Mihai Laurențiu
Abrí la persiana para mirar el crepúsculo a través del vidrio polarizado, era una de las cosas que agradecía de la modernidad, gracias a la maravilla de los cristales con anti reflejante de rayos UV, había vuelto a ver la luz del sol.
Cuando se vive tantos años como los que yo he vivido, las cosas más importantes no tienen precio, daría toda mi fortuna, el dinero acumulado durante cientos de años, por un día, en la playa tomando el sol, solo un día.
Apenas podía recordar la sensación de los rayos del sol en mi piel, que ahora es fría y dura, incapaz de sentir, calor, ni dolor.
A veces me pregunto… ¿Qué objetivo tiene mi existencia? No puedo comer, el vino no tiene sabor, no puedo sentir amor; estoy condenado a alimentarme de sangre humana y lo único que me queda es, disfrutar del único placer que no se me ha negado, el sexo…
He logrado controlar mi sed, desde hace mucho tiempo, me alimento solo lo necesario, soy un depredador natural, algunos dirían que soy un monstruo, y tal vez lo sea.
He formado un imperio, miles de personas tiene un trabajo y un buen nivel de vida gracias a mí, el corporativo Laurențiu, es la matriz de cientos de empresas a nivel mundial, y mis empresas patrocinan toda clase de actividades sociales, Lorenzo, mi fiel servidor, diría que lo hago para lavar mi conciencia, pero yo, no tengo conciencia.
Como todos los viernes, me preparé para salir, los fines de semana solía darme un banquete, y para ello, elegía una presa.
—Buenas noches señor, ya está lista su limusina.
—Gracias Lorenzo, asegúrate de que los guardias se vayan y de apagar las cámaras de seguridad.
—No tiene que recordármelo señor, como todos los viernes, ya me he encargado, ¿Tenemos invitada esta noche?
—Así es, la dejaremos ir el domingo, por favor, encárgate de todo.
—A sus órdenes señor.
Bajé por el elevador privado, desde el pent-house hasta el sótano, adquirir el viejo edificio en el centro de Manhattan, había sido la mejor decisión, las oficinas del corporativo eran los once primeros pisos y en los dos siguientes, estaban mis habitaciones, las leyendas sobre vampiros y sus oscuros ataúdes, eran solo eso leyendas, yo pernoctaba como cualquier ser humano, en una cama, y mis cortinas eléctricas, me permitían mantenerme alejado del sol.
El ascensor privado, me daba la seguridad de que ningún empleado, se diera cuenta de que mi reflejo, no se podía ver en el espejo.
Salí, cuando los últimos rayos del sol se veían en el firmamento, subí a la limusina y le pedí a mi chofer que me llevara hasta el Rockefeller Center, allí me esperaba mi cita del día, una hermosa joven afroamericana, veinte años, cuerpo perfecto, sano y sin vicios, debo decir que me gusta elegir muy bien a mis presas, no tolero el sabor de los tóxicos en la sangre, y aunque yo no puedo contagiarme de ninguna enfermedad humana, el olor de las enfermedades de transmisión s****l, me resulta repugnante.
La vi inmediatamente, estaba perfecta, portaba un exquisito vestido color turquesa, y zapatos de tacón, ¡Uff! No hay nada más excitante que los zapatos de tacón, acostumbro enviar a mis citas, como obsequio, el atuendo que deben llevar, para salir conmigo, la elegancia y el glamour son cualidades que suelo admirar en una mujer.
El chofer detuvo la limusina y yo bajé el cristal para que ella, supiera quien estaba dentro, la chica sonrió, era un privilegio para ella, ser la elegida para satisfacer mis deseos, no cualquier mujer podía tener la dicha de pasar un fin de semana en mi cama.
—Señor Laurențiu, buenas noches, gracias por invitarme.
—Esta noche puedes llamarme Mihai, quiero que te sientas cómoda, no voy a comerte…todavía.
Se sentó junto a mí, y yo podía escuchar su torrente sanguíneo corriendo por sus venas, su olor era exquisito, su carne joven y tersa.
La llevé a un exclusivo bar, donde había mesas privadas, no suelo dejar que miradas indiscretas me vean con mis presas, la música era suave y embriagadora.
—¡Baila para mí!
—¿Cómo?
La miré a los ojos, el poder de la hipnosis es una característica de los de mi especie.
—¡Que bailes para mí!
Se puso de pie y subió a la mesa, comenzó a bailar al ritmo de la música, sus caderas se movían sugestivamente.
—¡Quítate las bragas! —obedeció sin necesidad de que repitiera la orden, se inclinó y lentamente levantó el vestido, dejándome ver la transparente tela de encaje, tomó las bragas por el resorte y la comenzó a bajar, poniendo su culo frente a mi cara, me puse de pie y metí la mano entre sus piernas, sentí como su cuerpo respingó al sentir mis dedos fríos, como un tempano de hielo, pero sin duda lo estaba disfrutando, comenzó a moverse y sus fluidos comenzaron a mojar mi mano, quiso levantarse para voltear hacia mí, pero no se lo permití, cambié mis dedos por mi fría y húmeda lengua y los gemidos comenzaron a salir de su boca, la música era fuerte, y el privado estaba lo suficientemente lejos de otras mesas, así que podía gritar y nadie la escucharía.
—¡Aghh Mihai! — Gritó y yo sonreí, y metí dos de mis duros y largos dedos en su centro, mientras mi lengua recorría la línea entre sus glúteos, sus piernas no pudieron sostenerla más y se dejó caer de rodillas sobre la mesa convulsionando de placer.
—Disfrútalo muñeca, esto apenas comienza.
El mesero nos llevó las bebidas que habíamos pedido, y ella la tomó de un sorbo, yo solía tomar bebidas alcohólicas, pero para mí paladar, era como beber agua, por lo que solo lo hacía por conservar las apariencias.
Era el mesero de siempre, solía atenderme y ser muy discreto, por supuesto, yo era muy generoso con las propinas.
Sonrió al ver a la chica de rodillas sobre la mesa, con el vestido enrollado hasta la cintura y sin bragas, no era la primera vez que él veía una escena como esa, ya estaba acostumbrado.
La chica intentó ponerse de pie y cubrirse, pero él salió enseguida, a mí me divertía este juego, darles placer a mis presas, era lo que más disfrutaba de la hora de la cena, todavía no era el momento, me gustaba enloquecerlas hasta el último momento.
Era hora de salir de ahí, necesitaba la privacidad de mis aposentos para satisfacer mis propios deseos, la chica había tenido su cita, yo, tendría mi cena.
—¿Te parce si vamos a otro lugar? ¿Un lugar más privado?
Sullivan, contestó que sí, como si tuviera otra opción, ella ya no tenía el control, me lo había cedido desde que aceptó salir conmigo, era viernes, era mi noche, mi noche de pasión y de sangre […]