dos años de Taekwondo cuando era pequeña —advierto, intentando sonar firme, pese a que puedo sentir el vehemente pulso de mi corazón en la garganta. Él deja escapar una risa suave, casi incrédula, pero en sus ojos hay un brillo divertido que está lejos de intimidarme. —Vale, me lo anotaré —dice, esperando a que cierre la puerta antes de arrancar el motor. Me toma inhalar hondo cuando la camioneta se pone en marcha tras darle la dirección de la dichosa tienda. Y así, contra todo sentido común, me encuentro en el auto de un desconocido que, por alguna razón inexplicable, me hace sentir más segura de lo que me he sentido en mucho tiempo. Hemos recorrido alrededor de quince minutos de distancia sumergidos en un silencio que lejos de ser incómodo o molesto, le da paso a una sensación cálida en mi pecho. En la radio suena una canción lenta, pero no he prestado atención a la letra. Toda mi atención se centra en el hecho de que encendió la calefacción cuando se dio cuenta de que estaba temblando de frío. No le había comentado nada antes porque no quería ser impertinente, pero él se dio cuenta y tuvo un pequeño gesto conmigo. Intentando no hacer algo tonto que pueda poner en evidencia lo nerviosa que estoy, me recargo en el cristal de la ventanilla y aprecio la cuidad que comienza a verse cada vez mas poblada a medida que avanzamos. —¿Y tienes un nombre “chica que no es una adolescente ni necesita escaparse de casa desde hace tiempo”? —lo escucho romper el silencio, y me sorprendo de que él sea el primero en hacerlo. Lo regreso a mirar divertida, reprimiendo con todas mis fuerzas las ganas de soltar una carcajada. —Pues claro, todo el mundo tiene un nombre —respondo con sorna. Las comisuras de sus ojos se suavizan y un atisbo de sonrisa se empieza a asomar en sus labios, haciéndolo lucir mucho más atractivo. Más joven de lo que en realidad intuyo que es, a pesar de los rasgos maduros que conforman su rostro y la barba recién afeitada que se extiende hasta su manzana de Adán. —Cierto, pero ahora sólo me interesa saber el tuyo. —¿Por que? —Me gustaría conocer a la persona que tuvo la valentía de ponerse en medio de una carretera en plena noche. Su respuesta me deja estática por un segundo. Siento un calor repentino aglomerándose en mi pecho, y el corazón me da un vuelco inesperado que me hace sentir de alguna forma extrañada. —Saber mi nombre no te ayudará a conocerme —digo medio divertida, aunque en el fondo sé que no debería alentar esta conversación. —Quizá no, pero por algo se empieza... —Tengo un nombre un tanto peculiar. Una chispa inconfundible de interés ilumina su mirada. Ladea la cabeza, analizándome con genuina curiosidad. —Ahora estoy más interesado en conocerlo. Me muerdo el labio, fingiendo estar debatiendo conmigo misma, mientras la calidez que me brinda su atención hace que mi piel hormiguee. —¿Y que me darás a cambio? —suelto con voz juguetona, sin poder evitarlo. Sus ojos se entrecierran ligeramente, como si en realidad estuviera evaluando mi propuesta. Luego, reprime una sonrisa y me mira de reojo. —Estoy siendo bastante generoso al llevarte. ¿No te parece suficiente? Me encojo de hombros, sintiendo un leve calor subir a mis mejillas. —Supongo que es justo. —Entonces… Tomo una profunda respiración con la intención de darle más emoción al momento, y finalmente cedo. —Me llamo Azalea. Por un instante, él simplemente me observa, como si estuviera repasando el nombre en su mente. Luego, una pequeña sonrisa, apenas imperceptible, se dibuja en sus labios reflejando su creciente interés. —¿Azalea? ¿Como la flor? —pregunta él, arqueando una ceja, con un indicio de curiosidad genuina en su mirada. Esta vez no puedo evitarlo. Una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios, sorprendida de que haya captado la referencia. Nunca antes nadie se había interesado en hacer esa conexión. Estoy acostumbrada a que la mayoría de personas que conozco, en especial el género masculino, se centre más en mi físico que en mi nombre. Tal vez sea eso lo que hace que me sienta, por un instante, un poco más vista, un poco más… real ante sus ojos. —Azalea, como la flor —confirmo en un susurro. Su sonrisa se hace más visible, más confiada. —Me gusta tu nombre, Azalea. —Gracias…, ¿pero qué hay de ti? —¿Quieres saber cual es mi nombre? —inquiere con un deje de sorpresa. Asiento con la cabeza de inmediato, mostrando un entusiasmo que me apena. —Declan Rivers —dice sin rodeos, mirándome fijamente. —¿Declan? —repito lentamente, saboreando el sonido en mis labios. Por alguna razón, mi respuesta le saca otra sonrisa. —Sí, sólo Declan —ladea la cabeza—. Siento decepcionarte, bonita, pero mi nombre no tiene un significado importante o especial como el tuyo… —Qué tragedia —bromeo, hundiendo los hombros con fingida decepción. —Una auténtica desgracia —me sigue el juego. —No creo que haya peor desdicha. Esta vez se ríe de mis palabras y me lanza una mirada fugaz, aferrándose al volante, como si se estuviera conteniendo de algo. O quizá eso es lo que quiero creer. Pero hay algo enigmático en sus ojos ámbar que me llama la atención y, de repente, noto que mis mejillas se calientan más de lo normal. Mis nervios se intensifican a más no poder. No puedo sostenerle la mirada por más tiempo y aparto la vista, perdiendo toda la confianza que sentía hace unos minutos. Lo escucho exhalar con fuerza. El sonido áspero y masculino me escuece en lo más profundo de mi piel, haciéndola arder con una sensación desconocida que no creo ser capaz de ignorar. Porque nunca antes la había sentido. Y tengo el presentimiento de que es una de las sensaciones que sólo se experimentan una vez en la vida.
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