El sol se reflejaba sobre el agua con un destello dorado que parecía extenderse hasta el infinito. El crucero de lujo se deslizaba sobre el mar Mediterráneo con la elegancia de un cisne, ajeno al mundo y sus problemas. Solo existía el vaivén suave de las olas, el cielo azul sin nubes y la brisa salada que acariciaba la piel. Camila salió al balcón privado de su suite envuelta en una bata de satén blanco, el cabello ligeramente húmedo después de la ducha. Se apoyó en la barandilla y cerró los ojos, respirando profundamente. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía soltarlo todo: los escándalos, los titulares, la presión de ser “la hija de”, la imagen pública… Todo había quedado atrás, allá en tierra firme. —¿Ya estás despierta, amor? —se escuchó la voz ronca de Isabella desde el
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